María de Jesús Barrera

El pelícano


Susana se paró en aquella esquína-con la boca pintada de rojo y el pelo suelto como la noche y pensó en los pelícanos.

A Susana los pelícanos no le gustan. «Son insolentes, se dijo al prepararse para su jornada nocturna: bajó el escote del vestido, inclinó su hombro sobre el poste de la lumínaria y quedó bajo la tenue luz del farol de su esquina. «Son insaciables, pensó matando el tiempo y en espera de un depositario de sus caricias, el que llegó como traído por el vaivén de la brisa. Y así, como suelen sucederle a Susana las cosa tan rápidamente, no tuvo tiempo de sentir repulsión. Caminó al paso de su próximo y desconocido amante.

El antagonismo de Susana hacia los pelícanos se recrudeció más tarde cuando vio, en aquel cuarto del hotel de paso, un calendario donde aparecía una mujer desnuda ofreciendo sus grandes senos. El almanaque estaba encima de la cabecera de la cama. Susana vio la pintura en el instante en que se posó sobre ella el cuerpo ansioso, la respiración urgente y definitivamente gutural, de una criatura inequívoca.

El retrato, aparentemente no tuvo nada que ver con esa sensación de alerta que le provocó a Susana el recuerdo del enorme buche de los pelícanos que había visto, años -atrás en una playa, cuando ella era casi una adolescente y la sorprendió en el cielo un lienzo movible ... Los pelícanos descendiendo al ras de las olas y acechándolas, se precipitaron hacia la superficie del mar. Los peces, acosados, zigzaguearon agitando las aguas al tratar de escabullirse. Las aves aparecieron en número infinito: deformes, con sus picos y buches colgando. Un manto tenebroso, calculador sobre sus víctimas y, al ras de las olas encrespadas localizaron al pez. Los pelícanos cayeron en picada exactamente sobre su objetivo. Con rapidez asombrosa y en una sacudida de cabeza, engulleron al animal en un abrir y cerrar de ojos. Ahitos, perezosos, remontaron el vuelo.

Y otra vez el silencio.

En ese silencio, Susana oyó la respiración agitada pero satisfecha de la criatura inequívoca que dormía a su lado y, por primera vez en su vida, supo que estaba dentro de la molleja de un pelícano.


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