RAFAEL ORIHUEL IRANZO
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Las culpas

Sus amigos se lo advirtieron: a esas horas la Brigada suele instalar controles en la autopista. Mejor si esa noche Prada se limitaba a conducir por caminos vecinales. Pero la cita con su chica no admitía más demoras: el reencuentro con sus besos etéreos, con su piel joven aún poco acariciada, con la textura angelical de su voz hablándole muy bajo al oído. Tal vez se equivocasen ellos.

Viró el vehículo cuando desde la general se anunció el acceso a la autopista. El peaje parecía tranquilo desde aquella distancia. Pero al acercarse los vio: el más joven hizo señas a Prada para que estacionase el automóvil junto a la caravana. Conocía ya el procedimiento: si se empeñaba en negar solo complicaría más las cosas. Sus datos -los de todos- circulaban por la red, enseguida encontrarían a varias personas, acaso de su propia familia, dispuestas a declarar en su contra, a mentir y a calumniar si era preciso, inducidos por promesas de rebajas en sus sanciones. Mejor sería decirlo todo, examinarse a sí mismo, indagar presuntas culpabilidades, negligencias, equivocaciones incluso, por leves que fueran (siempre se encuentra algo: las fotocopias en la oficina cuando los superiores han salido, el chiste durante el almuerzo, irrespetuoso con el Presidente, el cé-dé, de propiedad pública, erróneamente introducido en la cartera al término de la jornada, las dudas y reservas sobre la eficacia del sistema), mucho mejor firmar el acta, pagar la multa, o realizar en cómodas sesiones los trabajos sociales, no fuera que a los brigadistas les diera por asegurar su cupo mensual precisamente esa noche (nadie quiere problemas con la Prefectura).

El brigadista que le había obligado a detenerse le invitó a entrar en la caravana. Se inició el ritual de siempre: le mostró su placa, anotó su filiación en un formulario, le recordó sus derechos. Pero algo sintió Prada en ese ceremonial que le repugnó más que en otras ocasiones. Mediaba ya la lectura del preámbulo del Código Ético cuando extrajo el arma de un bolsillo. El estilete resplandeció brevemente al tropezar su hoja con la luz del flexo, para hundirse luego en el cuello del brigadista. Al menos tendré algo de que acusarme la próxima vez, ironizó mientras salía de nuevo al encuentro de la noche. El aire era limpio y fresco. Se oía el canto plácido de un grillo, solo quebrado por los gemidos agonizantes del brigadista. Se sentía bien, con la promesa intacta de una noche inolvidable en brazos de su chica.

Poco le duró esa magia a Prada. Cuando reparó en el otro brigadista, el que surgió de la sombra, la bala ya le había atravesado el pecho. Aún tuvo tiempo de pensar, mientras veía fluir a través del boquete una sangre más espesa que su culpa, que nadie daría una explicación a la chica.

¿Durante cuántas horas se devanaría ella los sesos, sin saber a qué culpar del desplante: a su inexperiencia, a sus pechos demasiado pequeños, a su ansia de poseerle, a su excesivo temor, acaso, a posibles competidoras?



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