CRISTINA VILA
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Una noche más

 

Hora crepuscular en la bohemia radical del mundo finito. Fran Gomar ha muerto sobre la mesa de tragos cortos, en el rincón más húmedo del bar de la Gertru. Nadie se ha dado cuenta. Gomar siempre finge morirse los viernes de tempesta, no hay por qué extrañarse de que su cabeza haya caído en seco sobre un mal juego de naipes. A su lado, Lina Calavera sonríe indefinidamente mientras acaricia sus cartas con los dedos.

 

Las sirenas no han parado de sonar en toda la noche, y eso que el sobrino de la Gertru se ha marcado media docena de tangos españoles y un mix de Vivaldi con la máquina de "tus canciones favoritas". Han sido unas horas muy agitadas para el retén de policía que hay en la esquina. Gertru sabe que hoy los agentes harán buena caja en su bar. Todos los viernes ocurre lo mismo: un par de accidentes de tráfico, tres violaciones mixtas, un robo... y el cuartelillo al completo regresa a torpes horas para ahogar su sensibilidad en el carajillo especial de la Gertru.

Mientras aguarda a la tropa, el local permanece embadurnado de humo y conversaciones macedónicas. Como Gomar está roncando, Lina Calavera ha dejado los naipes sobre la mesa, eso sí, boca abajo, para buscar a alguien que quiera terminar el juego con ella. Está irritada porque Gomar siempre la deja a medias, y porque no hay nada más cruel y villano que abandonar a la prójima en estado de suma excitación. En la mesa de al lado hay dos jóvenes: uno calvo y desaliñado, otro con una larga melena publicitaria y corbata de seda... o de nylon. Lina se sienta con ellos y les cuenta su desdicha. Los muchachos parecen prestarle mucha atención. Han pedido otra jarra de espuma, y quizá luego pidan más.

Gertru está encantada porque le encanta estar rodeada de personas encantadoras que hablen mucho y de vez en cuando digan algo interesante. A veces, se pasa horas sentada en la proa de su barra, escuchando y observando conversaciones y caras ajenas. Con ella, apenas nadie habla. Tuvo la desgracia de ser demasiado hermosa en su juventud, y de ser demasiado horrible ahora, en su madurez, tanto ayer y hoy, que nadie se atrevió nunca a intimar con ella, porque creían que no era de este mundo o que lo era demasiado. Pero ella se ha acostumbrado a vivir de este modo, sin decir palabra y hablando sólo con la presencia. Es por eso que le gusta tanto observar a Lina, a la que conoce de años, porque es tan normal, tan vulgar, que parece caerle bien a todo el mundo, aunque su padre gustara de nombrarla "Calavera".

 

En estos momentos, parece que Lina ha convencido a los muchachos para que continúen la partida con ella, y el grupo intenta sacar las cartas de debajo de la cabeza de Fran Gomar. Lina da saltitos de júbilo y corre a pedirle a la Gertru un chupito de algo que la estimule para enfrentar bien el juego. A Gomar lo han corrido con la silla hacia otro lado. Lina bebe de un trago y regresa a la mesa. Aunque conoce de pocos minutos a sus nuevos amigos, la común afición a la baraja y a la cerveza vaticinan una larga y estrecha unión entre ella y ellos. Gertru sonríe asomada a la barra, como si se asomara a un balcón con los pies ocultos por las flores.

Gomar, mientras tanto, se ha quedado frágilmente recostado sobre su silla, demasiado cerca de un grupo de universitarios que debaten acaloradamente la obra de Nietzsche, así como el mal gusto con que se viste su profesora de Estética. Poco a poco, el brazo de Gomar va desprendiéndose del tronco hasta caer bruscamente y quedarse prendido en el aire. Tras unos instantes indecisos -quién sabe si la conciencia de Gomar se domina a sí misma aún etilizada; a veces, Gertru ha llegado a pensar que todo lo hace a propósito para fastidiar-, cae la cabeza y todo su peso, con tan mala suerte que aterriza en la espalda de una de las chicas del grupo. La muchacha salta sobresaltada y la cabeza de Gomar va a parar al suelo pegajoso. Para colmo, una partícula de ceniza iluminada sale propulsada hacia Josema, el joven sin cabello que juega a las cartas con Lina. Los universitarios se levantan de la mesa confundidos, y Josema también se levanta, provocado. La Gertru, que lo ha visto todo, corre a serenar a sus clientes, pero Josema ya está estrujando la camiseta de uno de los universitarios, cualquiera, al azar. Lina intenta separarlos, pero "no te acerques, no me gustaría tener que pegar a una mujer". Sin embargo, la Gertru impone, y además de ser la dueña, nadie ve claro su sexo, así que el incidente termina con la marcha escandalizada de los universitarios y el abandono de la partida de cartas por Josema, porque ya no puede concentrarse. Lina tiembla de rabia y sujeta con las garras al otro jugador.

La Gertru avisa a sus asiduos del crepúsculo, tres taxistas de avanzada edad y que gustan de las bebidas calientes, que incluso tienen asientos con sus nombres al final de la barra. Entre los cuatro, intentan recoger a Gomar, que ha estado todo el rato inconsciente en el suelo, y lo llevan al water para espabilarlo. Lo sientan en la tapa del retrete y le mojan la nuca y los mofletes con agua, pero Gomar se empeña en seguir muerto, así que la Gertru decide dejarlo ahí de momento, para que no arme jaleo. Uno de los taxistas, que en sus días mozos cursó un seminario de criminología, entorna la puerta con discreción para que nadie se piense nada raro sin verlo de cerca.

Lina empapa sus cartas con el sudor de las manos. El joven de la melena no tiene ni idea del juego, ¡no sabe jugar!, pero él no lo dice. Los labios resecos de la mujer mantienen una mueca de disgusto que incomoda al muchacho. Este decide acabar pronto con el juego y hace un intento suicida por perder. Lina lo esquiva y se deja ganar, porque no quiere acabar tan pronto la partida. Los ojos de ambos mantienen una intensa lucha de mentiras, hasta que el joven, con voz temblorosa, le dice que se ha de marchar a su casa, que aunque parezca raro, mañana es sábado y él utiliza ese día para trabajar, y el resto de la semana lo usa para vivir. Luego se levanta y se va. Lina se siente tan angustiada que permanece paralizada en su asiento, aguantando las cartas con la rigidez de una top-muñeca.

 

Mientras tanto, el bar ha sido tomado a traición por una ola de uniformes informales. Serán unos quince o veinte, de peso y estatura estándar y edades muy variadas. Todos los oficiales piden el carajillo especial de la Gertru, la receta que le hizo famosa, hace ya casi diez años, en todos los retenes del barrio: leche caliente, polvos de pimienta, y dos gotas de café tocado con licor de banana. La Gertru está entusiasmada. El "rin rin" de la caja es un aluvión de bisiestas esperanzas para su miseria. Eufórica, manda a su sobrino para que ponga unos blues drogadictivos que caldeen aún más el ambiente. Son las cuatro de la mañana y el bar es un estadio abarrotado de voces anónimas, dientes brillantes y ojos llorosos.

 

Lina ha encontrado una nueva pareja de juego, un policía muy sonriente que se ha ofrecido para acabar la partida "por unos ojos tan bonitos que no deben estar tristes". A Lina le da igual que el tipo quiera ligar con ella; al acabar el juego se lo quita de encima y ya está. Lo importante ahora es jugar, lo cual implica un final con un resultado, es una simple cuestión de causa y efecto, en la que Lina no admite variables intermedias. En cuanto consiga ese final que tanto ansía se irá a casa y caerá oronda sobre la cama, también sin intermedios, relajada y feliz.

 

La Gertru sigue con la mirada a una señora muy arreglada que acaba de entrar sola, muy ligera, y que acude directa al water: "¿dónde está el excusado de señoras, por favor?", pregunta a Gertru. "Allí", responde ella señalando con el dedo y aguantándose la risa ante tanta finura. Luego, la ve salir fugaz del local, con cara descompuesta. Gertru se queda extrañada. Frecuentemente entra gente al bar sólo para orinar la cerveza, pero esta mujer apenas había tenido tiempo material de sentarse en el... ¡Gomar! Gomar se ha quedado sentado en la tapa del retrete, y ahora que tiene el bar tomado por la ley. Discretamente, agarra a su flacucho sobrino del brazo y se lo lleva hacia los servicios. Cuando abren la puerta, Gomar tiene la cabeza dentro del lavabo y continúa muerto. Tía y sobrino, sobrino y tía, cargan como pueden con el hombre y lo arrastran con una silla hasta detrás de la barra, que afortunadamente está ahí mismo. Suerte que la insignificancia con que la naturaleza dotó a la Gertru y a su sobrino los convierta tantas veces en invisibles y libres de reproches cívicos. Nadie los ha visto.

 

Alrededor de la mesa donde juegan Lina y el agente Romeo, se ha formado un círculo perfecto de uniformes. Detrás del grupo, una pareja se besa febrilmente entre los efluvios de una nube de extraños humos. La Gertru los observa con energía maternal. Su sobrino los contempla con otro tipo de energía. El blues suena y ya hace un buen rato que se callaron las sirenas. Se comenta por el local que hoy murió un tipo a causa del ruido de un frenazo de coche y que una mujer intentó quemar el colegio donde trabajaba de maestra.

Cuando ya hace doce minutos que la luz atraviesa los ventanales del bar, Lina, por fín, asoma su cabeza triunfadora por entre las cabezas despeinadas del público, y sin decir adiós a nadie, desairando cruelmente el babeo de Romeo, se marcha del bar como quien hubiera entrado hace sólo un momento. A Gertru no le importa quién haya ganado la partida, no tiene fuerzas para escuchar de Romeo su intensa decepción, tan solo le apetece dormir, dormir esa larga noche que una vez más ha sido su vida, un transcurso de horas extrañas junto a raras compañías. Dueña y autoritaria pese a su carestía, desaloja con voz indeterminada como toda ella a los uniformes, los besos, los borrachos, el sobrino, la mendiga y los demás extras. Ahora se ha quedado sola. Paciente pero ágil, porque ya son muchos los años de profesión, friega los suelos, limpia las mesas, friega los vasos, limpia el báter, friega el humo de las paredes... cierra el bar y se marcha a la cama sin sueño, aunque también sin fuerzas.

Ya dormida, observa en alta definición a toda la gente que vino hoy al bar, siempre con la ventaja de que a ella no la mira nadie, siempre con esa incertidumbre de quien quiere hablar pero olvidó la palabra exacta, el instante oportuno, de quien acostumbra a no estar presente ni compartir con nadie... demasiado plácido para que dure más de dos minutos: Gomar quedó allá, en la trasera de la barra. Gertru cae de la cama, simulando una voltereta lateral, y baja las escaleras de cinco en cinco hasta llegar nuevamente al bar. Gomar aún sigue muerto. El suelo está mojado y ella va descalza, pero sus pies están tan dormidos que no sentiría ni aunque se estuvieran ahogando. En ese momento, y así a oscuras, Gomar abre los ojos de pronto y se incorpora. La Gertru le ha suministrado con embudo una razonable cantidad de orgasmo de monja. Autómata, Gomar se despide de la Gertru, le paga lo que ya había pagado antes y se acomoda el cuello del abrigo, porque fuera hace mucho frío, o por lo menos, "eso decías ayer".

 

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