MIGUEL REINOSO
EREMIA (EL SILENCIO DE SAN ONOFRE)
No hablaré,
nada me hará romper esta copa de exiliado;
enclaustrado en este espacio agreste
-sitio de encuentro-
llevo la boca llena de arena.
Mi voz, tormento de un amarillo encendido,
de sal cosechada durante cuarenta soles
y cuarenta lunas de hostia hambrienta,
aprende a hablar
con el ají iracundo de fervoroso elegido
el discurso seco y vidrioso del desierto
Vean, mi piel es negra y mis huesos
son el carbón, el diamante amargo de la fiebre
Si el silencio me crece, si es bolo alimenticio
es porque fue amasado con féculas de niebla.
Estoy de piedra callada porque he roto el agua,
porque sus índices me han señalado; por eso,
he comido vísceras de yerbas empobrecidas
y he tomado la ruda carne cruda
de la propia mano de los hombres sin nombre.
Esta gente innoble -silencios de la palabra-,
alimentados con venas de tierras enrarecidas,
se entregan a los placeres de la sangre
sus bocas de salvajes comen los frutos del polvo,
las raíces de una naturaleza ausente de sentido
(alimentos que surten la fuente del vértigo y el abismo);
y son, precisamente, de estos elementos del mareo
de donde les nace la sed de nombrar las piedras.
Así yo también, expulsado del orden de los días,
convertido en hermano de chacales y avestruces,
con la imagen rota de la caída,
con la desollada voz de mi nombre
-siempre esclavo por el agua bautismal
que designa el aroma del alma y su mirada-;
así he estado habitando lo escarpado del torrente
en las bocas de la tierra y entre piedras
que me prometen y aseguran el secreto:
esta voz que me susurra el viento y la arena
-poema con el que espero abrir nuevamente las cosas.
No hablo,
no me harán romper la copa de los labios.
El desierto y el yermo
me han alimentado con la arenosa leche del desierto.