EDUARDO ORTIZ ARÁMBULA

ENVENENADOS PASOS


Gómez tomaba un exótico té en el soleado comedor de su casa en los suburbios. Poco antes había ido a recoger el periódico del porche. Ahora le quitaba el plástico sujeto con una liga, sentado a la mesa. Mordisqueó un panecillo al pasar las páginas del diario, rodeado del agradable ambiente en tonos pastel. Era un sábado por la mañana.

El pasto había sido cortado, ninguna reparación pendiente, no tenía mascotas, menos hijos, las cuentas -incluida la de su tarjeta- estaban pagadas, el auto recién había llegado del taller mecánico. Se encontraba muy a gusto, bebió un sorbo de té. Se puso un comprimido en la boca y volvió a beber el té para pasárselo. Regresó al diario, notó un mínimo zumbido junto a su oreja, se abanicó inconsciente con la mano y reinició la lectura, acomodándose en la silla. Cayó en cuenta de haber aplastado a medias un insecto, se limpió los dedos de inmediato. Recordó un comentario escuchado en su calle un rato antes: "Alguien debería hacer algo. Esto se vuelve insoportable". Lo olvidó de inmediato. Leyó las tiras cómicas y la sección de cultura.

Sábado por la mañana. Una grata sonrisa y unos ojos centelleantes se atiborran de las caricaturas matutinas. Aquí y allá, en la cara, brazos y piernas del niño hay rasguños y raspones. Costras de heridas tenues. Aunque soleado el día, a la estancia donde Jasón se halla sólo la ilumina el brillo de una voluminosa pantalla. Erase una vez un superhéroe, investido de poderosos colores chillantes. Trabajaba destruyendo a los malos y matando a los dragones del espacio. Hoy por poco lo rostizan, pero con fuerza, con definitiva resolución arrasó con su dosis de dragones. A esperar hasta mañana, para hacer esto. Para vivir feliz por siempre. Con los ojos francos Jasón se activa, sonríe, deja la alfombra y sale de la habitación.

Recostado en un mullidísimo sillón, Gómez bebía un digestivo y escuchaba, medio hipnotizado, la música de las varias bocinas ocultas. Un portazo y de pronto Gómez ya tenía encima al Lagartijo, a Pereira, un vecino. Con facha de insomne reincidente, por estar gritando a cada momento y todas las noches, le echaba el aliento bubónico con su voz monocorde a Gómez en pleno rostro. Con una voz sorda y seca dijo: "algo perverso me acecha". Gómez quedó atrapado, patas arriba, entre el sillón y el peculiar vecino, vestido con un caro traje empolvado. La comida en el interior de Gómez amenazaba con rebelarse, su copa se había roto, la música continuaba. Masculló un poco y juntando aire por fin gritó: "­Quíteseme de encima estúpido!" Pereira dejó de hablar, preguntó: "¿Eh?"

"Animal ridículo, retírese...". Con un esfuerzo considerable lo echó a un costado. Al caer, Pereira soltó un pequeño revolver que Gómez no pudo notar antes. Hizo "clac" sobre el piso. No intento ocultarlo, ni se preocupó por recuperarlo, mientras Gómez reculaba fóbico arrastrándose por el suelo.

Hubo una pausa. Ambos se levantaron con sincronía perfecta. Se observaban uno al otro. Frente a frente, el dueño del territorio parecía tan amedrentado como el intruso.

"No se me acerque, Váyase con sus locuras a otra parte, no se mueva, salga de inmediato, quédese donde está".

Con una expresión de tranquilo pánico Pereira dijo: "Usted no entiende. Algo siniestro me ronda. Signos. Signos por todas partes." Un pájaro muerto está pegado con cinta adhesiva a una ventana. "Todo se desmorona, desaparece..." Poco antes, Pereira en su casa trató de abrir una alacena: manija y puerta se le fueron encima, quedó casi sepultado por frascos, polvos y líquidos. "Y muerte, muerte por todas partes. Muerte." Sus ojos eran demasiado grandes para cuencas como las suyas. "He visto los estigmas de la aniquilación asaltar mi casa, mi santuario". Un excesivo charco de pintura verde invadía el desván, como si miles de mantis hubiesen sido pisoteadas. O un alienígena, desangrado.

Gómez estalló: "¡Fuera! ¡Fuera, ímbecil! ¡Fuera!". Por sorpresa y a empellones logró expulsarlo, pateó la pistola sin saber a dónde fue a dar, azotó la puerta -un sonido explosivo. Intentaba calmarse. Recordó el vino, se tomó un nuevo comprimido con él.

Marcas cabalísticas trazaban el intento de una protección ininteligible sobre algunos sitios de la casa Gómez. Alegorías dementes, cifras mágicas cubrían ventanas, puertas y hasta se introducían en ella. Atontado, el hombre lo había descubierto apenas. Salió para tomar el aire de la tarde y relajarse, después de haber lamentado hasta la cólera la irrupción del otro. Comenzó a esponjarse.

"Ahí no, ahí", indicaba Pereira un vago sitio en la oscuridad. En las relativas tinieblas de la temprana noche que rodeaban su casa, relativas por las luces de las torretas y los faros de policías, ambulancias y bomberos. Se lo indicaba a mucha gente a la vez y a nadie en especial. Había hecho sonar todas las alarmas de incendios y robos, de casas y autos en su calle. Había llamado a detectives privados y públicos, a guardabosques, paramédicos y rescatistas, tantos como pudo. Continuó su cantaleta de la acechanza y la muerte. Parecía zona de desastre la calle o, que al menos, presentaría una emergencia inminente, un evento atroz. Pausadamente, luego de amenazar de verdad al loco -que pudo escapar a ser detenido gracias a la confusión-, todos los equipos de seguridad y emergencias se retiraron. "Este tipo tan sólo se dedica a fastidiarse y a joder a los otros", "Es probable que él mismo, en su locura, se ataque y se sabotee como lo hace con nosotros", "Ya ha estado haciendo esto en el vecindario desde hace tiempo", comentaron algunos mientras se iban. Dejaron solo al cataclismo doméstico.

Erase una vez un superhéroe. Hace mucho había perdido su espada flamígera. Pero justo hoy la ha recuperado. Ya puede trabajar más fácil. Hay que avisarles a los monstruos de algún modo que ha recobrado el poder. Que se cuiden los dragones, ahora veremos quién va a rostizar a quién. Después del relajo, Jasón sale sonriente del jardín de Gómez, por la parte de atrás de la casa, con tiempo de sobra inclusive para ir y cenar. Al fin y al cabo habría una reunión en su casa al rato, nadie lo notará. Ni su falta ni su presencia. Avanza con pasos leves, su cara es la de un pequeño ángel, un aura de simple libertad lo sigue. Jasón refulge, es simpático, aunque a primera impresión, su ropa parezca manchada de varias sustancias. Ahora veremos quién va a rostizar a quién.

De nada servían las protecciones ni los conjuros, todas las luces de la casa del Lagartijo Pereira fueron apagadas, alguien -tal vez él mismo- cortó la energía. Por todas las ventanas abiertas circulaba el aire fresco de la noche. No tenía caso atrincherarse si ninguna protección aportaría ya el sitio. Pereira decidió mudar de refugio, a donde recientes

marcas e invocaciones habían sido hechas: el hogar de Gómez. Tomó sus mejores libros de secretos invaluables, sus objetos de poder polvoso, sus oxidadas joyas mágicas. Rodeado de oscuridad y viento, con su costoso traje ajado y su cara tranquila de ojos inquietos, salió.

Casi las once. Gómez bebía agua mineral en su habitación del segundo piso, se detuvo un poco junto a su cama, tomó otro comprimido del buró y se lo pasó con un trago del agua. Trataba, con mayor ahinco de calmarse, puso una música sedante y adaptó las luces para la relajación. Se recostó. Respiró en varias ocasiones profundamente, cerró los ojos, soltó los músculos, contó muchos números, y no pudo dormirse.

Pasó tiempo, quién sabe cuánto. Gómez había apagado todo. De pronto, el trueno, de pronto la conmoción. Hubo un estampido abajo. "No puede ser, no otra vez." Como un zombi fue hacia lo inevitable. Descendió las escaleras, prendió unas escasas luces. Desde siempre supo lo que se iba a encontrar. La puerta de la cocina reventada, el lagartijo Pereira dentro, no contaba que cargáse con unas maletas desgastadas y mohosas. El loco se mudaba.

Gómez se puso más que esponjoso e irascible: "Pero ¨qué hace usted aquí? No puedo creerlo, ¨qué pretende? No tiene idea de lo que está haciendo... Es indignante su forma de actuar. Vamos, carajo. ­Fuera de aquí!, grandísimo idiota, a joder a otro lado. No va a transformar mi casa en un muladar demente como el suyo. ¡¡Fuera de una maldita vez!!" Gómez se le echó encima al Lagartijo loco, era más pequeño, pero no importaba, lo que quería era botar al viejo excéntrico de su casa, a como diera lugar. Estaba trepado en Pereira como en un árbol flaco, y éste se movía dentro de un monzón, de un lado a otro sobre su base, pero sin avanzar un paso. Tomó de la mandíbula a Pereira y lo zarandeó, se sujetó a una puerta e intentó hacer palanca para impulsarlo hacia la otra habitación y sólo consiguió fatigarse y enfurecerse. Cayó, se le arrojó de nuevo, Pereira se hizo a un lado como si nada, y el hastiado inquilino dio contra una mesa que se despedazó. Tomó una de las grandes patas en sus manos y ya sin esperanza, miró rabioso al intruso: "Ya. Basta. Se acabó." Despeinado, con la ropa rota, sucio, con rasguños, se acercó poco a poco. Pereira, sin soltar las mohosas maletas, dijo: "Necesito protección, Gran Señor". Gómez le atizó un swing con la sólida pata de la mesa. Por fin Pereira soltó las maletas, voló un par de metros y azotó contra el piso, aturdido y sangrante. "Si no te mata nadie yo sí lo haré". Gómez tensó los músculos a punto de saltar de nuevo.

Ahora sí, a liberar al mundo del monstruo. Ya estuvo bueno de prevenirlo. Cuando el superhéroe deslumbrante aparezca, serán tus últimas horas, dragón. Gómez ya está sobre Pereira, una de sus manos sujeta el cuello del viejo loco y esquelético, la otra se alza para asestar un golpe terminante. Pero, por la puerta trasera, de la cocina que da al jardín, con la apabullante seguridad de la inocencia llega Jasón. Los hombres voltean, lo miran desconcertados. Victorioso, Jasón tiene la minúscula pistola en sus manos. Le dice un tanto triste a Gómez: "Te lo vas a echar tú primero, ¨Ah?".



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