LUIS RICO


La visita del Papa



Aquella mañana de invierno, con el sol tan tibio y ese aire tan transparente, Benjamín no creyó que pudiera ocurrir algo funesto. Todavía estaba en la cama, arrullado por la modorra, cuando lo sobresaltaron los fuertes toquidos del Topo en la puerta. Lo escuchó saluda a su mamá y tras la explicación "todavía no se levanta", aguardó a que esas manos inestables -que lo mismo en cualquier momento lo golpeaban que al siguiente instante lo estrechaban efusivo con un "ahí muere amigos"- lo despojaran de esa placidez que pocas veces se alargaba más allá de las nueve de la mañana.

-¡Apúrate -apresuraba mientras lo dejaban en sus vergonzantes trusas "Ramírez"- ¡Hay que llega temprano para ve de cerca al Papa! ­Toña ya nos está esperando en la esquina!

Ese nombre lo ayudó a sacudirse el coraje del despojo y el sueño que aún llevaba prendido. Se vistió apresuradamente y dejó en la mesa el desayuno. "Se nos hace tarde", explicó a su madre, parado ya en la puerta. Ella hurgó entre los trastes y le alargó una moneda. "Ten pues, te compras un lonche en el camino". La guardó en su bolsillo y aguardó al Topo, que ya casi llegaba con Toña. Benjamín se lamentó: ahí trae el pinche chiquillo. Eso echaba a perder sus grandiosos planes: acababa de descubrir, algunos días abras, las insinuantes miradas que Toña le echaba cuando iba a jugar a la casa del Topo o cuando se encontraba en la calle, y había pensado que una excelente ocasión para hacerle confesar el significado de tales insinuaciones -que no podía ser otro que un amor ardiente, a lo cual él, desde luego, correspondía- era hoy, precisamente, lejos no sólo del barrio, sino de la familia de Toña. Estaba el Topo, claro, que era su sobrino, pero conociéndolo, Benjamín sabía que en cualquier momento lo podían perder, y entonces sí, quedar completamente solos. Pero Gera, el hijo de Toña, echaba a perder todo: ¿cómo mandarlo a algún lado, o cómo extraviarse de él. Benjamín nunca había visto que el niño se despegara de su madre, a menos que fueran ambos -él y el Topo- quienes se hicieran cargo de cuidarlo, y eso en el encierro de su casa. Anduvieron por Fraternidad hasta donde terminaba la calle, San Ignacio; luego dieron vuelta por Hacienda de Guadalupe, dejando atrás su barrio, el de la Esperanza, para llegar al de Santa Rosa; todavía faltaban muchas cuadras para llega a Oblatos - tenían que cruzar un costado del lago panteón-, cuyo límite era el Periférico, donde el Papa habría de hacer oración y da la bendición a los fieles. Durante el trayecto Benjamín llegó a la conclusión de que nada ganaría con lamentarse, así que trató de pensar la mejor manera de cumplir sus propósitos. Porque ¿cuándo volvería a tener una ocasión como esta para, por fin, conocer de la boca de Toña aquello que de antemano sabía? Antes de las nueve llegaron al lugar. Lo primero que asombró a los cuatro fue la cantidad de gente reunida. Gera se puso a llorar. Toña señaló un punto lejano e invisible entre las cabezas descubiertas.

-Aquella es la plataforma en la que está el Papa.

El aire frío dejaba de soplar por momentos y el sol iba imponiéndose sobre el suelo desnudo, que empezaba a exhalar su aliento de polvo al paso de la gente. Alrededor de las diez, con el enfado de la espera cubriéndolos por completo, Benjamín empezó a sentirse prisionero. Con su estatura de doce años, se sentía atrapado entre la gente, que no le permitía mirar hacia ningún lado: por todas partes esa aglomeración informe. Gera, que se había dormido, despertó más llorón que a la llegada. Toña, exasperada aunque sin demostrarlo, se lo endilgó al Topo y se despidió de ambos:

-Voy a un asunto urgente, ahorita regreso. Cuídenlo bien y no se separen. -Encima eso. Quiso seguirla, pero se perdió rápido entre la gente.

-Va al baño -dijo el Topo, riendo como si hubiera dicho un gran chiste-, pero aquí, ¨donde? Y faltaba esperar más de una hora. Benjamín no sabía que hacer. A ambos se les había acabado el entusiasmo y Gera no paraba de llorar. Transcurrió un tiempo interminable, hasta que el movimiento de sus intestinos le recordó que aún no desayunaba y se le iluminó la cara con tan brillante solución.

-Voy a buscar algo para desayunar.

-¿A dónde? ¿Y a poco me vas a deja sólo?

-tengo hambre, ya ves que por las prisas ya ni comí nada.

-No, espérate a que regrese Toña.

Desde qué horas se fue, a lo mejor hasta se perdió y ni nos ha de encontrar. Ahorita vengo, sirve que la busco.

-Espérate.

Pero Benjamín no quiso escuchar, aunque percibió el mal humor en su tono. Era difícil encontrar algo entre tanta gente.

Miró hacia atrás, y se dio cuenta que ignoraba la dirección que había tomado. Siguió adelante, y al poco rato encontró un vendedor de lonches que voceaba su mercancía. -¡Lonches...lonches...!

-¿Cuánto?

-Tres pesitos

-Me da uno -pidió, mientras se hurgaba entre las bolsas. Tomó en lonche que le tendían, saboreándolo anticipadamente. No encontraba la moneda y empezaba a desesperarse, lo mismo que el vendedor. -­No encuentro mi moneda! -Le arrebató el lonche. -¡Pero si aquí la traía!

-¿Sí, de cuánto era? -preguntó indiferente, tomando su cesto. -¡De diez pesos! -respondió Benjamín, casi por llorar. -Pues ándele mijo, vaya y dígale a su mami que se le perdió el dinero -y se alejó con el pregón neutro de su mercancía. Benjamín siguió su camino, sin esperanza de recuperar el dinero.. Así anduvo, limpiándose las lágrimas, y sin quererlo, se encontró fuera de la gente, frente a la pared alta del panteón. Ahí se recargó un rato, sin saber que hacer. Recordó un punto que generalmente servía como lugar de reunión, por la facilidad de llegar a él. Se extendía el muro, regular, hasta topar con un árbol antiquísimo, que los constructores respetaron, y en lugar de seguir el muro su camino recto, formaba un semicírculo en torno a su tronco. Era notable esa irregularidad en el cuadrado enorme que custodiaba las tumbas. Echó a andar Benjamín siguiendo el muro, cuando un clamor ininteligible salió de todas partes, precedido del ruido del motor de un helicóptero. Las cabezas, que habían improvisado sombreros para guarecerse del sol, que ya quemaba franco, se descubrieron e inclinaron respetuosamente. Se asombró, puesto que ignoraba la causa de tal acción.. escuchó un ruido lejano, como si alguien hablara ante un micrófono. "¿Habrá llegado el Papa"?, se preguntó, pero por más que estiraba el pescuezo no alcanzaba a ver nada que no fueran esas cabezas confusas. Divisó la irregularidad del muro y, también a una pareja que se besaba irreverentemente, ajena a la devoción que envolvía a la multitud a unos metros. Siguió avanzando, y con asombro vio caer las cabezas, como si una guillotina invisible las cercenara; se tranquilizó al descubrir que se estaban arrodillando. Entonces descubrió, al fondo, a una distancia inalcanzable, la famosa plataforma de doña Toña, sobre la que destacaba una figura blanca, diminuta. Las manos se levantaron, haciendo la señal de la cruz. El Papa daba su bendición, se enteró más tarde. Después las cabezas volvieron a erguirse, en un movimiento ondulatorio, inverso al anterior, como si manos divinas se colocaran nuevamente en su lugar. el rumor ininteligible aumentó. al poco rato se volvió a escuchar el rumor del helicóptero, y Benjamín llegó por fin a la irregularidad del muro. Alcanzó a ver la blusa abierta en los botones superiores y el nacimiento de un seno desnudo. Cuatro manos se acariciaban ansiosas, y antes de que la pareja escalara el árbol para perderse del otro lado, Benjamín reconoció los ojos excitados, la nariz jadeante y la boca entreabierta de Toña. Quedó su mente en blanco, y antes de que se diera cuenta de que sus grandiosos planes acababan de perderse en el aire ahora turbio por el polvo que millares de pies levantaban al alejarse, sintió un fuerte golpe en el estómago. -¡Cabrón!, Me dejaste solo con ese pinche mocoso!

Era esa mano que por la mañana lo había arrancado de un comienzo tibio que auguraba la bonanza. Gera empezó a reír, al verlo arrodillado, con las manos sobre la parte golpeada y la cara conteniendo el grito y el llanto. ¿Qué no oíste lo que dijo Toña, que no nos separáramos? Al fin pudo responder, entre sollozos.

-¿Pues no ves que me perdí? ¿Cómo querías que regresara?

El Topo empezó a cambiar su gesto hosco.

-Bueno, ahí muere, hay que esperarla aquí, de seguro para acá viene a buscarnos.

Benjamín ya no se pudo contener. De golpe se le vinieron a la mente todos los incidentes de la mañana: sus propósitos y la manera como se habían desarrollado las cosas. El Topo algo notó, porque alargó la mano, conciliador. -Bueno, ahí muere, chócala, amigos otra vez.

Benjamín lo miró con lágrimas de rencor que le nacían por primera vez. Ignoró la mano afable y miró desdeñoso al niño burlón que, seguro como el siguiente, naciera de padre desconocido. Y se alejó con su rabia, ignorando los gritos de "espérate, regresa", aunque irremediablemente, lo sabía bastante bien, por la tarde iría a estrechar esa mano que ahora dejaba tendida.



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