Juan R. García
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EL COLABORADOR

I

Cada vez que escucho en las noticias que otro campesino es fusilado acusado de ser "colaborador del otro bando", inevitablemente pienso en la carne de tiburón.

Esta es la historia de cómo, por pegajoso y pedigüeño, resulté convertido de la noche a la mañana en colaborador de uno de los "actores armados" del conflicto. Aclaro que al decir "actores armados", no lo hago con el eufemístico fin que intuyo en el lenguaje de las ONGs, tan cuidadosas de las politically correct expresions. No. Mi sentido de "actores armados" es el de quienes actúan, distintos a quienes dirigen, y distintos a los autores del guión.

Decía que me convertí en colaborador por pedigüeño. La historia es así:

En una de mis tardes de tertulia con mi gran amigo don Napoleón Castelbondo -de los Castelbondo de la Villa Tres Veces Coronada de Santiago de Tolú-, decía él que doña Celia, su mujer, sabía guisar la sarda mejor que nadie. Interesado como siempre en los asuntos de la buena mesa, le sugerí ser invitado la próxima vez que doña Celia fuese a preparar el elogiado plato, con la doble intención de darme mi buena empanzada y tratar de descubrir, por ahí que es más derecho, alguno de los secretos culinarios de la gentil señora cuya paila está merecidamente reputada como una de las mejores de Titumate.

Una tarde, pocos días después, me encontraba tendido en mi hamaca escribiendo una carta para mis compañeros de la universidad que jamás envié, es más, que nunca terminé, cuando entró Juan Carlos -un negrito mas feo que el diablo y conocido en el pueblo como Chita-.

-Señó Juan Grande -me decía mientras miraba a Tizón, mi perro, del que no es muy amigo-, que manda a decí Napo Pipa que vaya usté a su casa de él.

-Póngale el señor a Napo, quítele el de él o el su a la casa, dígale a don Napo que ahora voy, y gracias mijo, respondí mientras me paraba de la hamaca a buscar una camisa para acudir al llamado.

Llegué a la casa de mi amigo a eso de las cuatro de la tarde.

-Patrón -me saludó don Napo-, venga se sienta y esperamos, que Celia nos preparó la sarda que le había prometido.

Desde el corredor de la casa, situada en el puerto, frente a la bahía, sentíamos que la brisa marina venida del golfo de Urabá, daba paso por momentos a los más prometedores olores provenientes de la cocina de la casa, olores que avanzaban noticias sobre arroz de coco y pescado en guiso costeño, que aunque abundante en colesterol, compensa lo que puede quitar de vida con lo que aporta de placer a la misma desde sus dos extremos combinados -la grasa del coco y el ají dulce-, pasando por un nutrido inventario de especias, capaces de mantener ocupado por meses a un batallón entero de médicos internistas.

Al evocar esos momentos de felicidad en compañía de amigos tan queridos como don Napo y doña Celia, no puedo menos que sentir una extraña mezcla de nostalgia y alegría. Nostalgia por no poder estar allá con ellos, pero alegría, inmensa alegría de haberlos conocido, de haber disfrutado cada momento en su compañía y de contar en mi inventario su amistad como uno de mis mayores tesoros.




II

Disfrutábamos del plato prometido cuando vimos aparecer la panga del hoy difunto don Pedro Torres entrando por la punta, llegando, al parecer, de los lados de Acandí.

Mientras comía, pensaba en lo inusual de la entrada de la panga a esa hora de la tarde. -Sería un viaje expreso, pues don Pedrito no tenía ruta para Titumate por esos días-, pensé, y por un momento traté infructuosamente de cuadrar la imagen de los tres pasajeros que descendieron de ella con la de quienes podrían pagar un expreso por esos lares -funcionarios públicos o turistas-. El aspecto de campesinos urbanizados o de trabajadores de la construcción de los recién llegados, sus diferencias de tipo -un paisa de unos 50 años que usaba botas La Macha y llevaba poncho y una cachucha de propaganda, y dos muchachos de entre 20 y 25, uno negro y gordo, y el otro aindiado y flaco, muy flaco, vestidos ambos de camiseta esqueleto, jeans con aplicaciones de cuero en colores y esos tenis grandes y regordetes que los muchachos adoptaron como una marca de clase- y el hecho de que sólo llevaban sendas mochilitas de nylon, de las que regalan en Cicloby, no los dejaban casar en las categorías aludidas, y a pesar de ello, en un comienzo, no se me pasó por la mente siquiera que fuesen guerrilleros.

La cosa se puso tensa cuando los recién desembarcados se dirigieron hacia la casa de don Napo, el viejo al centro y los muchachos abiertos a los lados. Ahí sí, me di cuenta de quienes eran, y se me hizo más extraño aún, pues no se habían visto por allí desde hacía como un mes cuando habían entrado cuatro patrullas del ejército, las cuales, presumíamos nosotros, debían estar aún en las montañas entre Titumate y Balboa.

El más viejo, que ya más de cerca mostraba un rostro duro, curtido de sol y lluvia, como de marinero, y una cicatriz que le cruzaba el lado derecho de la cara desde el ojo hasta la quijada, se arrimó, nos saludó, y llamó aparte a don Napoleón.

Mientras conversaban, yo seguía dedicado a mi pescado, pero no podía dejar de registrar la preocupación de mi amigo que se rascaba la cabeza mientras hablaba con el otro. En un momento, Caliche, -que así se llamaba el guerrillero- me señaló claramente con la mano, y ante ese gesto, se hizo evidente la protesta de don Napo. El otro insistió, y se retiró a charlar con sus dos compañeros.

-Termine patrón para que me ayude a tanquear la camioneta, me dijo mi amigo al cruzar por mi lado para entrar en la casa. A poco apareció en la puerta con el balde y la manguera con los que suele aprovisionarse de combustible.

Mientras vaciábamos el segundo balde al tanque del carro, don Napo me explicó que debía acompañarlo a llevar a los recién llegados a Balboa -corregimiento de Unguía, fundado en 1963 por el cura aviador Alcides Fernández, recordado en todo el Darién como un Angel de la Selva (con todo y alas), quien hace años escribió sobre nuestro lugar de destino: "Nada falta y nada sobra para ser el lugar más grato del mundo".

Camino a Balboa por la maltrecha trocha -no carretera-, pensaba en las palabras del padre Alcides. Al ir nosotros hacia el oeste, las bandadas de garzas blancas y azules, de loras y las parejas de guacamayas que cruzaban el aire aquella tarde, recortaban sus siluetas contra un cielo de arreboles entre anaranjados y púrpuras que parecían relatar un incendio universal. Al mirar a mis acompañantes en la parte trasera de la camioneta, Aurelio y Corinto, y pensar en la posibilidad del encuentro con un retén militar, recordé ese "nada falta y nada sobra" del buen cura. Pero es que él se marchó antes de que la guerrilla sacara a bombazos a la policía de Balboa y convirtiera el Urabá Chocoano en la zona de base de sus frentes, con epicentro en esa población.






III

Después de dos varadas llegamos al pueblo al anochecer. Serían las seis y media. Al llegar al parque nos desviamos unas calles hasta una cantinita de la cual salieron el dueño y su mujer saludando a Caliche con besos y abrazos. Después de compañerito va y compañerito viene dando cuenta de las recientes novedades de parte y parte, el compañerito Caliche le encargó a la compañerita mujer del cantinero que nos preparase 5 comidas para más tarde. En ese momento, al comprender que estaba incluido en el regreso -al menos hasta la hora de la comida-, me di cuenta de que podría haber sido de otra manera. Si la solicitud hubiese sido por cuatro comidas, me muero de una vez y les ahorro el tiro. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Dispuesto lo de las comidas, seguimos la marcha hasta El Montadero, sitio ubicado en plena selva donde termina la carretera, cercano al río Tolo y ya a los pies de la mítica serranía del Darién. Al llegar al sitio descendimos todos del carro. Era ya de noche y la luna iluminaba el paraje filtrando sus rayos entre las copas de los árboles por la grieta que se abría justo sobre la carretera.

Es por ahí para abajo, dijo Aurelio dirigiéndose a su jefe. El otro, ayudado por una linterna, miró por un momento la trochita que se desprendía de la carretera hacia una quebrada.

-Bien, dijo Caliche; ustedes dos nos esperan aquí, agregó dando la vuelta para marcharse. ¡Ah!, dijo dándose vuelta de nuevo al tiempo que extendía en mi dirección el cañón de un revólver. Usted, agregó, ¿sabe manejar esto? Tome, para que cuide aquí.

Cuando pude reaccionar, ya los tres se habían perdido en el monte. Don Napo, que había permanecido callado hasta entonces, me volvió a la hora y al lugar diciendo: patrón, tenga la bondad de apuntar esa cosa para otro lado. Miré el revólver, un Smith & Wesson 38 largo, de acero inoxidable y cañón reforzado, al tiempo que lo ponía sobre la trompa del carro.

La oscuridad de la noche, el ruidoso silencio de la selva darienita con sus aves nocturnas y sus ranas y grillos de infernal concierto, y nosotros allí, en un punto sin mapa ni registro, esperando sin saber a qué, no eran como para estar tranquilos.

-Hombre, mi patrón. Yo no sé que hubiera pasado si no lo traen a usted. Yo aquí solo me hubiera muerto -repetía insistentemente mi amigo- agregando:

¡Ay! ¡Y la pobre Celia, mi negra! ¡Cómo estará de asustada!

Yo por mi parte, me concentraba tratando de captar algún sonido extraño, para saber en qué dirección empezar a correr. Al rato, vimos venir una linterna y escuchamos voces provenientes de la vereda seguida por nuestros acompañantes. Luego, llegaron ellos cargando cada uno un pesado bulto.

-Vacíen eso, cuéntenlo y carguen el carro, que necesitamos esos mismos costales, nos dijo Caliche. Nosotros obedecimos la orden. Cada costal traía cuarenta o cincuenta paquetes plásticos con munición para fusil. Más o menos un kilo por paquete. Después de vaciados, Caliche, Aurelio y Corinto se marcharon de nuevo, cerrando un ciclo que se repitió unas diez veces, unas con munición, otras con proveedores y finalmente con fusiles AK-47.

Al terminar de trasladar la carga, la camioneta quedó tan pesada que parecía que se fuera a levantar de adelante. Nuevamente Caliche se subió en la cabina con don Napo, y yo me fui atrás con los otros dos, sentados sobre la carga de fusiles que aunque cubiertos parcialmente por la carpa del carro, asomaban sus cañones por todas las rendijas de la carrocería de madera, mientras don Napo nos llevaba de regreso a Balboa a paso lento y con las luces apagadas, guiándonos sólo gracias a la luz de la luna.





IV

Al llegar a la cantina, nos bajamos del carro a comer. Eran las nueve y media de la noche, y ya las calles de Balboa se encontraban casi vacías. Sin embargo los escasos transeúntes que pasaban junto a la camioneta de don Napo no podían dejar de notar la calidad del cargamento, y eso me asustaba. Quién sabe cuántos de ellos podrían ser colaboradores de otras fuerzas. Hoy sé que mis temores no eran infundados. Pasados unos años, las FARC fueron desplazadas de esa zona por las ACCU -Las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá-, y en el tiempo que duraron estas últimas en Balboa -antes de ser desplazadas por el Ejército Nacional-, uno de sus más fieles colaboradores fue precisamente ese cantinero que aquella noche abrazaba y besaba como un ruso a los "compañeritos", y cuya esposa nos preparó una pantagruélica cena, la cual, al menos a mí, me compensó en parte las molestias causadas. Claro que ese aparente cambio de preferencias políticas en el cantinero se comprende mejor cuando uno ve cientos de antiguos guerrilleros integrando hoy los grupos de autodefensa, y entre ellos al "compañerito" Caliche. Así las cosas, se trata sólo de saber adaptarse para sobrevivir.

V

El regreso de Balboa hacia Titumate fue menos tenso que el resto del viaje. Conversé con los muchachos que me acompañaban atrás en la camioneta, los cuales reían a carcajadas cuando les contaba de mi vida. ¿Que estudiaba filosofía? ¡Je! ¡Je! ¡Je! ; ¿Que estaba haciendo mi cabaña al lado del mar? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ; ¿Que tenía novia? ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!. ¿Sabe qué compañero? -Me decía Aurelio-, a usted lo que le hace falta es meterse al monte y botar esa cochina conciencia pequeñoburguesa que lo está matando.

Hoy, pasados tres o cuatro años, mi conciencia sigue casi la misma. Mi casa junto al mar y la filosofía, también. Patricia me botó, pero estoy tratando de negociar un tratado de paz con reinserción. En cambio, de Aurelio volví a saber, primero cuando lo señalaron como uno de los comandantes del grupo que masacró a docenas de campesinos en La Chinita, después, al leer en los periódicos que había sido capturado, y finalmente, al enterarme de su muerte, asesinado en la cárcel de Bellavista. Que lástima. Era sólo un muchacho colombiano más, hijo de la violencia y metido en esa guerra sin sentido. Mi otro compañero de viaje, Corinto, el negro, sigue echando sus tiritos en las FARC. Hace poco me contaron que lo habían visto con su grupo por el cañón de La Albania -allá en la serranía del Darién-.




VI

Poco antes de llegar a mi pueblo, Caliche ordenó detener la camioneta y me llamó.

-Paisano, me dijo, vaya con Aurelio por ahí a ver donde nos consigue unos costales.

-Con gusto los consigo, pero solo, le respondí; ustedes se van ahora y a mí nadie me va a cuidar después de andar de casa en casa a media noche con Aurelio buscándoles costales.

El otro, luego de consultarlo con don Napo, asintió, y yo me encaminé por el rastrojo en dirección a mi casa.

Al llegar, las puertas de par en par me acogieron como una señal de que todo seguía igual. Llamé a Tizón, pero no acudió a mi llamado. Pensando en concluir lo mas rápidamente posible aquel episodio, tomé 10 o 12 costales vacíos de sal para ganado que me habían regalado para cargar arena, y esta vez por la playa, me dirigí al puerto, donde encontré a mis compañeros de aventura y a otros, recién llegados en una lancha, tomando Chivas Regal en la cantina de Juan Arrieta. Uno de ellos me recibió los costales y se fue hacia la camioneta. Yo me senté un momento en la cantina y ante la insistencia de Caliche, accedí a tomarme un trago.

-Compa: ¿qué le debemos de los costales? Me preguntó el anfitrión de tan inusual fiesta.

-Nada compañero, le respondí mientras saboreaba el whisky. Tómelo como un aporte a la revolución, agregué, pensando en liquidar el asunto lo más pronto y de la mejor manera. Al fin y al cabo ya había estado trasteando un arsenal con ellos. Ya era "El Colaborador".

-¿Y a usted don Napo, qué le debemos?

Don Napo, quien esa noche andaba de espíritu menos "revolucionario" que el mío, respondió: -Patrón, eche ahí para la gasolinita no más, cualquier cosa.

El otro, sacando del bolsillo un fajo monumental de dólares, procedió a darle a don Napo un par de billetes verdes.

Por mi parte, me tomé el trago y salí para la casa, siendo ya casi la una de la mañana.

Al entrar de nuevo, descubrí la razón de la ausencia del saludo de Tizón: el muy sinvergüenza había llegado empantanado a la casa, y sintiendo el suelo frío, decidió que mi cama era mejor sitio para dormir; se encontraba enrollado en algo que, bajo una gruesa capa de barro, parecía ser mi cobija, o mi almohada, o las dos cosas pegadas.

Ante el hecho, de momento irremediable, tuve que conformarme con acariciarle la cabeza y resignarme con la hamaca.

Antes de dormirme, mientras escuchaba el ruido de los motores de la embarcación que se marchaba rumbo al Urabá Antioqueño, pensé en todas las personas como yo, convertidas contra su voluntad y sin mecanismo posible de defensa en "Los Colaboradores" de uno y otro bando de nuestra extraña guerra, razón suficiente para que "los otros" determinen su muerte. Y mientras esperan la llegada del pelotón, ven pasar frente a sus casas, un día, guerrilleros que pagan su Whisky -no Vodka- con Dólares -no con Rublos, ni siquiera con Pesos-, y al día siguiente, antiguos guerrilleros metidos a contraguerrilleros. La sangre corre a lado y lado en esta supuesta confrontación ideológica, y mientras tanto en el interior de los computadores gringos, supuesto blasón del triunfo del capitalismo, vemos unas pequeñas etiquetas que sin pudor ninguno dicen así, en inglés, MADE IN CHINA.

Hoy me siento a contar esta historia, sin ser ingenuo, pero sabiendo que en Colombia se nos tiene que acabar el miedo. La muerte es sólo una e inevitable aunque eterna. No podemos dejar de vivir por temor a ella, y menos callar una realidad que lleva diariamente a la tumba a padres, hijos, hermanos y amigos merecedores de más tiempo para vivir, crecer, amar y construir y merecedores de una muerte más digna en su momento.

Muchos desde sus palacios de cristal imaginarios podrán leer mañana en el periódico que a Juan Rodrigo García o a cualquier otro habitante de la Colombia de Verdad, lo asesinaron acusándolo de ser "El Colaborador", lo que les parecerá muy normal, sin considerar siquiera la inmensa paradoja que ese nombre y esa muerte encierran.



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