GERMAN URIBE

ESTA ROSA FUE TESTIGO

Aceleradamente, Rosita trepa las escaleras que en forma de caracol dan al segundo piso de su apartamento. Como siempre, su cuerpecito se expresa urgido y su espíritu tierno. Aferrada al hilo de sus pensamientos, Rosita siente un corrientazo que la recorre de pies a cabeza y se detiene. Parece haberse percatado, por fin, que su naturaleza no era más que un engorroso testimonio existencial y que por haberse metido de lleno a la más infeliz de las empresas, a la de ser feliz, era ella misma una infeliz consecuencia de su acariciada empresa.

Rosita, es cierto, siempre se había empeñado en ser feliz y de nada le valía saberse y reconocerse apenas como la menuda y mortal Rosita Altamirano. Y es más, en sus intentos porque le convalidaran su esfuerzo, no veía ninguna dificultad, ni por ello sentía vergüenza, en actuar frente a los demás sus sentimientos, e incluso, si fuera necesario, en sobreactuarlos. Sabía también que las palabras, sus palabras, no sólo podrían servirle para comunicarse o justificarse, sino muy particularmente para disimularse. No creía en los rezagos de la ingenuidad, ni en los amores borrados, ni en el miedo que falsamente purifica y perdona, ni mucho menos, en las humildades fingidas que sólo sirven para colorear de pálido la vanidad. Y para rematar, cuando se sentía rozada por los acariciadores vientos de la felicidad, se tocaba para preguntarse si por fuera de ella misma habría vida. Pero todo ello no obstaba para que con frecuencia se sintiese padeciendo el peor de los secuestros, aquel que conlleva la frenética alienación en la búsqueda diaria y minuciosa de la dicha. Sufría entonces también de su propio miedo, de su incómoda soledad, de su desgarradora ansiedad. Estaba crucificada, más que por su maldita codicia, por su humana impotencia. Pero en el fondo aceptaba, optimista, que al fin y al cabo y por si acaso, ahí estaba la esperanza, y ella de por sí, y en tamaña situación, ya era suficiente.

Se veía pues, esta Rosita Altamirano, abocada a afrontarlo todo con cierto sentimiento de desazón pese a que discurría por entonces por una edad en que lo menos inminente, desafiante y terrible es la muerte. Pero como en el fondo de su cuerpecito urgido y de su espíritu tierno se gestaba imparable una explosiva rebelión de deseos y ganas, hacía a todas horas lo posible por ofrendarle al amor, como la más exultante culminación del largo camino de la felicidad, su propia ceremonia de encantamiento.

Sin embargo, al coronar el segundo piso de su apartamento en dirección a su alcoba, Rosita Altamirano empezaba por primera vez a reconocer que aún no había encontrado los perfiles y mucho menos la almendra de la felicidad y que quizás estaba y estaría quién sabe por cuánto tiempo, o si hasta siempre, viviendo en un tiempo sin memoria y víctima de Dios sabe cuántas contrahechas ceremonias de amor.

Rosita, a trancos, alcanza su amplia y muelle cama y se desploma. Recorre con una distraída mirada circular los puntos cardinales de su aposento. De izquierda a derecha, los retratos familiares enmarcados en una ordinaria pasta dorada que no dejando ver, por su fresca ordinariez, la pátina del tiempo, mostraban en cambio, vergonzantes, sus roídas esquinas de cal blanca. Seguían, el armario y el televisor, y luego, el enorme policromado almanaque que le insinuaba con sus días, semanas y meses, ilusiones ad portas que le señalaban también, sin ninguna indulgencia, que el tiempo no se detendría ni si quiera o aunque fuera para hacerle un leve guiño a su felicidad. Y, por último, estaba la ventana que daba a un patio interior y que de alguna manera le representaba, o la opción de una libertad feliz, o el corto vuelo roto que se necesita para llegar al duro asfalto de la muerte.

Quieta y fija, con los ojos cerrados, como ensimismada y mirándose adentro, muy adentro, Rosita Altamirano se va quedando dormida pensando como siempre en que, con resignación, vaya y de pronto...

Sabana de Bogotá, Colombia, finca Alekos, 1993.


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