Mónica Rojo Abril


Miles, miles de tardes


Algunas tardes me estiro en la cama con las manos calientes y los ojos fríos, buscando el hueco de la costumbre y las fiebres. Encharco despacio la memoria; son tantas mañanas y tantas noches y tantos días quietos... Sin embargo, me siento entera.

Durante horas, reconozco las flores malvas con hojas verdes que pegaron mis hijos hace seis años. Distingo los lomos de los amigos que han ido poblando la pared del fondo. Busco con el deseo los rostros antiguos y las sonrisas, las ropas pasadas de moda y los zapatos en esas fotografías íntimas por las que me asomo sin miedo a mis días de antaño.

Suelen ser tardes de invierno, no importa si es mayo o diciembre. Son tardes tan mías... Me saludan con cada rayo de luz, con cada soplo de aire, con cada instante demorado y lento. Conocen este cuerpo, mis tardes generosas; se arman de paciencia y le conceden unos minutos más para aceptarse. La hospitalaria alfombra, las zapatillas inútiles, el dintel de la puerta, la persiana de lona. Los rincones abuhardillados que esconden un calcetín rebelde y una rubia de las de antes.

No sobran ni faltan los tonos pastel de la acuarela que ilustra un viejo cuento de hadas, las hojas secas de un regalo antiguo, los números negros y rojos del calendario de Chagal, de esos americanos en los que el lunes es el segundo día (se acaba el año). No llaman ni esperan las perchas del armario, las sandalias de cuero, esas largas faldas de fuegos y nevadas. Basta con ver, con mirar acaso.

Mi sombra, mientras tanto, se ha ido pegando a huellas de otras tardes. Recupera el falso terror de las noches inquietas y los tiernos abrazos del amante añorado que huye con la aurora. Se extiende por los pies y las rodillas, desde estos muslos detenidos. Mi sombra.

Y en el momento justo, cuando esos milímetros del tiempo y del espacio han regresado a su lugar ante mis ojos. En el preciso instante en que el más pequeño músculo ha salido y ha vuelto arrepentido. Mientras mil motas de polvo murmuran buenas tardes, vecina, me alegra ver que sigues conmigo. Entonces, con todos los sentidos, alargo el brazo izquierdo medio metro y siento el peso de un libro entre los dedos, ese que la paciencia de mi querido Pablo ha preparado a los pies de esta cama antes de osar yo siquiera empezar a indagarme.

Hoy ha entrado un pájaro. Ojalá tuviera las alas azules y el pico amarillo. Es un gorrión, y qué importa. El caso es que ha entrado un pájaro, la mirada orgullosa y un gusano entre las patas.

Fisgón, deja por un instante su presa en la pradera angosta del sillón verdoso. Se ha hecho barro o piedra o estatua de sal, como yo, y me mira, escrutando sin prisa mis ojos miopes. Si yo no supiera que el tiempo es eterno; si mi visita alada no volteara el cuello cada tras, cada treinta segundos, escudriñando su cena. La tarde se alarga, agoniza en sus plumas oscuras.

Casi he olvidado que ésta es una de mis tardes. Sería perfecta si no hiciera más de diez años que sólo puedo ir de la cama a mi pradera falsa, y otra vez a la cama.

Copyright Madrid, Marzo de 1997


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