LUIS OCHOA AGUILAR
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El naufragio de la nave y el alma

La mañana se precipitó sobre las ultimas horas de la noche, la luna se retiró del cielo para dar paso al astro rey, en la costa las olas retomaban el nivel acostumbrado hasta antes de la subida de la marea, en el cielo ni una nube. El movimiento sí se sentía, mentira de aquella cuñada que le había dicho que era terrible, que te la pasabas mareado, sí se siente pero no es para tanto, y también mintió la esposa del primo, porque sí era posible embarcarse con algunas botellas propias.

Aun así, el viaje, hasta ese momento, había resultado sumamente placentero, distinto a las imágenes creadas en su mente, oníricas la mayoría, la realidad era mucho mejor. El mar en si mismo siempre le resultó impactante, hoy al estar en medio de él era majestuoso: el azul, el oleaje... todo.

Las primeras horas de sol le alumbraban la cara, la cortina de su cuarto nunca se arreglo, después de aquel diabolazo que destrozo buena parte de la ventana, así que sus ojos se convertían en tiernas víctimas de la luz, sobre todo durante el fin de semana, que normalmente lo recibía ya tarde, después de deambular por los confines de Morfeo. Ese viernes había sido diferente, ya eran cuatro o cinco semanas de abandono y le estaba pesando, el alcohol lo hizo presa nuevamente, le dolía la cabeza como nunca, estaba crudísimo. Había empezado la famosa era de los "nunca me pasaba...", él generalmente se mofaba de no saber lo que era una cruda y eso que ingería fuertes cantidades de ron y tequila, no siempre juntos, pero se le había visto tomar un caballito de "hidalgo" y después, para quitarse el sabor del madrazo, un traguito a su cuba de bacardí blanco, pero hoy era diferente, hoy sí se sentía mal, sentía como un mareo, como si el piso se le moviera, la verdad es que tenía enferma el alma, ya hacia tiempo de esto y poco a poco iba empeorando.

La ropa apenas y cabia en el camarote, nunca se imagino que debería llevar tantas prendas y tan variadas, dependiendo del tipo de cena a la que fuera a asistir, desde una casual-informal hasta la de esa noche que era con el mismísimo Capitán, un europeo como de setecientos años que no hablaba bien inglés y que mucho menos hablaba español, pero era el Capitán y esa noche iba a ofrecer una cena, con todo y brindis incluido, para todos los huéspedes del barco. Así las cosas se puso el traje de baño, un bikini, nuevecito, se calzo unas zapatillas especiales, se metió en un pantalón corto de mezclilla y fue a asignarse un camastro alrededor de la alberca, ya para entonces buena parte del bufete del desayuno había desaparecido.

El reloj marcaba las doce, el sol se deleitaba en su cuerpo bañado de no sé que tanto aceite. Mientras, él, se dio cuenta que ya eran las diez de la mañana, la cabeza le recordaba los tambores del día anterior y el estomago le estaba suplicando que por favor le diera algo para entretenerse, así que se levantó, se enjuago la boca, se metió los zapatos que estaban junto a la cama y se salió a buscar algo que pudiera considerarse digno de alimentarlo, así llego a la Mesa de Doña Ofelia, una fonda cercana a su casa y pidió un plato grande de menudo, una sangría y tortillas, al lado del plato puso un libro y empezó a leerlo o al menos trato de hacerlo porque la música del lugar - a muy buen volumen, no ruidosa- lo desconcentraba. Lo cerró, para leer se iba a preparar un café y se iba a prender un habano, pero eso lo iba a hacer en la tarde, era muy temprano para seguirse intoxicando..."mi ciudad es chinampa en un lago escondido..." la oyó cuando venía de regreso y se detuvo a escucharla, hace años, muchisimos años que no la oía, es más creo que nunca la había oído completa, se le llenaron los ojos de lagrimas, no por la muerte prematura del autor, sino porque la sintió a flor de piel, se acordó de las calles, de su casa, de los parques, las plazas, el smog, sintió nostalgia por ella. Mientras tanto el barco siguió su vals acuático, desplazando su coraza de un lado a otro, pocos lo notaron, pero en la pantalla de la tele, las olas ya no eran de un metro, ya estaban alcanzando la rayita de los dos y medio, lo que pasa es que esa tele nadie la veía y desde arriba en la cubierta no se notaba. Estaba disfrutando del sol y del cuarto trago, primero fueron cervezas, ahora ya llevaba dos cócteles de ron jamaiquino, muy buenos, pero muy empalagosos. El siguió caminando, la canción ya había terminado y estaba aun sin bañarse, en realidad no quería bañarse, no quería hacer nada, lo penso mejor y paso a comprar unas cocas, se le antojo una cubilla mañanera, que más bien era mediomañanera y dentro de muy poco sería la primera de la tarde, estaban a punto de dar las doce del día, el cenit, la hora del Angelus. En el comedor, el barco tenía aparte el principal y una cafeteria junto a la alberca, el reloj marcó las dos de la tarde, la fila para servirse las ensaladas no era tan grande, total los gringos siguen comiendo papas y hamburguesas aunque haya otras opciones, así que sería fácil hacerse de un buen plato, era obsesiva con eso del peso, según ella estaba hecha un marrano, por eso debía cuidarse. En la alberca seguía el grupo amenizando con unas rolillas tipo ska, sería por eso que solo la Sra. Mendhelson, si como el compositor clásico, se dio cuenta que las nubes empezaron a ponerse negras, lejos en el horizonte, hacia donde iban.

La lluvia se colaba por la ventana, que ya se aclaró, fue rota hace años cuando el tiro al blanco ocupaba uno de los cortineros de su cuarto, y sintió frío, un frío intenso como pocas veces, estaba ya a media botella del siempre bendito bacardí y oyendo una estación de radio, no es que él escuchara mucho la radio, prefería los discos pero encontró esta estación medio bohemia, medio cursilona y decidió que era justo lo que hacia falta para acompañar su tarde, los recuerdos se le vinieron de golpe. La cubierta estaba quedando desierta, cada quien buscaba donde meterse, ella dejo el camastro y se refugió en el café, cerquita de la barra, los meseros aseguraban las ventanas y ponían protección en todo el frente que daba la vista al océano, imponente, gris, el sol desapareció como devorado por la lluvia, el movimiento era cada vez más, ya no fue sutil, la música ya hace rato que había cesado, el viento recorría la cubierta pero no en un sentido definido.

"Ese es el problema" -pensaba el Capitán, "nos estamos metiendo en no se que cosa, se va a poner peor y ningún mentado meteorólogo nos habló de esto".

Eran poco antes de las 5 de la tarde, ella corrió a buscar una ropa mas abrigadora.

Hacia las tres, después de haberse terminado unos chicharrones de botana, el bacardi hacia sus efectos y de súbito apagó el ajedrez electrónico, ya no quería jugar, quería concentrarse y pensar en toda la vida que se le había ido: primero las ganas de sonreír, se lo achacaba al cambio, se dio cuenta de lo diferente que era cuando se visualizó años atrás, mucho más vivo, por decirlo de alguna manera, con interés a cada cosa que hacía, con ilusiones, con ganas de hacerla, pero seguía culpando al cambio, no se acostumbraba, y eso la fue minando, la fue haciendo una extraña que no quería compartir su frustración y empezaron los problemas, primero enojos sin importancia, o al menos eso creía él, pero poco a poco el alcohol también entro en la discusión y no porque bebieran al pelear, si no por la forma en que la bebida tomaba control de sus acciones. Nunca llegaron a los golpes, cuando se dio cuenta de esto dio gracias a Dios por haber mantenido ese mínimo de cordura en ambos, a lo mejor por eso de repente le llamaba, no más para saber si estaba bien, porque si alguna vez la hubiera madreado, olvídate de volver a saber de ella...

El agua empezó a colarse por todos lados, ya no era solo lluvia era el mar, salado, helado y lleno de ganas de destrozar cuanto pudiera, el miedo se hizo presente, solo lo superaba el ruido de los pasajeros en su histeria. Estaba rezando, hincada en su camarote.

"Todavía tengo tiempo de otro Padre Nuestro" -decía.

Pero ya no lo hubo , el metal crujió después de caer entre dos enormes montañas de agua y se partió justo por la mitad, exactamente en la zona de camarotes 6200 a 6247. El golpe fue seco, la botella de bacardí rodaba, la silla tirada y en la radio un trio seguía cantandole a una mujer amada, los tres parecían contemplar el cuerpo inerte que estaba tirado en la sala.

México 1997



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