CECILIA EUDAVE


PULGA

La pesqué seguramente en la junta del sindicato, sí, en una de esas salas tan características de los Países Perdidos Acá de Este Lado del Mundo, descuidadas, sucias y llenas de todos los insectos posibles. Sentí el piquetito y pensé: un zancudo más. Me rasqué y punto. Continué oyendo medio dormido las explicaciones del representante, hablaba de descontarnos un por ciento del salario para ayudar a los danmificados de no sé donde. Se acabó, por fin, la junta; y, así, con esa irresponsabilidad de no verificar qué pudo encajárseme, salí a la calle. Durante la cena volvió la sensación de un ser diminuto deslizándose en mi piel. Esta vez probé nuevas posibilidades: la mala circulación o el calor. Qué ligereza de mi parte. LLegué a casa y me dormí. Al día siguiente, tenía varias ronchitas en la parte frontal del pié, "habrá que poner insecticida". Lo hice durante una semana, pero las picaduras no cesaban, y las ronchitas iban en aumento. Una tarde, mientras miraba la televisión y revisaba las cuentas de la hipoteca (con aviso de desalojo), el teléfono y el recibo de luz, vi un pequeño animalito negro brincotear en mi pijama. Le di de lleno con la mano, y saltó con dos redobles de muerte para internarse entre las hojas del teléfono con las llamadas de larga distancia que nunca hice. Al poco rato y ya olvidándome por completo de la tele, observaba con cuidado la zona por donde ese animalito había aparecido. De ahí salieron dos, luego cuatro, cinco, siete, no sé cuantos. Me desnudé inmediatamente, me bañé, me puse ropa límpia y, pese a ello, ¡zaz! un terrible piquete en el brazo. Me sobrevino otro en el hombro, y ahí, sí logré llevarme la mano a tiempo y atrapé a uno de esos engendros. Ya entre mis dos dedos y, luego de separarlos con cuidado, dió un tremendo salto y desapareció. ¡Con qué son difíciles de matar!. Me preparé lo más que pude y, por fin, maté a uno de esos insectos. No atinaba qué clase de bicho era. Busqué la lupa y confirmé mi duda, era una asquerosa pulga. Resultó un caos ese descubrimiento, quité mis sabanas, las toallas, las pijamas, la colcha, para evitar riesgos, pues al parecer todo era ya de ellas, nada mío. Puse insecticida en la habitación, anduve desnudo todo un día, y no dormí por vigilarme la piel. Aun así, sentía que me recorrían con sus diminutos pasos, encajando sus conductos alimenticios, bebiéndome y babeándome con quién sabe qué infecciones (las pulgas siempre son puercas).

Al día siguiente de la crisis le llame a Sulma, mi novia, para refugiarme en su departamento, pues fumigarían la casa y no era recomendable dormir ahí. Esos animales embargaban, con su presencia, mi casa. Así empezó mi descenso, mi acabamiento, mi muerte moral, mi pulga suerte. Una vez instalado con Sulmita, creí, ilusamente, que las pulgas enchinchadas en un hogar ya irreconocible, no afectarían mi vida, pero no. Esa noche, retozando con la amada, ¡zaz!: comezón en todas las ronchas, luego los piquetitos aquí, allá, y más para allá. Se habían colado a mis partes nobles y pues, Sulma no era mujer para soportar eso. Me aparté de ella con la delicadeza de un birriero y me dejó por incompetente, no comprendió que mi abstinencia era de índole sanitaria, además, estas pulgas me querían sólo para ellas. Cómo amar si ya me poseen. Tomé medidas drásticas: me pelé la cabeza, las piernas, las axilas, el resto del cuerpo y... por las partes delicadas... también. Luego perdí la casa, no me importó gran cosa, estaba harto de dormir sobre la mesa, en el sofá, en las sillas, en la alfombra, en la tina, en donde fuera, comprobando, por desgracia, que allí estaban regordetas, sedientas de mí. No pude más, me fui a un hotel y ahí lo mismo, estaban volviéndome loco. No comía, no salía de mirarme y me despidieron del trabajo. Con el dinero restante compré unos espejos, forré la habitación para no perder ningun ángulo y capturarlas en su sanguinario acto. Nada logré, mi yo murió en esa caja de cristal y, poco a poco, las imágenes multiplicadas fueron despertando para irse a otras partes, lejos de mí. Mis yos se retaron unos a otros para romperse en padazos de otras historias. Las pulgas llegaron a conocerme tan bien que encontraron la forma para entrar en mí, ya no me atacaban desde el exterior, me hicieron una guerra interna debajo de la piel, corrompiéndome, destruyéndome. Y nadie, nadie, me creía.

Ahora estoy aquí solo en este perro mundo con pulgas, vagando de un lado a otro, esperando que alguien me ayude a quitármelas de adentro. Pero no sucederá, porque en mi país todos pasan, nadie mira, nada existe. Y si me ves multiplicado aquí o allá, enchinchado con la idea de esta pulga, ya no retando su demoledora presencia, ya no buscando su piquete en la piel, sino viendo la manera de fundirme con ella, será porque soy un hombre promedio y está en mi naturaleza ser de la camada.

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