FRANCISCO MANZO-ROBLEDO
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La llamada de cajita





Me lo regalaron el Día del Padre, el último festejado con un servidor como pretexto para el "levantamiento de tarro" más recordado en la historia del patriarcal día; habrá que hacer un hincapié en que este deporte es más antiguo que por el que tanto pelean las cadenas televisivas Tebabiza y Telazteca. Después del Mundial de Francia, todos en México "want to be like Cuau". Y esto me hace acordar de mi cuate de la edad cuando todavía las podía, Javier Barreto, Contador Público Titulado de la U de G, trabajador de escritorio entre semana, deportista acérrimo en domingo (el día del señor, día de guardar), dueño del equipo de tercera clase (para mayores de 23 años) El Dukla, con el cual, orgullosamente, yo portaba el número 6.

Lo del número 6 me salió así como se dice de pura mamada, por aquel programa de T.V. en el que un inglés, chingonamente flemático y muy abusado, pero que nunca dejaba de ser el prisionero número seis de un extraño lugar, donde la realidad era más fantástica que lo que hoy sucede en la telenovela FOBAPROA de Pasiones. En el último capítulo de la serie, el muchacho chicho escapa acompañado de las estrofas eclécticas de los greñudos de Liverpool (o sea piscina de hígados), "All you need is love/ All you need is...". En la telenovela tocan "All you need is PRI, chíngateotravez / All you need is ...".Así que, después de ese programa tan aleccionador, decidí cargar el número seis a cuestas, aunque de zurdo no tuviera ni un pelo de las pestañas. Allí estaba yo en el Dukla de medio constructor/contención, de acuerdo a cómo hubieran amanecido de crudos mis compañeros de la defensa: "El Pelacuas", defensa lateral izquierdo; "Melindres Jasso" defensa central, y "Jamaicón Gutiérrez" defensa lateral derecho. En ese tiempo no andábamos con jaladas de defender la porterías a cal y canto, ¡ni madres!, el que metía más bolas en el agujero contrario era el más chingón, nada de sistemas 1-10, 1-5-5, etcétera. ¿Se han fijado que ahora los sistemas son por ejemplo: 4-2-4, 4-4-2, 4-5-1, 5-4-1? Por eso no funcionan, ¡pendejos!, ¿qué no se dan cuenta que están jugando con diez solamente? Volvamos con mi cuate Barreto. Cuando ingresé al equipo me cantó derecha la flecha: "Solamente queda la portería y la media izquierda, ¿cuál prefieres?". Muy poco para escoger; el sólo pensar que me metiera las bolas cuanto cabrón se le hincharan, me causaba migraña en las almorranas, así que acepté la media y allí decidí echar todas la puñeteras energías, aunque fuera una vez por semana, cada domingo, SIEMPRE Y CUANDO me dieran el número seis. Así lo decidió Barreto, que para eso era el dueño del equipo. Se falsificó una credencial en donde oficialmente se decía que mis dieciséis años valían por veintitrés de los devaluados y así, ya muy bien documentado, pude jugar con la flamante y duklense camarilla.

Al borrascas de Javier le convenía tener a su cargo la responsabilidad de mandamás, así le sobraban motivos para festejar de la mano de Bacoalamexicana: por jugar/no jugar, perder/ganar/empatar, no completar el mínimo de ocho jugadores en la cancha, no presentarse el equipo contrario (¡pinches putos, nos tenían miedo!), y así por el estilo. Después del periodo jueguil, el rito terminaba tal y como el destino finamente lo había planeado: en la cantina tomando cerveza Tecate con limón y sal. En ese tiempo yo no consumía alcohol, sólo refresco de coca-cola, de allí me viene lo cocaíno.

Como jugador del veloz deporte de la que antes estaba hecha de gajos y hoy de pentágonos, no diré que era muy bueno porque la verdad que no. Tampoco diré que me partía el alma porque, al menos yo, no sé donde está o en qué parte la tenemos, y partida ¿para qué sirve?; lo que sí me partí fueron los meniscos de las rodillas que hasta la fecha me duelen encabronadamente, y eso porque sí era muy entrón a pesar de ser un peso gallo, enclenque mexican desnutrido. Yo quería ser como el ídolo de los fútboltraficantes, el zambiño "Garrincha", o si no, por lo menos, "Didí", y a veces, ya desesperado, me conformaba con ser como Juan Soldado, así, para que me prendieran veladoras en los momentos difíciles de la pasada. Como la telenovela antes mencionada, todos los mayates sueños de gloria terminaron por convertirse en un soberano atole con el dedo.

De cualquier forma, desde semanas antes, los miembros del clan me habían preguntado sobre mis deseos patriarcales y sin dudar un tris, recomendé un celular de color serio, de los que se doblan y se hacen una chingaderita así de chiquita para guardarlo hasta en el más minúsculo de los bolsillos de mi playera marca Poco (que para completar las señas trae un jinete montado a caballo algo inclinado tratando de golpear una bola; si me lo preguntaran yo diría que anda borracho el bato).

Con toda esa anticipación, tenía tiempo para recordar a mi cuate Barreto en su convertible rojo, repleto de jugadores duklarianos, todos iguales de gorrones, eso sí, sintiéndose la divina grulla por ir en ese magnífico símbolo del "me valen madre todos ustedes, bola de pinches guarachudos muertos de hambre que ni para el colectivo les alcanza, chínguense por pendejos", usando su, hoy en día, arcaico teléfono en el carro, manejando con la izquierda, teléfono en mano a la derecha, apantallando a toda la indiada tapatía. ¿Cómo debía usarlo yo? He ahí la pregunta que me causaba una diarrea mental nocturna de poca madre: no conciliaba el sueños hasta muy entrada la puta noche.

¡Por fin! como si la buenona de Campanita me hubiera hablado al oído, todo se decidió en menos de lo que toma pasar unos cuantos cientos de millones de dólares de México a Suiza (aquí, el único problema es tenerlos, aunque sea con un prestanombres, y si no pregúntele al que está en la prisión de Almoloya).

El domingo del pater, ya vestido con mis mejores atuendos veraniegos tipo catálogo de Eddie Bowlas, llegué puntual al lugar requerido: el mall más grande y ostentoso de la ciudad. Me coloqué en la explanada más concurrida; con mirada escaneadora barrí los trescientos sesenta grados del círculo y en el momento más oportuno para mis propósitos presumidiles, saqué el celular, coloqué la mano siniestra en la cintura y con la derecha me colgué del milagro electrónico marcando el número con el pulgar, acto seguido comencé a gritar cuanta pendejada se me vino en mente simulando que el buey del otro lado tenía un aparato "made in Nepantla", y por lo mismo de calidad transmisora muy inferior al mío, armado en Tijuana PERO con partes de las buenas, de las de acá. ¡Ah, gozo de gozos! ¡El éxtasis disfrazado de llamada telefónica! Hasta ese día pude comprender plenamente a toda la bola de bueyes que esperan con ansia enferma el día que acostumbran ir al mall a apantallar paupérrimos.


Regreso a la página de Argos 8/Narrativa