CARLOS RUVALCABA

EL SABLE Y EL GUERRERO©

De pronto se encontró al descubierto ante el esposo, cuando el amante entró en la habitación del castillo de piedra y la encontró sacrílegamente desnuda en la cama, sintiendo en la piel de durazno las caricias del guerrero perdido que seguía siendo su esposo.

El sable de guerra descansaba sobre la mesa oliendo aún a sangre. Cogerlo fue el primer impulso del amante, y con él terminar la vida del guerrero. Este, al verlo entrar tan decidido, miró inquisitivamente a la esposa que resistía el peso de sus músculos de guerra, y en un arranque de macho pudor, para que el intruso no la mirara, cubrió aquel hermoso cuerpo que durante largos años anhelara en el destierro conquistador de su ejército.

Mucho tiempo debió esperar el amante para que la amada lo aceptara, pues el pensamiento de ella seguía aferrado a la esperanza de vida de su guerrero perdido. Pero finalmente, tras tentadores años de ruegos, la amada aceptó aquel amor desesperado que ya amenazaba con treparse en la nave del suicidio, para ir en busca de otras latitudes menos ingratas, y matar así el fantasma del guerrero.

Pero ahora, cuando apenas una luna antes había saboreado el perfume de aquel hemoso cuerpo; cuando por fin los amaneceres volvían a sonreírle; cuando el reino de los dioses del amor le había abierto las puertas para que penetrara los rincones del cuerpo de la amada, maléficamente el destino había devuelto al fantasma que ambos creían muerto, y estaba ahí, con ella, alimentándose con la pasión de la intimidad que pensaba sólo suya, devorando salvajemente su gracioso cuerpo de vello melocotón sonrojado.

El guerrero recobró la gallardía y midió la estrategia de la batalla que presentía. "Quién eres", preguntó con acento militar. El tono enérgico y la veloz mirada que el guerrero echó al sable, enmudecieron al amante, ya seguro de que la injusticia divina había devuelto el fantasma a la dueña de su vida.

Para la señora del castillo, aquellos larguísimos años de espera habían borrado las facciones del rostro del esposo, el olor del cuerpo del guerrero, el tono de la voz militar, la mezcla de nobleza con los imperativos dominantes y la violencia de su forma de ser en la cama, combinada con sus caricias de hierro dulce, masculino, acerado, profano, arduo, que de pronto se presentaban de vuelta, sin previo aviso, por sorpresa.

Ciertamente aquello la enmudeció, pues un día antes su fidelidad había claudicado en los brazos del amante que la acosaba. La imagen del guerrero esposo se había hecho cada vez más borrosa en su memoria, y los restos de esas formas iban encarnando en las formas del amante desesperado que la tentaba diariamente con la promesa de hacerla olvidar al guerrero con la llama de su corazón de fuego.

Apenas unas horas antes había vuelto a probar las delicias agridulces de la protección masculina, de la ternura y la desazón del amor, de la miel de las caricias de un amante, del sabor a un segundo hombre en su vida, del gozo de lo desconocido, de lo prohibido, de lo inquietante, de la confirmación de que su esposo estaba muerto para siempre.

Pero de pronto, en la noche, en la oscuridad de la noche, cuando ya su amante estaba por llegar deslizándose de las miradas ociosas, en complicidad con el silencio de las sombras, apareció de nueva cuenta su guerrero y la poseyó con mayor violencia y virilidad que antaño, aunque notó en aquella pasión fantasmal la ternura ausente del amante, y mientras era en silencio poseída, vio en las paredes de piedra las manchas de sangre que cayeron en las manos del esposo durante las guerra de conquista.

Y el amante ahí parado en la puerta, paralizado por la sorpresa, con los brazos caídos y sin poder dar respuesta al imperativo cuestionante del guerrero, sintió que el fuego de su corazón lo consumía lanzando llamas por las venas, que lo empujaron a coger el sable sagrado del guerrero.

Cuando lo tuvo en las manos sus músculos se fortalecieron y estuvo seguro de ganar la contienda, pero cuando el guerrero se levantó y dejó ver su cuerpo cicatrizado por la experiencia de mil batallas y heridas de muerte a las que había sobrevivido, un escalofrío recorrió su cuerpo y sintió mucho, mucho miedo.

Con movimientos felinos y a la vez provocadores, el guerrero desafió con la mirada a su enemigo, a quien temblaba el pesado sable en las manos. Sobre la mesa había cuatro cuchillos de guerra. Seguro de sí mismo y con movimientos de fiera sanguinaria a punto de atacar a un cervatillo distraído, el guerrero cubrió su intimidad y se preparó para la batalla. El sable temblaba con más intensidad en las manos del amante. Poco a poco se fue acercando el guerrero a la mesa para alcanzar los cuchillos, pero el amante lanzó el primer sablazo que hizo retroceder dos pasos al temido rival, lo que aprovechó el amante para alejar los cuchillos. Era el miedo quien se lo aconsejaba, pues bien sabía que era un guerrero temerario, incluso para otro de su categoría, mientras que él sólo estaba armado con el inmenso amor que sentía por su amada, y por un sable que le temblaba en las manos.

Creyó que alejando los cuchillos del alcance del enemigo, la batalla resultaría más pareja, pues lucharía un sable poderoso en manos inexpertas, contra un par de manos desarmadas pero muy expertas en el arte de matar.

Vino el segundo sablazo del que huyó el guerrero con ágil instinto. La mujer aguardaba al vencedor, sumida en la oscuridad de un rincón, satisfecha como buena hembra de ver a dos machos dispuestos a morir por ella, pero una humana contradicción la confundía. Por una parte, la abrumaba una terrible ansiedad que la hacía temer por la vida de su amante, a quien no podía mirar sus facciones de terror en medio de la oscuridad de la habitación, y de quien intuía su incapacidad de lucha, pues era un hombre cargado de ternura, de caricias de pétalo de rosa.

Pero por otra parte, temía el triunfo de su esposo porque sería igualmente cruel con ella cuando pidiera cuentas de su infidelidad. Mas muy pronto el amante sería traicionado por el sable que blandía en sus manos, fiel a las hazañas de su verdadero amo, cuando en un ataque de temblor y miedo, el arma cayó de sus manos entre las carcajadas sonoras del guerrero, que sigilosamente lo recogió con el brillo de la victoria alumbrando su mirada.

Ahora el amante disponía tan sólo de los cuchillos, pero su rival se le vino encima y lo torturó golpeando irónicamente su espalda, con la parte plana del sable. El amante se arrastró humillado por cuantos rincones encontró desesperado, buscando los más oscuros para que su amada no lo viese derrotado. Un golpe sucedía a otro, pero su boca no dejó escapar ni un humillado sonido. El guerrero jugaba con él al gato y el ratón haciendo que se arrastrara por el suelo y golpea a golpe, el guerrero gato llevó a su ratón vencido hasta la orilla de la cama donde se encontraba la mujer.

Con el sable al cuello, el amante intercambió una tristísima mirada con su amada y después, ya con otra disposición en sus ojos, enfrentose a la mirada de su vencedor y le pidió que acabara con su vida. Una potente carcajada revotó en las paredes del túnel de la muerte, que tan bien conocía el guerrero. Cuando se hizo el silencio, el vencedor perdonó a su víctima con la condición de que se largara para siempre, pero el vencido se negó, argumentando que merecía la muerte por ser un doble perdedor y que de ahí no saldría con vida, porque prefería morir atravesado por un sable, y no por el dolor de haber perdido a su amada, dueña de su vida y su todo.

El guerrero miró a su esposa. Turbada, derramó una lágrima confundida y musitó entre dientes que lo creía muerto. El guerrero esposo esperó en silencio una explicación más extensa, pero la dama agachó su cabeza en señal de sumisión. El esposo le preguntó con gallardía amable, si amaba a aquel hombre… ella sólo repitió entre dientes que lo creía muerto.

El guerrero se paseó por la oscuridad de la habitación, apoyándose en su fiel sable, como pidiendo consejo a un viejo amigo y después, con decidido garbo, dijo pausadamente al vencido:

"Pues bien, esta mujer os pertenece, yo ya no soy el mismo que ella tuvo por esposo. En mis andanzas he conocido mujeres de todo el mundo, enemigos de muerte, y la muerte misma ha estado cuidándome las fiebres en batallas que he perdido. Envidio tu manera de mirarla porque para eso yo no sirvo, pero debo reconocer que la guerra y las batallas entre hombres no pueden ser sólo por obtener el amor de una mujer. La guerra es sagrada y rebaja al hombre cuando arriesga su vida por una hembra. Pero debo reconocer que no todos piensan como yo, y es de alabar tu valentía cobarde al arriesgarte, sabiendo que perderías, sólo porque tu amor te lo ordenaba, y yo no entiendo de esas cosas, aunque me gustaría poder entenderlo, porque tu mirada enamorada me hace contener la risa por respeto a lo desconocido… pero de alguna manera me das pena y no soy capaz de matar ratones enamorados. Me gusta enfrentarme al tigre, y el tigre nunca se enamora, sólo ama y mata, pero ya que no es el caso, declárome vencido, tú, en cambio, vencedor, poseedor de amor y de tu amada que es mi mujer, pero que te ama, porque te mira como a mí no me mira; y porque mirando también se pierde otro tipo de batallas, me declaro perdedor. Sólo te pido una cosa: que me dejes quedarme aquí mientras vosotros os amáis, pues confío en empezar una nueva vida y me gustaría aprender el arte de mirar enamorado".

En la oscuridad de los rincones se oyó una risa que los enamorados no escucharon, era la risa de la muerte, de la muerte amiga del guerrero, la misma que cuidaba sus fiebres de las batallas perdidas. Intuitivamente, el amante se incorporó asustado y abrazó a su amada que tornó su mirada amarga por una llena de ternura y al abrazarse formaron el emblema más perfecto del amor, mientras la muerte se seguía burlando del guerrero que miraba la escena de amor petrificado.

Otra vez, por segunda ocasión, el amante, vencido-vencedor, volvía a tocar aquella piel de durazno y besaba con ojos hundidos los labios encarnados de la mujer de piel amarilla madura. Pronto las caricias se confundirían en una masa eléctrica que en la oscuridad desprendían chispas de cuerpos desnudos en fricción, mientras el guerrero permanecía en posición militar de descanso, descanso en apoyo de su sable amigo, aprendiendo curioso y paciente las artes del amor sincero, instintivo, y en los rincones de la oscuridad, las risas cada vez más violentas de la muerte enamorada, empezaban a convertirse en sollozos, que pusieron las pieles de los amantes, como las gallinas las llevan cuando las desnuda la muerte, y por primera vez la mirada del terrible guerrero se hizo endeble, cariñosa, cursi, cosa nueva para él, lo que disgustó tremendamente a su amiga muerte, escondida en las sombras de lo metafísico.

Poco tiempo después, los primeros rayos de la mañana se empezaron a colar elásticamente sin que los amantes lo notaran. Sólo el guerrero, que permanecía en posición de descanso, apoyado en su bastón sable, agradeció el paulatino crecimiento de la luz, porque pudo ver las miradas dormidas de los amantes, y sus brazos, cuerpo a cuerpo, unidos en vivaz acercamiento, perdidos en las luces de los sueños de historias de vencedores, infinitos, esperanzas, ensueños dormidos, castillos en las nubes, realizaciones, cero temores, ilusiones. La muerte se había apoderado de ellos, como cada noche acontece con los dormidos, y ésta misma, dueña de los peregrinos de la vida, había trocado sus primeras risas y murmullos, que sólo escuchara el guerrero, por palabras sonámbulas que se mecían caprichosas entre los primeros rayos de luz que hirieron la oscuridad de aquel recinto de vida y de muerte… de amor y odio… de pasión.

Al despertar los amantes, el guerrero se había dormido apoyado en su bastón sable, de pie, como los caballos. Despertaron del mismo sueño al mismo tiempo y como continuándolo, pero ya despiertos, saltaron de la cama dispuestos a huir, pero las puertas estaban herméticamente soldadas. Los rayos de luz penetraban por las rendijas en la habitación de piedra y quisieron convertirse en luz para escapar, pero era imposible, estaban presos en los límites del amor, esto es, de la vida y la muerte.

El guerrero despertó en su posición de descanso y pidió cordialmente a los amantes que no temieran, porque el temor, aunque fuente de unión y amor, no encajaba con el tipo de miradas que él necesitaba aprender. "No olvidéis que el temor me causa desprecio, y también por desprecio se mata, como lo hace el tigre. No provoquéis mi ira y dejadme que os observe cuando os miráis, cuando os amáis, de esa forma salvaréis vuestras vidas y no me provoquéis buscando la huida".

Cogida de la mano el amante la llevó a la cama, pero sus miradas ya no eran las mismas, el miedo se había apoderado de ellos, y ese mismo miedo los hizo amarse como atraídos por un deseo de supervivencia animal que los llamaba ya no a amarse, sino a reproducirse, a perpetuarse a través de un orgasmo infinito. El guerrero gozó viéndolos amarse con sus ojos de miedo, de esperanza de vida, de amor, hasta que sus miradas poco a poco se fueron tornando resignadas e indefensas, de víctimas, de sacrificados a la antigua usanza divina.

El guerrero supo que los intimidaba y no quería ver sus miradas como las de tantas víctimas de su poderío en los campos de batalla, que en las guerras había atravezado implacable con su fiel sable, sin piedad alguna. Rompió con la posición militar de descanso y se recostó lentamente sobre la mesa, tirando al suelo todo lo que ahí estaba. Pronto se quedó dormido y de esta forma, los amantes recobraron sus miradas enamoradas, profundas, embriagadas, que el guerrero gozó desde su falsa postura de dormido. El amante rozó tiernamente el vello de la espalda de su amada, disfrutó el sabor de sus muslos, el calor de su cabello, la voluptuosidad de sus mamarias, el polen de su pistilo, y la dulzura de su mirada.

El guerrero ensayó por segunda vez en sus ojos, la mirada del amor, del enamorado, del amado-amante y fue cuando escuchó otra vez, en algún lugar inconcreto de la habitación, las risas celosas de la muerte, que los amantes no escucharon. Esta vez, la risa de la muerte enamorada creó en el guerrero un hastío, y cuando los enamorados se habían olvidado del mundo exterior, entregándose de lleno a sus miradas más tiernas, ensamblaron sus cuerpos con la perfección de la unidad, sin fracciones, completando mágicamente la conjunción del eslabón perdido, de la feliz última parte del rompecabezas, del objeto perdido en la oscuridad y encontrado por la antorcha, del viento caliente en la profundidad de la cueva fría, del tesoro huérfano poseído por la cobra, y entonces se levantó el guerrero de la mesa donde aparentaba estar dormido y se acercó acechante con su sable para hundirlo en el cuerpo de los amantes que se amaban perdidos en otra dimensión, pero al ver sus miradas de amor dudó un poco primero y después bajó el sable asesino, y fue cuando ensayó por tercera vez la mirada enamorada de los amantes.

Esta vez lo hizo bien, al grado que la muerte, todavía en un lugar inconcreto, amenazó con un chillido de guerra, pues bien sabía que su amado guerrero había cambiado la mirada para siempre, aquella mirada aterradora de los campos de batalla, por la mirada cursi del amor de alcoba, y que ya no podría ser su embajador.

El chillido hizo correr un escalofrío en el corazón del guerrero. Nunca antes había escuchado a su enamorada la muerte comunicarse con él de manera suplicante, y por un momento tuvo miedo, pero cuando volvió a mirar a los amantes, con sus ojos embriagados, saboreando sus labios encarnados como si de un maná se tratara, ignoró a la muerte, y fue entonces cuando una terrible oscuridad se apoderó de la estancia, como si un maleficio se hubiese apoderado de la habitacón de piedra.

El guerrero se quedó profundamente dormido con el sable, fiel como siempre, custodiándolo a su lado. Los amantes también se durmieron después de haber rebasado todas las fronteras de la belleza, del amor, del escalofrío, la pasión, el ensueño y la felicidad. Un caballo con la piel pegada a las costillas y la mirada mongólica cruzó por sus sueños. Había cadáveres amontonados, huellas de guerra y de peste, manadas de esqueletos humanos se abrían paso por la vida degollando plantas, insectos, pensadores, monjas, y debajo del todo, aprisionados por la montaña de muertos, los amantes gozaban de las delicias de la vida, de la pasión antes referida, y todos los que estaban encima de ellos derramaban babas de muerte por sus bocas laceradas, entre ataúdes fragmentados y hachas hechas de huesos humanos, mientras el caballo con la piel en las costillas y la mirada mongólica corría despavorido por encima de los cadáveres, jugándose sus últimas fuerzas en un deseo supremo de sobrevivir en su carrera hacia un mundo distante.

Cuando el caballo marcó la huella de su desgastada herradura en la mano del amante dormido, se dio cuenta de que la situación era grave, pero más grave se tornó cuando el caballo volvió domesticado a la carga, cabalgando con el guerrero que llevaba el mismo sable que antes le temblara en las manos, y el guerrero se carcajeaba buscando sus cabezas para guillotinarlas. Los amantes despertaron telepáticamente impulsados por el miedo a nunca más despertar, e incorporándose el amante, buscó en la oscuridad terrible al guerrero y lo encontró profundamente dormido sobre la mesa. Tenía la misma sonrisa de un niño que ha pasado el día haciendo fechorías, y sus párpados descansaban sonrientes con la misma felicidad de los amantes tras hacer el amor. El amante caminó de puntillas para no hacer ruido. Cogió el sable con las dos manos para hundirlo en el pecho del guerrero, pero como la noche anterior, el sable tembló en sus manos.

Otra vez el guerrero escuchó la carcajada de la muerte, pero esta vez no era la carcajada de burla ni de celos, sino era la misma que tantas veces escuchara en los campos de batalla para prevenirlo de un peligro, aquella carcajada espeluznante que la muerte usaba tardíamente con toda la intención de que fuese herido, para después cuidar sus fiebres. El guerrero bien conocía aquella alarma y temiendo que esta vez también fuese tardía la última vez, despertó sobresaltado en el momento en que el tembloroso sable lo atacaba, pero esta vez el guerrero no fue herido y pudo escapar a la muerte, que manipulaba los temblores armados del amante.

El guerrero descubrió en la oscuridad la cara de la muerte que había poseído al amante para asesinarlo, pero eso fue sólo un aviso, pues bien sabía que no era su momento todavía, pues la muerte necesita amar a los vivos, porque con los muertos no se entiende… la muerte lo necesitaba vivo.

De pronto la luz se hizo y no le costó mucho desarmar al enemigo. El amante vio en los ojos del guerrero un brillo asesino y sintió otra vez el sable en su cuello, pero un grito de piedad de la mujer hizo reaccionar al guerrero que se dio vuelta para mirarla. Estaba más bella que nunca… estaba hermosísima, con su piel semidesnuda, con el brillo de su vello amarillo, con la expresión de miedo, con su mirada sensible y tierna, amorosa y aterrada. Esta vez no tuvo que ensayar más la mirada enamorada. Esta vez, la mirada apareció sola, sincera, y nuevamente escuchó el chillido de la muerte invisible, mientras el amante aguardaba asustado, con un hilillo de sangre en el cuello, producido por el fiel sable.

El guerrero se acercó lentamente a la mujer con la sonrisa y la mirada exactamente iguales a las del amante. La esposa, al verlo, confundió el pasado con el presente; la imagen borrosa de su larga ausencia, con la sonrisa y la mirada del amante; la complexión robusta de guerrero y la mirada de conquistador, con la semejanza a su tierno amante, y cuando la terrible oscuridad invadió nuevamente la habitación, la confusión de la esposa fue tal que no supo cómo actuar, y cautivada por la mirada que ahora tenía su esposo, se entregó a la más hermosa de las pasiones, haciendo chillar como nunca a la muerte, al tiempo que el amante se retorcía en el suelo para no ver la cara de placer de su amada, y para no aceptar que nuevamente había sido derrotado por el sabio guerrero.

Pero no estaba todo perdido y aún quedaba el sable, le musitó al oído la muerte. Esta vez, la señora de la oscuridad no dio su grito de alarma para prevenir al guerrero, y para que el sable no temblara en las manos del amante, le proporcionó la mirada asesina que el guerrero había cambiado por la del amor de alcoba, y cuando el guerrero gozaba de la parte más hermosa de la vida, la muerte se lo llevó atravesado por su fiel sable, para ponerlo a sus órdenes como vasallo muerto, pero ya sin sentir amor por él, pues no es posible que los muertos se amen entre ellos.

la mujer se sintió mojada por un líquido caliente… era la sangre del esposo-guerrero, que se lo había llevado la muerte enamorada, la celosa muerte que había preferido perderlo muerto, que perderlo vivo.

En un rincón oscuro de la habitación, la muerte ofreció al amante asesino un largo y cautivador cántico que lo enamoró. Después, el amante se dirigió a la mujer, y cuando un brillo iluminaba una molécula metálica del sable, lo hundió en el vientre de quien tanto amó, pero ya con la mirada asesina del guerrero en los campos de batalla.

La muerte cantó un salmo a la vida desde un rincón de la habitación de piedra y las puertas herméticamente soldadas se abrieron para dar paso al nuevo guerrero, sable en mano, y a su protectora la muerte, que habría de cuidar sus fiebres en las batallas perdidas.

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