CARLOS E. BUSTOS

EN CUERPO MUERTO


Afuera la tormenta me hiela; estoy en la oscuridad, solo. ¿Por qué se han ido todos? ¿Por qué me han abandonado? Las ramas del roble no son lo suficientemente anchas para cubrirme de la lluvia. Y pocas son las fuerzas que me quedan para espantarla. La lluvia lava mi rostro, tumefacto, amoratado. La bebo con la lengua que asoma de mi boca, un túnel reseco sin querer atrae a las moscas.

Saboreo la lluvia con los poros resecos de mi piel, que ya comienza a perder color, a llenarse de ojuelas de un aspecto malsano. Un cuervo se posa sobre las ramas de un roble, sacude su plumaje y después me mira con atención con aquellos ojillos opacos llenos de maldad. Se acerca a brincos; su pico es una cuchilla filosa pintada de carbón; arranca un ojo de mi cara y comienza a devorarlo lentamente. Ahora veo el mundo a través de los ojillos insanos del cuervo. Un lugar distinto. Los hombres parecen gusanos de carroña; se arrastran; devoran todo; se devoran entre sí. El ave se echa a volar, graznando, y una parte de mí se va con él. Veo mi cuerpo desde las alturas. La lluvia no cesa. La soga que me sostiene en el aire, y me separa del suelo, se deshilacha con cada giro y cada vuelta que el viento me hace dar. Una columna de hormigas sube por mi brazo derecho. Algunos escarabajos hurgan en el pozo carnoso en donde alguna vez estuvo mi ojo. Los mosquitos se acercan a chupar mi carne muerta. Las arañas tejen un velo alrededor de mi cabeza. Los grillos gritan

desde mi garganta. Los ciempiés van a dormir ondulando, dentro de mi nariz y un nido de tijerillas se aparea en mis oídos. Ahora soy muchos. Soy todos estos animales. Camino, repto, me deslizo, ondulo salvajemente. Nunca moriré. Quizá por eso los hombres tuvieron miedo de mí y decidieron matarme. Siempre tienen miedo; miedo de lo que no conocen, miedo de la sombra que camina tras ellos, miedo de sí mismos. A mí me tuvieron miedo porque soy diferente. Un detalle en mi persona, más bien mi cuerpo. Algunos me admiraron, otros me temieron y hubo algunos que hasta me envidiaron. A fin de cuentas, todos sintieron ira hacia mí. Mataron a mis padres acusándolos de blasfemos y sirvientes de la oscuridad. A mí me trajeron a rastras al viejo roble del pueblo y entonces me colgaron. Y aún mientras bailaba aquella danza de la muerte, desafiando la gravedad, la gente no pudo dejar de admirar las briosas alas que llevo en la espalda. Alas de ángel; de demonio. Y luego se fueron y me dejaron aquí, solo, en la fría lluvia, muriéndome sin poder morir.

Es verdad, parece que no hay justicia en el paraíso.



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