FABIOLA FIGUEROA

UNICORNIO

Debido a Remedios Varo...


La vimos aproximarse desde muy lejos, salir del rincón más denso y alejado del bosque. Bajó la montaña caminando por el sendero de piedras rojizas. El aire elevaba su cabellera color zanahoria y su vestido blanco vaporoso. El recorrido que tuvo que hacer para llegar hasta nosotros fue tan largo que en momentos tenía que detenerse a comer zarzas de los arbustos o a beber un poco de agua fresca de algún manantial.

Cuando la distancia nos permitió distinguir los rasgos de su rostro, detuvo su carrera para tomar aire y hacernos señas con la mano. Supimos que toda ella era pálida y hermosa.

Cuando por fin nos tuvo enfrente nos sonrió y nos miró lentamente uno a uno, mientras nosotros no dejábamos de asombrarnos de haberla visto llegar.

-¿Han visto ustedes mi unicornio? - finalmente se atrevió a romper el silencio.

Uno de nosotros venció el estado de estupefacción y negó con la cabeza.

-Tal vez se fue por allá -se respondió ella misma, al tiempo que señaló el corredor de la izquierda.

Estábamos a punto de verla correr en esa dirección cuando reaccionamos:

-¡No! ¡Espera! ¡Tú no eres de aquí, regresa al cuadro!

-No puedo, tengo que encontrar mi unicornio.

Y diciendo esto la vimos desaparecer por los pasillos del museo.


CONTEMPLACIÓN



Duermes.

La tarde acalló sus vientos.

El altear de los insectos es leve, como si adivinaran tus sueños, como si no supieran que entre sus patas se llevan tus últimos sudores.

Decías que tu color era el dorado, pero el negro de los gusanos terciopela tu cabellera y entonces tu palidez es hermosa. Pero después de todo, sí, también hay dorado, el otoño tendió la alfombra de hojas para que yacieras en tu sueño eterno, para extasiarse de tu inmortal tu belleza inerte.

Decías que odiabas los insectos y no sabías que algún día te unirías a ellos, que serían los que te acompañarían en ese letargo final, no sabías lo que ahora yo entiendo: que eres su señora.

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