GLORIA CORTÉS PALOMINO

  

Regalo de despedida

 

Martha es una jovencita pecosa, de grandes ojos verdes y tez blanca, blanca, como una muñeca. Su cabello es castaño y brillante -me recuerda las castañas doradas de invierno- y cuando lo cepilla frente al espejo parece envolverse en una túnica de terciopelo. Pero hoy está triste. Su carita hace muecas y pucheros mientras de sus ojos brotan lágrimas interminables. Pronto será la hora de la cena y sus ojos y nariz enrojecidos la delatarán: lloverán preguntas sobre lo que pasó, aquello que la hace llorar y apretar los finos dedos en el conejo de peluche regalo de su tía Carmencita, a la que casi no ve. ¿Cómo lo tomarán sus padres si ellos siempre la están regañando?

Esa mañana en el colegio, mientras dibujaba un arco iris tras las montañas, Thelma, su compañera de mesa, le rompió su cuaderno amarillo de estampas mágicas, su orgullo ante las demás, y todo porque no le quiso prestar sus colores -¿cómo podía hacerlo si los ocupaba?-, pero Thelma es engreída y caprichosa, siempre se sale con la suya porque es la consentida de la maestra, y cuando Martha se defendió dándole un manotazo, otras se metieron y le dijeron a la maestra que ella había comenzado la pelea; la maestra la regañó y corrió del salón diciendo que era mala, grosera y que no la recibiría si no iba con sus padres; Martha tuvo que recoger sus cosas del suelo porque Thelma y otras las habían tirado sin que nadie les dijera nada. -¡Las muy bribonas! Risas burlonas y groserías la siguieron hasta la puerta donde ya no pudo aguantarse y respondió también: tiró la mesita más próxima y le escupió en la cara a la niña que tenía más cerca, -Al menos me pude vengar de una -pensó- ¡qué bueno!

Pero eso fue suficiente para que la enviaran a la dirección y de ahí a su casa con una nota donde la suspendían. Todo el camino se fue llorando por la rabia y la humillación que había pasado y que nadie comprendería. Sus padres nunca le ponían atención y si alguien se quejaba de ella, siempre se ponían a favor de esa persona. Todavía recordaba cuando Rosa, su vecina de al lado, llegó con el chisme de que ella le había pisoteado las flores del jardín y ahogado a sus loros australianos porque se había negado a mentir a sus padres:

-Martha me dijo que iría al centro, a una discoteca privada con sus amigas y no quería que ustedes se enteraran; me pidió que mintiera diciendo que había estado conmigo en casa de mi madre; cuando me negué, me amenazó con destrozar mi jardín y matar a los loros, yo no le creí pero lo hizo; ahora les toca a ustedes corregirla.

Todo era un chisme, eran mentiras de ella que quería hacerse notar, ¡como era tan fea y gorda, nadie la veía al pasar, todos volteaban la cara! Pero sus padres le creyeron y la castigaron una semana; todavía recordaba los golpes que le había propinado su padre mientras escuchaba los gritos histéricos de su madre al decirle que era mala, un castigo de Dios para ellos. Así que, ¿qué le esperaba cuando tratara de explicar lo ocurrido en la escuela? Mejor se los decía después de la cena porque al menos así ya habría comido.

En efecto, cuando terminaron de cenar y Martha les dio el reporte, su padre empezó a gritarle que era una malagradecida, que todos sus esfuerzos por darle una buena educación se iban a la basura, que debería echarla a la calle o a un reformatorio para que aprendiera lo que es ganarse la vida. Ella no se pudo reprimir y le echó en cara su cobardía

- ¿Por qué no te enfrentas así con tus jefes? Con ellos siempre te arrastras y conmigo descargas tu vida mediocre y frustrada; yo soy como tú, soy tu espejo, los dos somos lo mismo...

En este punto su padre la interrumpió con una bofetada y la mandó a su habitación. Mientras corría por las escaleras oyó el llanto histérico de su madre que le gritaba:

- Ay, Martha, ¿Por qué nos haces esto? Todo lo que hacemos es por tu bien... ay, Martha, un día de estos nos vas a matar...

Ya en su habitación, Martha se tiró en la cama y lloró por tanta injusticia; lo que dijo era verdad, su padre siempre hablaba mal de sus jefes y los insultaba ante toda la gente que lo quería escuchar, pero cuando ellos se acercaban se volvía un lambiscón. En cuanto a su madre, lo único que sabía era llorar como histérica y gritar al cielo que la había castigado sin razón. ¿Y ella? ¿A quién le importaba ella? Sus padres y maestros se habían confabulado en su contra por no tener a nadie más a quien culpar.

Al menos eso fue lo que dijo ella a la policía. Lo que la gente decía es que Martha fue una niña peleonera y agresiva desde siempre; ese día en la escuela arremetió contra su compañera Thelma porque le quitó los colores de la mesa, la tomó de los cabellos y la estrelló contra el piso una y otra vez, Thelma sangraba y gritaba que la soltara pero eso enfurecía más a Martha; cuando intervino la maestra y se la quitó a la fuerza, Martha soltó maldiciones y groserías como nadie la había visto; sus compañeras tiraron sus cosas por el piso y le gritaban que se fuera; tuvieron que llamar al intendente para controlar a Martha y llevarla a la dirección. El resultado fue que la expulsaron. Le dieron una nota para sus padres y la llevaron a su casa, pero ninguno de los dos se encontraba en el lugar.

Lo que pasó en su casa nadie lo sabe. Los vecinos escucharon gritos y llantos mientras ella profería amenazas, insultos y maldiciones. Después vino un silencio total que se interrumpió a medianoche por las sirenas de los bomberos quienes, presurosos, trataban de combatir el fuego que consumía rápidamente la casa; Martha estaba justo a la entrada, contemplando la escena con ojos vidriosos y la mandíbula apretada, el cabello empapado de gasolina y la mirada perdida en los remolinos que formaba el humo.

Pero de algo se podía estar bien seguro: que su madre siempre tuvo razón, un día Martha los iba a matar. A todos.



Regreso a la página de Argos 8/ Narrativa