Luis Rico


Mariana





Ay, mamá me duele mi diente

Cogió la taza con ambas manos y la llevó a su cara. Entre el vapor difuso miró a su padre distraído en el periódico y asu madre refunfuñando mientras agitaba la mano, atenta al giro de la cuchara. No fuera a derramar el café y manchar el mantel recién puesto. Confiado, sin bajar la taza, miró al fondo: Mariana hurgaba recogiendo la basura. Lo señaló primero con ese ojo que él adivinaba oscuro y tibio bajo la falda, después se acuclilló y quedó de perfil con la falda ligeramente levantada, enseñándole la mitad de un muslo moreno y duro, que provocó en él la reacción cotidiana. Miró instantáneamente a sus padres, que seguían desentendiéndose de él. Alcanzó a ver a Mariana cuando giró hacia él y lo obnubiló con aquel centelleo del fondo de sus piernas cubierto por la tela roja. Bajó la taza con el pulso más firme que logró rescatar. Oyó la puerta abrir y cerrarse cuando Mariana se perdió con el bulto entre las manos. "Voy al baño", dijo, pero la indiferencia de sus padres le indicó que permanecía en su lugar, aunque creía caminar con paso cada vez más acelerado, casi hasta flotar. Esa sensación lo hacía jadear, pero ahogaba en la garganta cualquier manifestación externa. Nada más podía ver el mantel agitarse levemente, como si de abajo soplara un viento suave. Su mano se movía ininterrumpida bajo el pantalón, hasta que la sensación explotó en el momento en que Mariana abrió la puerta y entró con la bolsa vacía sobresaltándolo, haciéndolo mover la otra mano, que no había dejado la taza, chorreando el mantel y su pantalón con la leche caliente. Entonces despertó su madre.

-¡Muchacho de porra! ¡Ya me ensuciaste el mantel que acabo de poner!

Mariana se acercó.

-Ay niño, te mojaste el pantalón con leche. ¿No te quemaste? Ven te voy a cambiar.

Su padre dejó el periódico y se fue a trabajar.



* * * * *

Mientras hojea su álbum, Benjamín recuerda la escena de la mañana: a Mariana solícita y generosa como siempre; a sus padres, también como siempre, indiferentes; ni siquiera se dieron cuenta de que su pantalón se ensució no sólo de la leche de la taza. La que sí se enteró fue Mariana. El lo notó en su reacción cuando lo ayudaba cambiarse la ropa húmeda. Seguro habrá pensado "si todavía es un niño", pero también habrá sospechado que sus miradas no son tan inocentes como ella las había considerado hasta ahora.

Detiene la vista en el diván de La maja desnuda, y la pasea moroso por toda la hoja. Con una mano acaricia la superficie indiferente pero seductora, y con la otra roza su pantalón en la entrepierna. Le gusta estar así: sentado en la cama, con la espalda recargada en la pared fría. Aleja un poco el álbum, colocándolo sobre sus rodillas, y esa distancia, que diluye un poco la imagen, le permite transferir esa cara, con idéntica expresión, a los rasgos de Mariana. Cuando el movimiento sobre el pantalón se intensifica, lo espanta el estrépito de la puerta.

-!Perdóneme, niño, no sabía que estaba aquí!- se excusa Mariana también sobresaltada.

-!No te vayas!- le pide. El álbum queda abierto entre sus piernas contra su voluntad. Mariana fija la vista primero sobre la figura, y más adelante sobre la prominencia que ya imaginaba. Benjamín se ruboriza, y coge precipitadamente el libro, volteándolo y cubriéndose el bulto que atrae la atención de Mariana. -Haz lo que tengas que hacer, que no te estorbo, ¿o sí?

Mariana se acerca.

-¿Pero qué es todo esto, niño?

Alarga la mano, toma el álbum, y como por accidente, palpa fugazmente a Benjamín, haciéndolo estremecer.

-!Qué cochinadas, niño, qué cochinadas! ¿No le da vergüenza ver estas viejas encueradas? ¿Qué no sabe que es pecado?

Benjamín descubre que su expresión niega sus palabras. Repuesto, se pone de rodillas, le quita el álbum y lo pone sobre la cama, haciéndola que se incline mientras pasa las hojas y va explicando lo que aprendió en los libros de donde recortó las reproducciones. Pero la imagen bajo la blusa lo turba.

-No son cochinadas Mariana; es arte. Mira: por ejemplo, ésta es La maja desnuda, y la pintó un español que se llama Goya; ésta y ésta es Venus, nomás que este cuadro se llama Venus ante el espejo y este otro Venus y Cupido.

Sigue mostrando las reproducciones pero ya no puede hablar, porque una imagen real y palpable se lo impide. Mariana lo sabe y, compadecida, empieza a desabotonarse la blusa.

-Ay, niño, despacito que me lastima.

Pero a Benjamín le resulta imposible complacer, ahora que por primera vez no tiene papel entre las manos.


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