ALEJANDRO OLIVO

 
NOE EN LA DULCE ZONA DEL TABACO
                                  


- ¿De qué se te murió el muchacho?

- De un sangrero que le llegó.

- Que ya tenía sus buenos días en la clínica, ¿verdá?

- Sí. Pero pos ya ves: allí no le hallaron remedio.

- ¿Luego de qué le vino eso?

- No lo sé. Dicen que por el tabaco.

- ¿Por el tabaco? ¿Cómo?

- Sí: que tiene veneno.

- Pero si allí andamos todos los días.

- Pos eso dicen.

- ¿Piensas que es por eso que andan preguntando tanto?

- Pienso que sí. A la casa ya jueron que unos reporteros.

- ¿Y? - Pos que quieren saber qué hacía el muchacho. - ¿Y qué les dijiste?

- Que fueran luego y les decía.

- No les vaya a decir que te llevabas al Noé al trabajo. - Por eso les dije que fueran luego por su respuesta. - Ya sabes que si les dices que te llevabas al chamaco al trabajo joden a la Compañía.

- Te digo que por eso no les respondí nada. Pero estoy pensando que qué tal que sea verdá que el tabaco lo pone mal a uno. A mí me duele lo del Noé, Delfino. - Pos claro que te duele, ¡si era tu hijo!

- Por eso estoy pensando en decirles la verdá a esos señores.

- Pos eso sí que está malo, Felipe.

- ¿Por qué?

- Pos porque nomás figúrate que cierran la Compañía y sanseacabó el trabajo para todos.

- Pero se taparían muchos daños, Delfino.

- Se taparía la tragazón, Felipe; ya sabes que de la Compañía comemos todos.

- Pero la Compañía va a venir matando.

- Nos vas a matar tú si les dices a esos reporteros que en la Compañía trabajan niños, y la cierran. Entonces sí, Felipe, ¿qué hacemos?

- Ellos me lo dijeron todo.

- ¿Qué todo?

- Lo del tabaco.

- Otra vez con tu brete ese. ¿Qué tiene el tabaco?

- Veneno, te digo.

- Con un diablo, Felipe; ¿de dónde sacas eso?

- Es lo que avientan los aviones.

- Lo que avientan los aviones es pa' que crezcan mejor las plantas.

- Sí, lo mismo me dijeron ellos, pero que también le hace mucho mal a uno. - ¿Así es de que la briznita esa que cae de los aviones le hace mucho mal a uno. - Aunque usté no ande entre las plantas cuando pasa el avión, sí.

- ¿O sea que aunque no me toque el agüita esa me enfermo? Déjate de juegos, Felipe.

- Como ellos me lo dieron a entender, la cosa es seria, Delfino.

- ¿Sí? ¿Qué tanto?

- Pos nomás figúrate que por bien que les des de comer a tus hijos siempre los vas a tener enfermos, porque la cosa esa les descompone no sé qué en todo el cuerpo. - ¿Sí? Pues yo los veo muy sanitos.

- Ya no han de tardar en enfermarse.

- Lo que tú traes es la de enfadar porque se te fue el Noé.

- Si serás ciego, Delfino. ¿Qué más quieres pa' creer lo que te digo que me dijeron esos señores? - ¿Sabes por qué nomás no te creo, Felipe.

- ...

- Porque así de fácil: esos señores saben de preguntar, de andarte arrimando el aparatito ese pa' que te grabe la voz, de andar haciendo sus apuntitos, pero no de enfermedades. ¡Si no son médicos!

- Pero suena cierto lo que me dijeron.

- ¡Sonará cierto pa' ti, pero no pa' uno que quiere seguir trabajando!

- Ya estuvo bueno, Delfino; voy a decirte todo lo que me dijeron esos señores.

- Si ya lo sé: puras mentiras.

- No. Que ese veneno hace que los hijos de uno nazcan mal, y que dizque les sirvió hace mucho a unos en una guerra pa' joder a los contrarios, y que en otros países de plano el gobierno no deja que lo usen porque se les descompone la gente, y uno lo lleva en las ropas a la casa, y que allí se les pasa a las mujeres adentro de los pechos, y que luego ponen malos a los hijos cuando les dan de mamar. Figúrate lo que ha de ser esa porquería, Delfino.

- Si bien metidas que traes las palabras de los reporteritos. Se me hace que te reporto con los jefes.

- Anda y diles lo que quieras, pero desde ahorita te digo que el Basilio se quedó inválido por ese veneno.

- No, señor. El Basilio se quedó inválido porque le hicieron brujería. - No, porque él era de los que llenaban el depósito del avión cuando rociaba; ¨qué no los que hacen eso andan ahí hasta chupándole a la manguera pa' pasar el líquido al depósito? - !Eh, diantre de Felipe! !Cómo lo estoy sintiendo por ti!

- !Sí las comezones cabronas esas que le llegan a uno no son de oquis! - Hay que bañarnos, Felipillo.

- Pero si nos dan a todos.

- Ya párale ahí, Felipe; vete y déjalo a uno.

- Sí me voy, pero ya te dije de lo que se van a morir todos.

- ...

- Deberíamos decirles que nos den ropa que nos cubra del veneno ese, o de plano que dejen de aventar esa cosa.

- Pero si tú ya no te cuentas entre nosotros.

- No, Delfino, si yo sé que no la tengo tan fácil dejando la Tabacalera; lo que quiero es que se haga lo que dicen esos preguntones: que se nos proteja.

- No te digo que bien adentro que traes las palabras de los reporteritos esos.

- Te lo digo en verdá, Delfino, me duele que no me creas, que pienses que todo lo hago nomás porque no aguanto que se me haya ido el Noecillo, o que la Tabacalera se lo haya llevado, mejor dicho.

- Lo cierto, Felipe: yo ahorita me voy y mañana me levanto haciendo de cuenta que no te escuché ni una palabra.

- Delfino.

Junio de 1997


Regreso a la página de Argos 3/ Narrativa