Miguel Sayas Liceras


"Buitraker"

Este es el relato del comienzo de un mito, de como surgió el primer aleteo rasgando la mediocridad de la noche sin tan siquiera pensar, sin querer hacerlo. Pero ahora... ya no es él, es Buitraker y si Dios existe más vale que nos asista, o por lo menos, nos dé la gracia de pillarnos confesados.

El principio de la leyenda fue simple, demasiado, como todo lo sobrenatural. Sucedió una noche cualquiera, como tantas otras; se encontraba solo rodeado de aquel abrumador paisaje, caminó hasta el borde del precipicio deteniéndose sin apartar la vista del inabarcable horizonte. Cerró los ojos crispando los puños, el alma, y con las últimas fuerzas de aquella llaga que era su espíritu intentando escapar por el único poro aún no tapiado por la razón gritó no. Con el desgarrador aullido la individualidad comenzó a forjarse, separándose paulatinamente de la conciencia colectiva en que se había transformado aquel civilizado mundo hacía ya tantos eones que nadie recordaba que pudiese existir algo diferente a lo actual. Poco a poco la nariz, agrandándose, se curvó cual acerado pico, las manos crecieron articulando unas siniestras garras, amenazadores espolones se perfilaron perforando el aire. Ese aire demasiado cómodo e insípido que ventilaba el bolo alimenticio formado por aquella comunidad perfecta estaba siendo testigo de algo inaudito: el nacimiento de un individuo, el engendramiento de un yo.

Y la singularidad de este ente recién desgajado de la sociedad, siguiendo un íntimo impulso, saltó al vacío. De la ingravidez brotó el instinto, desplegó los brazos diseñando una aerodinámica silueta y barrenando en picado acometió al gel esponjoso, ordenado y comunitario que tapizaba aquel planeta perfecto.

Las adormiladas miradas despertaron; las aletargadas conciencias renacieron. El tejido social se resquebrajaba al paso de aquel intrépido raid. Todos se miraban perplejos, en silencio, solo atisbando a pensar que existían, que en verdad, ellos, también existían. Y que, quizás, algún día también ellos se atreverían a remontar el vuelo.

Y la revolución comenzó, sorda, sin aspavientos, como debe ser si quiere triunfar. Poco a poco se recicló aquella masa obediente y adiestrada, la uniformidad fue dando paso a la mas variopinta miscelánea y los yo comenzaron a florecer sobre los cuatro puntos cardinales.

Buitraker voló y voló a lo largo y ancho de aquella Tierra perfecta, y a cada circunvalación millones de seres brotaron de su decadente y homogéneo pellejo volviendo a darle vida, no tan perfecta, pero si real. El tan cacareado orden social se tambaleó, los profetas de la religión política bramaron contra la herejía, se alertó a las hibernadas legiones de jueces policop. Pero todo fue en vano, cuando el anquilosado sistema quiso reaccionar se percató que nada podía hacerse, el individualismo progresaba imparable a todos los niveles y en todos los confines. Se persiguió a Buitraker con saña, con desesperación, con impotencia...y no pudieron cazarlo, su vuelo lo elevaba no solo psíquica sino físicamente tornándolo inalcanzable. Buitraker voló hasta la extenuación, logró mantenerse en el aire incluso cuando el último hálito de energía se evaporó y, al final, solo la fuerza de la gravedad consiguió doblegar su voluntad precipitándolo contra el duro suelo. El impacto fue brutal, al cabo de unos eternos instantes se irguió dolorido pero feliz, satisfecho de la nueva sensación que experimentaba, se sentía diferente, pero más que eso, sentía, sentía en toda la extensión del concepto. Sí, notaba que sus percepciones eran otras, mucho más diversas y sobre todo intensas, incluso el dolor que le atenazaba tras la caída le evocaba una nueva y turbadora impresión, la de estar vivo.

Miró en derredor, no era el monótono paisaje monocorde al que estaba acostumbrado, habían nacido colores por doquier, las mas variadas tonalidades salpicaban ahora el horizonte. Los rostros de las personas con que topaba estaban maquillados de sólidos amarillos, intensos rojos, consistentes verdes....arco iris desterrando los insípidos grises que antes ocultaban sus facciones. Anduvo unos cuantos pasos mas, trastabillando, hasta caer. Agonizante secó las lágrimas que le surcaban el rostro, no era amargura sino gotas de felicidad lo que supuraban sus ojos. Pagaba con la vida su aventurado vuelo, pero lo hacía satisfecho, por lo menos había recobrado la conciencia justo a tiempo... justo a tiempo de vivir su propia muerte.



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