MARÍA DE JESÚS BARRERA


Visión muy personal



Vivímos en medio de universos paralelos separados por un hilo frágil; uno es fantástico. Otro, real. Y yo, encaramado en un carro de ferrocarril avanzo sobre durmientes sujetos a desviarse en las bifurcaciones o a descarriarse. Sin embargo, tengo la ventaja de retroceder a voluntad: recuerdo.

El día se aquietó. Entonces Adán apagó la luz, deslizó a Eva hasta su habitación, cerró la puerta y puso seguro. Oí gemidos, agitación, suspiros... Silencio.

Rato después alcancé a ver cómo giraba la perilla lentamente. La puerta se abrió y apareció primero la cabellera rojiza de Eva y luego sus cejas negras. Cerré los ojos. Oí sus pasos descalzos a mi alrededor y entreabriendo los ojos la vi examinando, con mirada arrobada, a Abel. Entonces me moví fingiendo que estaba a punto de despertar, pero imité el sueño pesado de quien no puede hacerlo.

Atrás de Eva, oí la voz de Adán:

-¿Lo ves? No nos oyeron, mi amor.

Amaneció. Eva y Adán no hablaron a la hora del almuerzo. Era un juego conocido. Sólo se veían. Los ojos encontrados y la caricia disimulada en una mano que resbala sobre la otra.

-¿Me acompañas, Eva? -solicitó papá.

-¿A dónde?

-Por ahí.

-¿Solos?

-Sí.

-¿Dejamos a Caín y a Abel?

-Tienen edad para cuidarse, Eva.

Se fueron tomados de la mano.

Sí. Lo recuerdo perfectamente porque no desaproveché la oportunidad de quitar de enmedio al preferido de mamá.

-¿Jugamos a los muertitos? -Le propuse al inocentón de Abel.

Y sí quiso.


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