SERGIO GUILLERMO FIGUEROA BUENROSTRO



Acercamiento crítico a la obra de teatro
Un hogar sólido de Elena Garro






I. La obra

La obra se desarrolla en el espacio de una cripta, que es presentada como el hogar de la familia chihuahuense que la habita, es decir, de los muertos que están enterrados ahí: "Interior de un cuarto pequeño, con los muros y el techo de piedra. No hay ventanas ni puertas (...) en el muro y también de piedra, unas literas."

El tiempo de la obra transcurre en el proceso en que otro miembro de la familia, Lidia, es sepultada en esa cripta-hogar. Inicia cuando se escuchan los pasos de los que van a enterrarla y culmina con la aceptación de esa otra realidad a la que la introducen sus parientes muertos.

Los miembros de la familia son: Clemente de 60 años; Doña Gertrudis de 40 años y esposa de Clemente; mamá Jesusita de 80 años, madre de Gertrudis; Catalina de 5 años, hermana de mamá Jesusita y tía de Gertrudis; Vicente Mejía de 23 años, primo de mamá Jesusita; Eva de 20 años, esposa de un hijo de Gertrudis; Muni de 28 años hijo de Eva; Lidia de 32 años, hija de Clemente y Gertrudis.

La situación a la que se enfrentan los miembros de esta familia -la de experimentar la vida después de la muerte- los coloca en un orden regido por sus propias reglas, diferentes a la vida humana en la tierra. Cada personaje conserva la edad en la que murió, sin ninguna alteración. Es por eso que Gertrudis de 40 años le habla con tanta deferencia y respeto a Catalina, su tía de cinco años y ésta a su vez es hermana de una mujer de 80 años, mamá Jesusita.

A pesar de tener conciencia de su condición de muertos, los personajes aceptan a la cripta como su hogar y al panteón como un vecindario, en el cual se deben seguir las reglas sociales y de urbanidad; mamá Jesusita se enoja cuando oye pasos y ruidos sobre la cripta porque cree que es una molesta visita: "¡Mira estos inoportunos! En mis tiempos la gente se anunciaba antes de caerle a uno de visita. Había más respeto."

Constantemente hacen referencia a la ropa que visten, con la que fueron enterrados. Y según la vestimenta es la acción que realizan dentro de la tumba, como mamá Jesusita que fue enterrada en bata de dormir, y tiene que estar siempre en la litera durmiendo: "¿Y qué quieres que haga? Si me dejaron en camisón..." En cambio Vicente Mejía viste un traje de oficial juarista: "¡Míreme a mí, completito en mi uniforme, siempre listo para cualquier advenimiento".

La posibilidad de contacto con los humanos es nula, e incluso con su vecinos muertos del panteón, aunque sí escuchan los ruidos de las criptas contiguas: "(...) a no ser que a los Ramírez les haya sucedido una desgracia... esta vecindad ya nos ha hecho llevar muchos chascos." Tampoco es posible el contacto con muertos enterrados en otros lugares. Ramón, el esposo de mamá Jesusita, está enterrado en el Panteón de Dolores, donde según Vicente Mejía: "se pudre solo".

Esta condición también les proporciona un materialidad etérea y los personajes aparecen en escena como espíritus surgidos de la nada. Ellos dejaron de habitar sus cuerpos y los huesos son utilizados como juguetes por la niña Catalina. El fémur de Clemente le sirve como corneta: "¡No es su fémur, es mi cornetita de azúcar!". Y Gertrudis agrega: "A mí me perdió mi clavícula rota. Le gustaban mucho los caminitos de cal dejados por la cicatriz. ¡Y era mi hueso favorito! Me recordaba las tapias de mi casa llenas de heliotropos." Además la posesión de sus huesos devuelve a los personajes un poco a la materialidad humana para conservarse útiles y amables: "¡Ayúdame a buscar mis metacarpios! siempre los pierdo y sin ellos no puedo dar la mano."

Otro elemento importante de destacar es la omnipresencia de símbolos religiosos, como en cualquier familia mexicana: está presente San Miguel y su espada, San Agustín, el Juicio Final, etcétera. Saben que tarde o temprano llegará el día del Juicio Final, por lo tanto la abuela se preocupa que la hayan enterrado con su bata de dormir, lo que sería una gran falta de cortesía presentarse así ante Nuestro Señor.

La infancia de Catita es un catalizador de remembranzas a la etapa primaria de la vida que todos los personajes añoran. Así Gertudris recuerda cuando se fracturó la clavícula al caminar sobre una barda, imitando a una equilibrista del circo que visitó cuando niña: "...Claro, no sabía que tenía huesos. Una, de niña, no sabe nada. Como me lo rompí, digo siempre que fue el primer huesito que tuve." Y Lidia recuerda los días de infancia y juego con Muni: "Y en ti guardé el último día que fuimos niños."

El mundo infantil de Catalina es, además, la visión mágica y maravillosa del mundo: "¡Vi luz! (...) ¡Vi un sable! ¡Otra vez San Miguel que viene a visitarnos! ¡Miren su lanza!" O cuando personaliza a la enfermedad que la llevó a la tumba, dice: "¡Mira, Jesusita! ¡Viene alguien! ¿Quién lo trae, Jesusita: doña Difteria o San Miguel? (...) A mí me trajo doña Difteria. ¿Te acuerdas de ella? Tenía los dedos de algodón y no me dejaba respirar."

Mamá Jesusita es el personaje pragmático y de carácter lúdico en cada una de las situaciones en la obra. Cuando por fin entra Lidia a la tumba, Gertudris se alegra de que haya muerto tan pronto, para que esté a su lado; mamá Jesusita dice: "¡Eramos pocos y parió la abuela! Ya tenemos aquí a toda la serie de nietos. ¡Cuánto mocoso! ¿Pues qué, el horno crematorio no es más moderno? A mí cuando menos me parece más higiénico."

La convivencia en familia dentro de la tumba tiene sus ventajas: las nuevas generaciones pueden convivir y conocer a los miembros de la familia, que sólo conocían en fotos amarillentas y desleídas. Cuando Lidia es enterrada pregunta qué quién es la niña que acompaña a su familia, le contestan que es Catalina, la hermana de mamá Jesusita: "¡Ah!, ¡Claro! Si la teníamos sobre el piano. Ahora está en casa de Evita. ¡Qué tristeza cuando la veíamos, tan melancólica, pintada en su traje blanco! Se me había olvidado que estaba aquí."

Mamá Jesusita se extraña de que una voz tuteé a Lidia en el momento de ser enterrada, es un discurso ceremonial: "Virtuosa dama, madre ejemplarísima, esposa modelo, dejas un hueco irreparable". "Es la moda, mamá, hablarle de tú a los muertos", contesta Gertrudis.

Lidia se pregunta, después de que los extraños tapan la cripta con la losa, que qué van hacer. Le contestan que esperar, que ahora verá todo lo que quiera ver, menos su casa con su pino blanco y en las ventanas las olas y las velas de los barcos.

Eva, Muni y Lidia recuerdan, a su manera, el hogar sólido al que quieren retornar, aunque Muni añora una ciudad sólida, cómo la casa que habitaba. Para todos los personajes representa un hogar poético, mágico: "Una ciudad sólida, como la casa que tuvimos de niño: con un sol en cada puerta, una luna para cada ventana y estrellas errantes en los cuartos. (...) Tenía un laberinto de risas. Su cocina era cruce de caminos; su jardín, cauce de todos los ríos; y ella toda, el nacimiento de los pueblos..."

Pero es el personaje de Lidia el que nos abre una total visión poética de unir con un hilo mágico todas las cosas del mundo: "¡Un hogar sólido, Muni! Eso mismo quería yo... (....) Si pudiera encontrar la araña que vivió en mi casa (...) con su hilo invisible que une la flor a la luz, la manzana al perfume, la mujer al hombre, cosería amorosos párpados a estos ojos que me miran, y esta casa entraría en el orden solar. Abría libros, para abrir avenidas en aquel infierno circular. Bordaba servilletas, con iniciales enlazadas, para hallar el hilo mágico, que hace de dos nombres uno... (...)"

Clemente le contesta a Lidia que ella encontrará el hilo y la araña, y: "Ahora tu casa es el centro del sol, el corazón de cada estrella, la raíz de todas las hierbas, el punto más sólido de cada piedra." Muni le dice a la misma Lidia que ya no necesita su casa: "Ni necesitas río. No nadaremos en el Mezcala: seremos el Mezcala".

A partir de este diálogo presenciamos las metamorfosis que su condición etérea proporciona. Gertrudis le dice: "A veces, tendrás mucho frío; y serás la nieve cayendo en una ciudad desconocida, sobre tejados grises y globos rojos." Catalina agrega: "A mí lo que más me gusta es ser bombón en la boca de una niña, o cardillo, ¡para hacer llorar a los que leen cerca de una ventana!". Y así todos los miembros de la familia hablan de su experiencia como átomos en el aire que se integran a la naturaleza, al universo. Mamá Jesusita dice que ojalá nunca le toque ser ojos de pez ciego en lo más profundo de los mares. Catalina cuenta que mamá Jesusita se asustó cuando era gusano que le entraba y salía por la boca. Vicente fue puñal del asesino. "Da miedo aprender a ser todas las cosas", dicen todos; Lidia pregunta si podrá ser pino con un nido de arañas y construir un hogar sólido.

Después de haber aprendido a ser todas las cosas aparecerá la luz divina de la lanza de San Miguel, que es el centro del Universo, y con esa luz surgirán las huestes divinas de los ángeles y se entrará al orden celestial.

Al final de la obra todos los personajes desaparecen para integrarse a ese universo del que ya son parte. Vicente al escuchar el toque de queda del cuartel cercano al panteón se aleja para ser el viento, Clemente desaparece para ser la lluvia sobre el agua, Gertrudis será leño en llamas, Muni el aullido de un perro, Catalina el juego de nueve niños que comen en una mesa, Mamá Jesusita el cogollito fresco de una lechuga, Eva centella que se hunde en el mar negro, Lidia un hogar sólido y las losas de su tumba.

II. Género y estilo

Indudablemente esta obra pertenece al género de la farsa porque se alteran las leyes de la lógica, crea su propia lógica dentro del ambiente necrofílico. Además provoca la risa de cosas serias, por ejemplo: cuando Vicente Mejía, quien murió luchando en la Intervención francesa, llega a la cripta y se encuentra a la niña Catalina llorando en la soledad de esa tumba -ella es la primera que fue enterrada ahí- y dice que eran tal los chillidos de la chiquilla y tanta la guerra que dio, que extrañaba a los franceses contra quienes combatía en vida; los diálogos de mamá Jesusita renegando de todo, incluso apenada porque se va a presentar en el Juicio Final con bata de dormir; los huesos que son utilizados como juguetes por la niña Catalina.

Su estilo se acerca al expresionismo. Presenta a los muertos como fantasmas que se transforman, incluso el personaje de Muni aparece de rostro azul, no con la palidez de los otros, porque la obra sugiere que él se suicidó con cianuro; lleva en el rostro el color del líquido con el cual se mató.

III. Nexos con el realismo mágico

Se advierte un ambiente rulfiano que la conecta con realismo mágico dentro del teatro. A este respecto Emmanuel Carballo dice del teatro de Elena Garro:

Rompe con el teatro costumbrista, con el teatro propagandístico, con el teatro que ha bajado el realismo a entendederas del público burgués y con el teatro mimético que reproduce sin genio las innovaciones escénicas de vanguardia. Es realista, pero su realismo va más allá de la descripción de las costumbres y el análisis psicológico de los personajes. El suyo es un realismo mágico, próximo al cuento de hadas y la narración terrorífica. Un realismo que anula tiempo y espacio, que salta de la lógica del absurdo, de la vigilia al sueño pasando por la ensoñación. Mira al hombre y al mundo con la experiencia del adulto y la inocencia del niño.(1)



En la obra de Garro sus muertos tienen un matiz diferente a los la Comala de Juan Rulfo -porque La Comala nos ofrece una visión del Infierno, no del Purgatorio-; donde habitan ánimas condenadas, Comala es un pueblo habitado por muertos. En el cacique Pedro Páramo existe un temor a enfrentarse con sus fantasmas:

"Sé que dentro de pocas horas vendrá Abundio con sus manos ensangrentadas a pedirme la ayuda que le negué. Y yo no tendré manos para taparme los ojos y no verlo. Tendré que oírlo; hasta que su voz se apagué con el día, hasta que se le muera la voz."(2)



En la cripta de "Un hogar sólido" los personajes no son ánimas en pena que guardan secretos oscuros, incestos o crímenes impunes, son ánimas que añoran el hogar del que fueron poco a poco separados; son muertos "sanos", "positivos" o "blancos" que sólo buscan reintegración. Aunque están en el purgatorio esperando el Juicio Final, se sabe que los protege la luz no las tinieblas. San Miguel y su lanza están siempre con ellos. La aparición de San Miguel a lo largo de la obra remarca el aspecto positivo de los personajes. Este arcángel combatió con su lanza a Luzbel y lo arrojó al infierno. Simboliza la luz, la esperanza, la entrada al Cielo.

El título de la obra es un juego semántico. Por un lado se encuentra lo "sólido" del concepto hogar o familia, en la que existe respeto, cariño, amor y trato cordial, pero que fueron separados por los conflictos internos que asolaban al México de la época, la Intervención francesa, la Revolución, etcétera; por otro, lo etéreo de sus ánimas va en contra de lo sólido, lo será en cuanto se integren a la piedra, o la losa, o la leña, pero no cuando se conviertan en lluvia, río o fuego. Cambian de un estado sólido a líquido o gaseoso.

IV. Nexos con la literatura fantástica

Es en los aspectos de las metamorfosis y la muerte lo que la acerca a los preceptos de la literatura fantástica. El sentido de la integración de la materia en la Unidad universal fue manejada por Edgar Allan Poe, escritor que fue importante dentro de la literatura fantástica, en su ensayo filosófico Eureka, donde aborda su concepción artística y cosmogónica personal. En este ensayo Poe se propone explicar el origen, la evolución y el destino del universo material y espiritual. No es un tratado científico -aunque sí lo fundamenta científicamente-, pero lo que lo lleva a formular su teoría es una intuición que escapa a toda razón o análisis humano. Esa intuición en la que tanto énfasis ponían los escritores románticos, como Poe, ante la reacción de una época en la que predominaba la verdad de la ciencia y dejaba fuera la imaginación y la posibilidad de los milagros. De estos motivos nace como género, en la misma época, la literatura fantástica.

Según la teoría manejada por Poe en Eureka, el universo se origina de una partícula primordial divina, que es la Unidad absoluta, principio de todas las cosas y de todos los fenómenos del universo. Dicha Unidad es el centro de donde surgen una gran cantidad de átomos que componen el universo. Estos átomos que están girando tienden a volver a su origen primario. La teoría de Newton de la gravedad no es más que la fuerza de las cosas de volver a esa Unidad. Entonces cada ser lleva consigo los átomos de esa energía original. Dios existe en el espíritu y en la materia del universo actual. Todas las cosas animadas o inanimadas son individualizaciones de Dios. Entonces, se entiende que al morir la materia y el ser retornan a esa Unidad de la que proceden. Julio Cortázar atendiendo la teoría de Poe, nos dice que la creación de las metáforas es encontrar ese lazo invisible que nos conecta con las cosas del universo de las que somos parte: "Cuando alguien afirmó bellamente que la metáfora es una forma mágica del principio de la identidad, hizo evidente la concepción poética esencial de la realidad"(3) .

Esta obra muestra una visión positiva de la gran incógnita que es la muerte. En ella hay una esperanza de lo que aguarda al final de la vida. Es la afirmación de que tarde o temprano nos reintegraremos a ese hogar sólido que es la Naturaleza, el Universo y Dios.




BIBLIOGRAFIA

Borges, Jorge Luis, Antología de la literatura fantástica, Editorial Hermes, México, 1987.

Carballo, Emmanuel, Protagonistas de la literatura mexicana, SEP-Lecturas Mexicanas, México, 1986.

Paredes, Alberto, Figuras de la letra, UNAM, Serie Difusión Cultural, México, 1990.

Rosenblat, María Luisa, Poe y Cortázar, lo fantástico como nostalgia, Monte Avila Editores, Venezuela, 1990.

Rulfo, Juan, Pedro Páramo, Fondo de Cultura Económica, Col. Tezontle, México, 1980.


NOTAS:

1. Carballo, Emmanuel, Protagonistas de la literatura mexicana, SEP-Lecturas Mexicanas, México, 1986. p.506

2. Rulfo, Juan, Pedro Páramo, Fondo de Cultura Económica, Col. Tezontle, México, 1980. p.154

3. Citado por Rosa María Rosenblat en Poe, Cortázar, lo fantástico como nostalgia, Monte Avial Editores, Venezuela, 1990. p.61





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