GAVIOTA

"SIN RETORNO"

Caminábamos lentamente, y traté de tomar la mano de mi esposo, quién mirando por encima de los concurrentes, no perdía palabra del guía. Absorto en el relato, parecía un niño. Sus constantes muestras de desafecto, no obstante lo reciente del matrimonio, hicieron que me abstuviera de alcanzar mi propósito. Pero ya había iniciado el gesto, y terminé apoyando la mano contra el muro, como si quisiera comprobar su solidez. Húmedo y frío al tacto, una voz interior me hizo sospechar que presagiaba muerte.

Me esforcé por escuchar al guía : " El primer fuerte de Cartagena, denominado El Boquerón, fue construido en 1.566 y ésta primera construcción dió origen al Castillo de San Sebastián de Pastelillo. Posteriormente se edificaron castillos, murallas, bóvedas y claustros, y el último baluarte se concluyó en 1.796, bajo el reinado de Carlos IV. Es decir, que las fortificaciones militares de Cartagena de Indias se construyeron en un lapso de 240 años. El Castillo de San Felipe de Barajas, que es como se denomina éste en el que nos encontramos hoy ........."

Pero éste discurso ya lo conocía. Recordé la primera vez que entré al Castillo de San Felipe, tomada de la mano de mi padre. Expectante, comprobé que no era igual a mis castillos de los cuentos de hadas. Sin embargo, maravillada, escudriñaba cada centímetro de la estructura rocosa, deseando percibir en sus laberínticas entrañas el eco del choque de antiguos sables, el tintinear de espuelas o el brillo de miedo en los ojos de los guardias de turno. Esa primera vez no sentí el malestar que me embargaba ahora. La voz pausada del guía y el relato sobrecogedor no hacían mella en mi ánimo, y confiada, de la mano de mi padre avanzaba por la estructura, sedienta de aventuras.

Seguro de sus conocimientos históricos, el guía contaba en detalle las jornadas laborales de los constructores que siglos antes habían vertido sudor, sangre y lágrimas sobre los adustos bloques. Luego enfatizaba la solidez del edificio y lo comparaba con las pirámides de Egipto. Capaz de soportar los embates de huracanes y ciclones, ni el tiempo inclemente ni el incesante cañoneo del Almirante Vernon pudieron con su orgullo monolítico.....

... " con 120 buques de guerra y otras tantos para transporte de pertrechos, 186 bajeles, 15.000 marinos, 8.000 de infantería, 2.070 cañones y más de 9.00 bombas, Vernon tuvo que reconocer que Cartagena era una fortaleza inexpugnable, siendo su fracaso las más vergonzosa derrota de la fuerza naval inglesa en el Nuevo Mundo ...."

A intervalos regulares, las luces mortecinas me advertían que la anterior se perdía de vista no obstante caminar en la misma dirección por un mismo pasadizo. La imposibilidad de percibir el resplandor en tan profunda oscuridad tenía su explicación en que avanzábamos por una espiral infernal, y a cada paso, nos hundíamos irremediablemente en el mar. Sólo las sombras negruzcas en la pared, húmedas al tacto, daban fe del medio líquido que nos envolvía. Pero la maestría del constructor palidecía frente a la importancia que a mis ojos adquirían las gestas defensivas de los moradores cartageneros.

Pero ésta vez, era lo contrario. El relato de las escaramuzas me parecían distractivos del asunto que en mi actual madurez me preocupaba: la posibilidad de perecer en su interior.

Otra vez busqué a mi esposo. Mi miró y sonrió. Solo yo veía en su sonrisa una mueca, un gesto reflejo, pues de sobra sabía que él mostraba los dientes sin emoción. Apenas una burla inmisericorde podría arrancarle una carcajada. Sin embargo, pensé que mi rostro debía mostrar parte del pánico que sentía, y que su sonrisa era consecuencia de mi estupor.

Procuré concentrarme en la respiración, y olvidar que estábamos en lo profundo del mar, sepultados en vida, bajo toneladas de piedras indestructibles ... No me era ajeno el vaho salitroso del ambiente, pero era preferible al perfume de los turistas europeos que nos acompañaban. Supuse que el oxígeno era escaso y que muy pronto empezaría a sentirme mareada. Es más, el sudor ya perlaba mi frente ... ... " el sistema de ventilación es muestra de la más refinada ingeniería, pues advertirán que estando a tantos metros bajo el nivel del mar, dentro de una mole compacta, la temperatura aquí es inferior a la temperatura del exterior y que no sudamos..."

Indolente me abaniqué con la mano, tratando de despejar los sofocantes temores. Temores que se materializaban en náuseas. Desconsolada, advertí que el vahído era producto de mi terror. ¿ Como podríamos perecer en estos pasadizos usados por miles de años sin víctimas mortales ?

Estaba claustrofóbica, sin duda. En seguida me recriminé por la palabra. Volviendo sobre mis pasos, era fácil encontrar la salida y debía encontrarla ¡ ya ! siendo único el pasillo. Otra duda saeteó mi arranque de pánico. ¿ La hipocondría incluía los síntomas de enfermedades síquicas ? Decidí parar de pensar en el asunto y detener la huida. Me dejé llevar por el relato del guía ...

... " el 18 de Agosto de 1.815 el general don Pablo Morillo inicia el asedio a la plaza de Cartagena a sabiendas que no podría tomarla por asalto..."

Llegamos frente a una verja de chillón color verde y los consabidos avisos de peligro en todos los idiomas. La sonrisa de la calavera se me antojó irónica. La humedad era mayor y el suelo resbaladizo. Habíamos llegado al final del tenebroso camino. Brevemente el guía explicó que mas allá de la verja, perdido en la oscuridad estaba el punto de comunicación con el mar, para algunos inexistentes, para otros muy lejano aún. Pero avanzar más era imposible en razón a la titánica tarea de excavar en esas profundidades. El pasillo conducía a nadie sabe dónde.

Hizo entonces una demostración de cómo se amplificaban los sonidos y cómo el más leve roce se convertía en estruendo al viajar por la espiral. Para el asaltante, el tintinear de una espuela se multiplicaba hasta semejar el tintineo de las espuelas de un batallón completo. Para el guardián, la alerta era inmediata pues no le pasaba desapercibido cualquier movimiento en las entrañas del castillo.

Dimos vuelta y comenzamos el camino a la superficie. El ascenso no era fatigoso. Aliviada por comprobar que no había ocurrido ninguna tragedia y que había calma absoluta en los turistas, empecé a reprocharme mis temores. Volví a buscar la mano de mi esposo y caminamos un largo trecho abrazados. Se me antojó que cansado, se apoyaba en mí.

El guía iba sugiriendo otros puntos de interés para visitar en Cartagena... " San Luis y San José en Bocachica ... los baluartes de la Media Luna, Ballestas, Santa Catalina y Santo Domingo ... los Claustros, El Cabrero, el Palacio de la Inquisición..."

Volví a concentrarme en mi esposo y en mi repentino ataque de ansiedad y le culpé por ello. ¿ Por qué no era amoroso siempre ? ¿ Por qué tomaba por ironía mis innumerables muestras de amor ? ¿ El desafecto era producto de su desgraciada niñez o de mi imposibilidad para enternecerlo ? ¿ Cuánto tiempo podría amar a un hombre incapaz de amarme ? ¿ Quién fallaba : él o yo ?

Esta vez me invadió un pánico diferente. Dentro del castillo, un pasillo en espiral nos devolvía a la superficie, al sol, al espacio libre. Peor que las murallas, las dudas, los temores, los silencios me acorralaban. No veía ahora porqué sentía pánico en el interior del castillo si en mi propia espiral interior estaba inerme, más desvalida, más expuesta y sin retorno...


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