Antonio Bou
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Colón

Antonio Bou, "Ulises"

 Las cosas están tan malas en Colón que las iglesias se quedan abiertas las veinticuatro horas. Dan las misas por altoparlantes. Por si llega el milagro, por si llega de todos modos lo que tenga que llegar, por si las moscas. Los colonenses esperan un mesías, un mesías que los lleve de la mano o con sogas y cadenas a través de compuertas para llegar de un lado a otro milagrosamente, como quizás en atávica madrugada les enseñaron que tenía que ser. Porque en Colón no se empequeñece con andas, y si la canal maestra de la esperanza, la canal maestra de la fe. No se cierran las puertas de nada ni de nadie en la desdichada capital del tránsito y la visitación, la más estratégicamente colocada en de los que se cuentan condados más ricos de la gran República del Norte. Está abarrotada de ángeles que mean, como quieren decir, las llantas de carros, taxis y autobuses, para hacerlos correr, vaya a saberse, sin percances, pero quién sino este arriesgado observador y atrevido afirmador puede con certeza observar y afirmar sobre el urinario atrevido y arriesgado objetivo de los colombinos ángeles.

No podemos culpar a Dios por no haberse quedado más en Colón. Si por mejor decirlo mejor lo hizo. Me dejó en Colón sin saberlo con Zeus, sí, como se lee, porque en la del canal después que se hundió la Atlántida flotan al más de nombre los olímpicos. Un Zeus particular que las lectoras y los que leen y no leen se verán felices de que se lo describa aunque a la enjuta. Sencillo de hacer, pues, si se piensa en la piedra de toque de Hollywood, no en James Dean dominando la Quinta avenida sino en más modestos y menos eróticos emplanajes y por ello más como el del viejo Bogart o el del joven Keitel ambos bien planchados y en forma. Zeus Miguel se llamaba y estaba dotado de lo necesario para llevarte a donde hubiera que llevarte a ti y al piano en carro nuevo y con pistola. Alas de Mercedes de algodón y plata con que levantar vuelo y sostenerse planeando en las alturas. La pistola, de largo, afilado y resplandeciente acero para matar y que te maten. Zeus Miguel, el que se parece a Dios con muslos dorados y defundadas faltriqueras, te lleva a donde haya que llevarte, como dije, y te ofrece lo habido y por haber en materia de orientación turística sobre la base derelicta y la ciudad sitiada.

-- Vamos al canal. -- sugiere.

Y lo dejas llevarte a ver lo que quiere que veas desde su ángulo particular, mejor que cualquier otro, ángulo que se tiene estudiado a la saciedad para sorprender al viajero con originalidad que nunca conocieron free-lancers. Esta vez me conduce a las escalerillas más a propósito para ver a Dios viendo lo que yo veía pero desde otro ángulo. Desde el ángulo de Ciudad de Panamá al que lo habían guiado unos amigos judíos que conociera el viernes en la sinagoga y de los que se sabrá que dedicaban los hebraicos esfuerzos a la industria de la lavandería. Esto último me lo confesó con reparos en la intimidad del dormitorio Dios al que también llevaron y trajeron los lavanderos, y este servidor lo repite sin ningún reparo en casta pública alcoba en que el lector está invitado a reposar del sobresalto y el trajín de su vida extratexto, y con no menos prueba que la palabra y el genio del esencial y amado compañero de viaje.

No hablamos particularmente de este asunto Zeus y yo sino de parte de él harto detersiva. Sin encomiendas ni peticiones de excusas, como se suele hacer en casos similares, Zeus disertó más bien sobre el oro el que igual pero no igual porque excusa el lavado más por limpio que por sucio.

-- El oro -- decía -- movió a Colón.

Y citaba del diario de viaje del otro descubrimiento donde se expresaba llanamente en delicada oración lo que al Gran Almirante motivaba, ya que lo que le pedía a Dios y a la Virgen su patrona se reducía al favor de poder encontrar oro.

No abandonada la ciudad por los mismos colonenses ni por los ángeles ni por los dioses sino por los amos del canal que se fueron yendo poco a poco dejando vidrios rotos y tejas caídas y encajes que amarillean en el maniquí de una novia diqueniana. Rosas de piedra sobre los caminos de piedra y los carteles desteñidos. Señor Dios, Señor Oro, te necesitamos en Colón para poder brindar. Porque a quién se le va a entregar el canal al final de la centuria milenaria. ¿Al alcalde de Colón? Zeus se penetra en las rendijas de cuero curtido de los asientos y se desvía más hacia adentro para que yo tome fotos cruciales y recuerde experiencias infantiles, de más lejos, de más adentro. Un originario baño azul de porcelana como un barril para indisponer al Niágara. Mejor olvidar esas cosas sentidas ahora que Dios no está y que en Colón debutan, según Zeus, Monroe y James, o James y Monroe con su que el Señor nos dirija en su misericordia para que encontremos oro, y el casto evadir de doctrinas puras que indican que a Colón el oro como a los americanos América.

Al otro día, Zeus Miguel quiere llevarme a misa con su mujer y sus hijos. Viene a buscarme y toma el desayuno conmigo. Quiere que vaya para luego enseñarme una playa del Pacífico. Vacilo, no sé qué me hace quedar viendo los barcos que se mueven tan lentos en el puerto. Quizás porque Dios puede llegar en cualquier momento. Quizás porque quedarme solo en Colón se archiva entre mis más celadas fantasías en las quinancias de mi niño interior. No se complace pero se va tranquilo y promete volver. En el rostro me deja ver que hay algo que me estoy perdiendo que no quiere que me pierda y que pues no me voy a perder aunque me quede.

Por mejor hacerlo cuando se va me voy al lobby decadente del Hotel Wáshington a ver pinturas que ya he visto antes sin verlas mucho. Ahora un supuesto guardia de seguridad de nombre Leandro, fino como bacalao y largo como camino, armado también hasta el tuétano y con voz de narrador de documentales me lleva sin apartarse un brazo cuadro por cuadro. Los veo ahora con la astucia de la flor que me comunica el próximo paseante, a las obvias no free-lancer y a las claras más artista que crítico que se sabe las obras como si las pariera en su propio estudio y las amamantara con sus límites puestos allí al acaso como fronteras en el continente. Nunca recibí mejor orientación sobre apreciación de arte. Una vez comprendidas y en justicia apreciadas las pinturas, me hace señas la señorita de recepción porque Zeus ha regresado. Leandro discreto desaparece no sin antes haberme dejado una tarjeta con el nombre del pintor, sus señas y su teléfono.

Zeus, que me esperaba, se cruza con Dios que llega. No se miran porque no se conocen. Los veo desde lejos como a dos barcos del puerto. Se mueven lentamente cada cual en su ruta. Se diría que uno imita y sigue los pasos del otro a la inversa. Se escucha ronca sirena de un buque que llega al Atlántico. Que salió de esos mares de la Cruz del Sur, mares también frenéticos y cautivadores. Las cosas están tan malas en Colón, en la última gran ciudad de la América joven. La ciudad más nueva del nuevo mundo que aprisiona al istmo dando paso a las flotas del oro, barcos cargados de especias y no esperanzas, barcos llenos de guano y pedernales, naves de puerto libre, naves sin fe en el porvenir. Angeles como inescrupulosos efebos mean los engranajes, para que todo corra. Zeus y Dios danzan la alevosa danza de las naves perdidas, como sombras de náufragos ignorantes del genio de Colón.



Indiciario, poemas de Antonio Bou


Regreso a la página de Argos 7/ Narrativa