Irma Bañuelos

Una red de ideas que te bifurcan

Dulce María Loynaz

Todo lo que más te había gustado a ti, Ana, te había entrado por la boca, por ella te entró la lluvia, el viento y también las donas y los churros con cajeta y las pizzas y las pepitas adobadas con mucho limón y luego el deseo y con él ese sabor que primero asociaste con el cloro y después decidiste se parecía más bien al de las granadas chinas.

Es por ello que te gustaría separar las sensaciones de cada una de las cosas que entran por tu boca, y te preguntas si serán posibles las sensaciones mas diminutas, si se podrán captar en el momento de delinearse, cuando su nitidez aún no está mezclada con otras, impresiones difusas.

Hablemos; por ejemplo de las fresas, tú comes en este momento un plato de fresas con azúcar y sabes que cada una de las fresas tendrá al pasar por tu boca un sabor individual, indescriptible y diferente, por supuesto, al del resto de las fresas y es entonces cuando te niegas a la pérdida de su personalidad, a confundir una con otra, y no es que no les puedas seguir llamando "las fresas". No, no es la pérdida del nombre lo que te preocupa, sino la de ella misma.

O esto: nadie, crees, ha sabido experimetar como tú el crecimiento de cada una de sus células, esa expansión ganada de tan gozoza manera, comparable sólo con la del adolescente que despierta un centímetro más alto. Génesis de ti misma has sentido esos espasmos de alegría brotando de tu cuerpo que te dicen: "lo que ganas en peso también te será dado en ligereza."

Deberíamos saber, supones, cuán importante es para ti ésto, convencida como estás de que el mundo quiere mandarte señales, avisos, presagios que se refieren a ti, al mundo y al tiempo, pero hacia adentro. Además, cómo explicarles lo del tiempo interno, cómo explicarles que no tienes tiempo interno, que te lo has gastado ideando como sobrevivir al otro, al real, cómo explicarles que una gorda como tú es un ser superior; y no, no piensas en esas estupideces hiltlerianas, no; sino única y exclusivamente superior en el sentido darwiniano.

Has aprendido como nada se resiste a la carne, y has experimentado tenazmente la formación de cada uno de los dobleces de grasa que te hacen más fuerte: y entonces has sentido pena por los otros, por no atender a tus consejos, a tus premoniciones, por no atenderte a tí, la anunciadora del apocalipsis, la viva imagen de los seres que sobrevivirán cuando, ándeles, cabrones, se tengan que comer sus recuerdos, cuando se les olvide hasta el sabor de su cuerpo y tú puedas recordar aún el de la fresa que comes en este instante, cuando ya nadie se acuerde de esa frase estúpida con la que un pendejo flaco raquítico, rata inmunda destinada a morir, ha tratado de insultarte a ti, a ti, gorda excelsa, gorda imagen y semejanza de lo perfecto, de la más perfecta de las figuras geométrícas: el círculo.

La recuerdas ahora, podemos decirla ahora sin que duela, probemos una vez más, despacito, ahí va pues: "con esa gorda y un atole".


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