JUAN MANUEL SÁNCHEZ OCAMPO

OJOS VERDES, PIEL QUE ANHELA

Como ni mi apodo ni mi nombre aparecieron en las listas de aceptados de ninguna preparatoria, automáticamen me gané una beca a la universidad de Gorki: fui a pedir chamba a La Casa del Trabajo.

Llené las formas, me entrevistaron y ahí voy, a esperar respuesta día tras día, venga usted mañana, horas y horas de antesala. Practiqué mi firma, aprendí a hacer crucigramas, a jugar tablero con el mocito de La Casa del Trabajo, el cual me enseñó técnicas de observación: unas diminutas manchas provocadas por una torta ahogada eran la evidencia de que la secretaria rotaba sus blusas a lo largo de la semana sin haberlas lavado.

Semanas después fui enterado de que mis solicitudes habían llegado lejos: se habían extraviado y con otros papeles ocupaban la cima de alguna montaña de basura. Esta era la explicación de por qué a alguien se le pudo ocurrir El Proceso. Al mocito lo cambiaron de turno y el nuevo sólo sabía jugar dominó. Me vi obligado a reclamar por mi prometido empleo, la trabajadora social me reentrevistó, preguntó por mi capacidad y afinidades: la meditación, la vida contemplativa, dije.

--Algo más práctico, preguntó.

--La pintura y el dibujo, algo; la literatura más. Ojalá tuvieran un trabajo relacionado con la estética.

--Sí, sí hay, me contestó.

El lunes siguiente empecé de repartidor en la panadería El Buen Gusto.

En éste trabajo conocí el poder de la publicidad, se vende más el Bimbo, pese al nombre. También conocí la ciudad. Cuántas tiendas, cuál de ellas será atendida por José Rubén.

Más de un año aguanté en ese trabajo, abrí cuenta en el banco, me casé, se me amortiguó el acné y se me recortó el pelo de la mano.

Un día, para mi mal. me llegó una racha de lectura, leía hasta de pie en el camión, por ella a menudo olvidaba surtir pedidos.

Con el dinero del despido me la pasé en casita, puro leer y yantar. Me vigoricé, amanecía como Platero en primavera. Mi vieja se cansó de las mismas posiciones, el dinero y los libros se agotaron.

Fui a la librería con la decisión de gastar lo de la renta, conseguí algunos libros delgados sin gastar nada. Ni los hojeé pero al día siguiente fui de nuevo a las librerías, esta vez sin dinero. Una viejita vio que medí un libro en la bolsa interior de mi chamarra, por lo que un policía me dijo al salir de la librería:

--Qué frío llegó este verano ¿verdad?

Lo aventé y azotó en media calle. Voy a levantarlo, lo pueden atropellar, me dio un macanazo antes de que nos atropellaran a los dos.

Año y medio en el bote, aprendí todo lo que nunca quise saber sobre el sexo sin tener que preguntar. El guardia me dijo luego de un moderno interrogatorio:

--Ahora debes dispararnos los refrescos a todos, la picana estaba nueva y tú la estrenaste.

Año y medio, ni una visita conyugal. Hasta leer cuentos infantiles me excitaba. Mi compañero de celda leía en voz alta sobre la moral dilatada de los griegos clásicos. Atrapado y sin saliva.

Año y medio, al salir al mundo nadie me estaba esperando por lo que tomo un camión, gano el último asiento vacío. Las viejitas y embarazadas de pie voltean a verme sin lograr nada; no voy a negarles la vida con mi lástima. Sube ella, lo primero que veo son sus botitas negro bovay. Que se siente para verle las piernas. Acepta haciendo a un lado viejitas y embarazadas, otra discípula de Federico, se sienta saca de su bolso un librito de unas sesenta páginas: Aura, todo desaparece para ella, ni una volteadita para ver a su héroe. Muy lectora, para qué le dejé el asiento. Cruza la pierna, qué bueno que le dejé el asiento.

Vas atenta en la lectura, te estremeces ¿en qué parte irás? ¿Cruje la cama o corre la sangre del macho cabrío? ¿Se te moja la entrepierna o tiemblas de miedo?

Otro estremecimiento, deja el asiento y se para junto a mí ofreciendo su espalda. Cada vez que el vaivén del camión intenta arrimarnos en vano, varios centímetros de diferencia genética nos separan, voltea, los ve y nos bajamos. Mi deseoso va contrito mirando el piso de las calles, no resistió los vaivenes del camión, entiéndeme, año y medio sin acercarme a un trasero de verdad.

Llegamos a El Baldío para escurrir el bulto.

--Haber si no encontramos un niño, le digo.

--Tomo píldoras, si no, nos casan, me contesta.

--Soy casado -le respondo- y ya mejor no hablamos, hacernos limpieza de ramas junto a una de las bardas del fondo del Baldío. Mi espalda nota con alivio que la barda tiene enjarre pulido y ahí, de pie... la desilusiono. Todavía no termino de pedir que me espere un poco cuando ya siento la sangre agolpárseme en la cabeza. Empezamos de nuevo. Es más duro de lo que pensé.

Ya secos gracias a las primeras hojas de su librito, salimos de El baldío sin niño ni gloria.

--Quizá, si nos vemos de nuevo lo consigamos en otro intento, dice ella.

Claro, nos vamos a encontrar por ahí Nadja, y lo intentaremos de nuevo ¿qué lo puede impedir? Pienso: el destino, si se entera la maga- bruja y me convierte en Tasurinchi Gregorio o eunuco de engorda de alguna doméstica lámpara sin aceite.

Por supuesto que nos encontramos de nuevo, sin atarnos; ¿qué tienen las calles de París que no tengan las de Guadalajara? Entonces yo traía dinero para un hotel y estaba bien alimentado gracias a los oficios aprendidos en la cárcel y a que me había abandonado mi esposa debido a que mis nuevos empleos eran nocturnos, eventuales y no cubrían los requisitos para un seguro de vida.

Cuando llegamos a la puerta del hotel, repasé por enésima vez en mi memoria la fórmula de desfloramiento que desarrollaron el farmacéutico Flores y el ingeniero civil Luis Cortés y que me proporcionó desinteresadamente el sabio Carreola. Dicha fórmula había sido practicada ya por mí en solitario: sostenía firme y extendida entre mis manos una magitela y la embestía para ejercitarme, lo menos quince minutos diarios.

Al introdurcirnos al cuartito del hotel, saqué el regalo sorpresa: un cromo tamaño familiar de la Torre Eiffel, el cual serviría para crear atmósfera, para evitar corrientes de aire y miradas indiscretas. Lo fijé tapando un hoyuelo malicioso, frente a la cama.

Nos desvestimos, admiramos, palpamos.

Ya estuvo, me dijo ella al terminar el arreglo de mi instrumento quirúrgico.

¿Es tubo? Lo halagas demasiado, espero no destemple tan rápido, contesté.

Yo espero perder hoy mi fama de Concha de fierro que gané en la enfermería, dijo para comprometerme más con mi papel. Le apliqué anestésico en la boca con mis labios y le advertí:

Intentaré un ataque glandestino en el centro de tu ivaginación.

Tuve que reprimir un impulso por persignarme antes de acometer; ello la hubiera puesto nerviosa y no habría colaborado con tanto agarre en mi cintura. Se notó que me tenía fe.

Y sí, minutos después, más que nunca me pareció profético aquel extraño nombre que me legara mi padre: Himenestroza. Ya libres de ese salobre tejido de angustias, hicimos el amor desde las tres de la tarde hasta enamorarnos; por lo que ya podíamos empezar a discutir. Para no desmentir a la historia, ella empezó: ¿Crees en la reencarnación ? A lo mejor lo del librito son mentiras.

No contesté, el hombre sensato cuenta hasta cien antes de discutir de religión, política o crítica literaria con sus seres queridos.

--¿Es tan poca la diferencia entre un hombre y una mujer?, me preguntó para crearme el complejo de Piter sin Pan, pero, no en vano mi compañero de celda me leyó a los sofistas griegos antes de dormir y contesté: el hombre abre la puerta antes de llegar a ella, la mujer pierde la llave en su bolso sin haberla puesto ahí.

--El clítoris es un proyecto de pene que no ha prosperado, siguió tenaz.

--El hombre puede tener hijos hasta avanzada edad, mas nunca un aborto.

--Pero se le mueren los hijos de la imaginación, aunque trate de ocultarlo con maquillaje.

--El hombre inventó para esto la cesárea y los trasplantes, me defendí.

--Una mujer puede trepanar con el filo de su lengua.

--Esto último lo tienes que desmostrar, le dije a ella que, pese a ser persona de palabras y acción, no pudo hablar durante la operación que me aplicó sino hasta que la hubo terminado. Luego de aclararse la garganta con un trago de cerveza, me preguntó:

--¿Crees que el amor rompa el tiempo?

--El amor puede romperlo todo, contesté, pensando en la primera parte de una novela que empecé un día a escribir enhumorado y que hace años se pudre junto a mi acta de nacimiento en un cajón del ropero. En un acceso de energía la rompí en dos, fue la manera de lograr la segunda parte que se me había atorado.

--¿Hasta con el asco?

--Todo, respondí sin ver los hijos de la telaraña, y añadí: el amor saquea tumbas, pierde herencias, hace trabajar nueve horas diarias...todo. Me besarías aunque no tuviera dientes?

--Te besaría aunque no tuvieras labios.

--Esto último lo tienes que probar, me dijo.

Durante mi demostración recordé con nostalgia los lavados con perfume de jazmines de mi ex compañera. Me aclaré el paladar con la última cerveza y nos despedimos.

Por descuido o nostalgia caí en la cárcel de nuevo, el cromo se desgastó con miradas ajenas y de ella me llegó una carta hace un mes, en la que me dice que se retiró a la vida vegetativa, no aclara si ingresó a un convento o a la Facultad de Filosofía y Letras.


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