MARIO ANTONIO CALDERÓN




Miguel Hernández: De cómo la escritura se vuelve humana


I

Obra breve por su extensión, a veces preciosista, otras pasional; unas más militante y, al cabo, íntima en más de un sentido, muestra por encima de cuanto se quiera analizar un condensado proceso de arrojo en y a través de la palabra, vivido en su mayor parte con la vehemencia de la precocidad, manifiesta en la inmadurez formal que hace a muchos poemas testimonios de ingenuidad adolescente. Ingenuidad terrible cuando es un verbo combativo y lúgubre cuando versa sobre la ausencia, es cierto, y que terminó suplantada, sorpresivamente, por la madurez forzada de la cárcel y la enfermedad; el hambre y la muerte de los seres más amados; la derrota de los ideales.

Sin embargo, esta ingenuidad de sílabas mal contadas o epítetos traídos más a pelo que de grado; de adopción irreflexiva de una u otra moda estilística, no sólo ilustra sobre la intensidad con que Hernández abrevó de todas las fuentes que tuvo cerca, sino del ímpetu con que su vida, contemplativa o militante, pasional o ausentada, desembocó de inmediato por el cauce de la palabra, sin tiempo para demasiados retoques: ahí estaba afuera, esperando con nuevas experiencias y paisajes, un nuevo sitio para el cantor, esposo y soldado que siempre fue Miguel Hernández. De causas distintas, diferentes exigencias, pero una misma fe: la del hombre que se trasciende.

Es, bajo este tenor, que al cabo preferimos exponer la experiencia de nuestra lectura: en el fondo, y por encima de todo, la poesía de Miguel Hernández es el diario que muestra el trayecto recorrido por un hombre en busca de su humanidad, y con ello, de abrazar la Humanidad entera en un acto de comunión trascendente.

II. Miguel cantor

Desde Perito en lunas hasta sus últimos poemas, Miguel Hernández se conserva fiel a una misma veta, a veces temática, otras como origen de sus imágenes; unas más formal, y siempre más allá de lo que la forma dé a suponer: la popular.

Si bien Perito (1933) se aleja de las estructuras y léxico del pueblo conocidos, sus temas (granadas, limoneros, gallos, toros de lidia y la lidia misma) son patrimonio popular, y como tal, en su dimensión, alegoría de la hispanicidad, los aborda y eleva hasta el Parnaso, inaccesible pero excelso, del verso neobarroco.

Inclusive en sus poemas sueltos posteriores, con el negativo peso de su paso por Madrid y el más grande del neobarroco y neocatolicismo abrevados en Orihuela, sus alegorías aún pertenecen al dominio del símbolo popular, aunque todavía contemplado desde la imaginación; es decir, la casta distancia de la ajenidad.

En El rayo que no cesa, dos años posterior, la forma clásica del soneto y el terceto endecasílabo dan cabida a un verbo más accesible y directo, donde las referencias al amor y a la muerte del amigo aparecen casi como meros pretextos para cantar el mundo del pueblo, campesino de preferencia pues es a él pertenece; mientras que su segunda serie de poemas sueltos, con la tremenda influencia escritural e ideológica de Neruda y Aleixandre, tan artificiosa como la primera, asume a los sujetos (Neruda, Aleixandre, "Delia" ...) como excusas para cantar su mundo, el de los toros y los surcos, los almendros y limoneros, con una nota adicional: el despertar del poeta a la carnalidad, libre ahora del dique religioso, con lo que su carácter de hombre se arroja por el camino intransitado -así parece- de la fecundación, de trascenderse a través de los hijos, con el anhelo casi metálico y lapidario, hiriente, de la pulsión sexual insatisfecha.

Por su arte, Viento del pueblo (1937) muestra a un Miguel que ha encontrado en el matrimonio y la militancia republicana un cauce a su pulsión generatriz: ha engendrado un hijo, y con la palabra, su mejor fusil, busca engendrar una patria libre y justa para su hijo: canta los anhelos más hondos que el hombre simple pueda tener de su Madre España y de sus hijos. Ya no son símbolos extraños aunque próximos sino hechos encarnados y entrañables que -espera- generarán un nuevo pueblo: no pasa por la superficie de las cosas, pretende hacerlas palabra para que perduren frente a la vista, y con ello convierte, paso a paso, al toro en las gentes y el suelo españoles; la palabra en arma; la cópula en generador de la esperanza y la alegría, hasta que descubre cómo El hombre acecha (1939) y amenaza a sus hermanos, convirtiendo el himno de su voz en llamada de advertencia, desgarrada a veces, que canta elegías antes de que caigan los cuerpos: la energía que impulsa la lucha por los ideales, resulta ser la misma que lleva a la aniquilación.

Hernández avisa a sus hermanos españoles con canciones de toros y cartas y de heridos; los convoca a imitar el ejemplo de Rusia-utopía y reclama el derecho a la esperanza.

Pero llega el momento en que su adolescencia intelectual, tan larga ya, se ve forzada a la adultez: es en la prisión, después de la derrota, que Miguel Hernández tendrá tiempo para revisar muchas cosas, en primer lugar, su propia condición de poeta, esposo y soldado. A las voces encendidas de su obra anterior, las sigue un murmullo sosegado, ínfimo en toda su plenitud. Y así, a las octavas reales con que fincara el pie sobre el umbral de las Letras responde una voz humilde, con que se despide de la Libertad: depura su ejercicio del romance hasta privarlo de artificios, y con ello, rescata otras formas medievales que de tan viejas se han hecho patrimonio del pueblo: romancillos, una qasida y otras formas del arte menor, y el alejandrino del mester, tocado en su cadencia con influencias de Neruda: nada más lejos del verbo declamatorio propio del escenario, ni tan cerca de la voz popular.

En Cancionero y romancero de ausencias (1938-41) y sus últimos poemas, lejos del barbecho y el huerto; ausente de su esposa y su hijo, es donde su voz estará más próxima al hombre del campo, el marido enamorado y el padre amoroso, y donde fondo y forma estarán más hermanados que nunca entre sí y con la intención. Es aquí donde Miguel Hernández cantará, como el preso del romance, al ave de la esperanza y el campo abierto con su voz más dulce y auténtica, más popular y al tiempo solitaria.

III. Esposo de las criaturas

Miguel Hernández es un hombre obseso por la sexualidad, principalmente en su aspecto de procreación: su afán mayor es continuarse, y con él, que el mundo (la vida) se continúe "hasta el infinito", como declarara en alguno de sus poemas.

Si bien su primera etapa escritural está permeada por el conservadurismo y una moral privativa respecto a la sexualidad, los destellos eróticos alcanzan a traspasar esa densa ajenidad con que el Perito contempla el mundo, y la densa filigrana verbal que teje a su alrededor. Porque Hernández no ignora las otras dimensiones de lo sexual, el placer, el dominio del macho sobre la hembra, la excitación física: placeres todos que son al cabo uno mismo, complejo y multívoco, bien conocido por sus toros, gallos y gitanas, aunque en los poemas sueltos de 1933-34 trate de cantar victoria en esa batalla contra la tentación en que se debate y la higuera magnífica: la corrida, más que ser descrita como evento ritual, penetra a su significado profundo de ritual viril, donde el hombre y la bestia no se disputan la vida, sino la supremacía sexual, casi genital.

Después, el poeta vive de contemplar a la amada, imagina y teme igual el contacto que el rechazo; y tras conocer el beso vive pendiente de él, de toda aproximación aunque leve: intuye los gozos de la carnalidad que cohabita activamente. Aquí aparecen los gérmenes expresivos de su afán de prolongarse, opuestos al dolor de perder el amigo y el que imagina en la novia nunca desposada, condenada al llanto estéril: ésta es la imagen que se llevará a Madrid en su segundo viaje, misma que Neruda, Aleixandre y otros se encargaran de reemplazar, en su conciencia y su palabra, por la explosión simbólica de la carnalidad ansiosa, que así descubre la tragicidad del deseo y la Vida misma, instituyéndola en motor esencial de su etapa vanguardista, he aquí el poeta que descubre sus caprichos y la distancia que lo separa de ellos.

Viento del pueblo, simultáneo y posterior a su matrimonio, muestra a Miguel Hernández sosegado, satisfecha la pulsión carnal; pero ahora se trata de un poeta militante e idealista que se hermana con un pueblo en armas y, mas aún, en él ve la prolongación de su esposa y el hijo por venir, lo mismo que el suelo en que habitan: Miguel combate por el derecho a vivir con libertad e igualdad de todas sus esposas y todos sus hijos, que son las españolas presentes y los españoles por venir, al tiempo que Josefina Manresa y Manolillo. Satisfecha su ansia sexual, ve la procreación como un deber, en la tierra y los animales; en los hombres y sobre todo las mentes; su papel de providente se troca en combatiente, pues sólo así podrá conseguir el verdadero sustento de sus hijos: ser esposo y padre, además de poeta, se resume, en la "Canción del esposo soldado", como una vocación de luchador, ahora con las armas, después en la cama generatriz y la paz.

El hombre acecha (1939) continúa sobre esta línea: el denso toro de emoción y de España que es él y son todos, y la tierra misma, ha de erguirse sobre su poder para destruir cuanto impide su dignidad. Sin embargo, Miguel Hernández descubre que ese mismo poder, vindicador y generatriz, es capaz de volverse incontenible y aniquilarse a sí mismo.

Comienza entonces el regreso a si mismo, al individuo fatigado y asustado de si mismo- la vuelta a la dimensión doméstica de España dentro de su grandeza: es el repliegue al matrimonio físico, tangible, que el encarcelamiento ha de impedir inexorablemente y alejar, hasta sólo dejar imágenes ideales.

En la prisión, Miguel Hernández es forzado a la introspección, ese encierro más gravoso que el de las celdas. Ausente sin remedio, sólo tiene imaginación y memoria para compensar su deuda con la vocación de esposo y padre. Idealiza la paternidad y la procreación, las eleva a dimensiones cósmicas despojándolas de todo placer sensible para que sólo quede el metafísico de la trascendencia, frustrada por la muerte del hijo y que con ello acarrea la ira de la impotencia. El vigor de la naturaleza que se reproduce aparece en antítesis constante con la flaqueza del hombre; la belleza de una, es constante símil con los hijos; la debilidad del otro, se eleva a signo trágico de la humanidad: ausencia, caos, dolor, nostalgia.

Cancionero y romancero de ausencias y sus últimos poemas alcanzan, gracias al aislamiento de la prisión el sosiego y la decantación verbal que Hernández no se hubiera dado fuera de ella, necesarios para lograr la transparencia -de poeta- con que se dicen a la mujer y a los hijos las tantas cosas que sólo quedan medio dichas. Sólo entre rejas se puede pensar una y otra vez lo que se quiere decir, tallarlo y trabajado hasta darle el esplendor del cómo que siempre se desea: poemas brevísimos en su mayoría, presentan no solo la perfección formal -rítmica, principalmente- de que su precipitada obra anterior no pocas veces adoleció, sino la marca de autenticidad; el verbo de Miguel Hernández que no se habla escuchado por falta de intimidad.

IV. Hernández, soldado

Miguel Hernández fue siempre militante de un ideal. Como hombre, sus ideales fueron de bien universal; como poeta, ideales estéticos.

Se vuelve difícil discernir ambos ámbitos en su obra, pues parece responder de manera intrínseca a sus cambios de posición Ideológica, Pareciera que, en su caso, un cambio de aires siempre implicara, por fuerza, un cambio también de valores humanos y de influencias literarias, inclusive bajo un mismo nombre, como sucede con Ramón Sijé y Pablo Neruda, polos opuestos de su proceso.

Así, al ideal de pureza espiritual se corresponde una creación artificiosa, pulcra, casi aséptica (Perito en lunas, "Corrida-real"), y a su corolario, la castidad, una expresa toma de posición ("Oda a la higuera", "La morada amarilla', "El silbo de afirmación en mi aldea") que, si se permite deslices formales, fustiga con el verbo y hasta autoflagela a su autor con reiteradas llamadas de atención sobre la continencia, sensual y emocional (El rayo que no cesa, "Citación fatal").

A esta prolongada contención no sólo emocional y física, sino de pensamiento y palabra, le sigue un periodo de expansión ilimitada, la extrovertida media vuelta a los ideales neocatólicos y clásicos que abrevara en Orihuela: es su segunda visita a Madrid, en contacto con las vanguardias ideológicas, morales y estéticas. Hace profesión de fe del deseo, la embriaguez y el goce sensorial, aunque no deja de revelar su insatisfacción y, de alguna manera, escrúpulos: la "Égloga" y su gemelo "El ahogado del Tajo" son una mirada nostálgica a la pureza y la castidad, los momentos idílicos de Orihuela y el Siglo de Oro, que no dejan de chocar ante el espectáculo de "Mi sangre es un camino" o la "oda entre sangre y vino a Pablo Neruda", y todo junto, con una toma de posición social que desembocará en la militancia activa a favor de la República, casi un ministerio que exige precios cercanos al sacerdocio.

De este modo, Viento del pueblo y El hombre acecha son testimonios de una militancia activa a favor de ideales menos sublimes que los del espíritu pero mucho más que los del bien decir, ejercida con el fusil y con la pluma, con fervor y viendo sobre el horizonte: primero, con todo el ánimo y el optimismo del idealista incapaz de ver por si mismo, y poco a poco, con cautela y después con horror, con la fe en el ideal pero decepcionado de la manera: se cierra no sobre él mismo sino sobre su ámbito más cercano, la esposa y el hijo, con lo que da un sentido más concreto a su lucha.

Han quedado muy atrás los problemas de moral y de estética; Miguel Hernández ahora es un soldado de la solidaridad y la libertad que busca quitar las garras al hombre antes de que convierta la guerra en una carnicería irracional, y sí es posible, aniquilar a quienes, más que hombres, parecen fieras cernidas sobre la carne y el pan de su familia: no ha dejado de blandir las armas de la justicia universal, como la ha conocido en Rusia; sólo ha adoptado las de la sensatez para ver el día del retorno a casa y al trabajo de fecundar la tierra, y el vientre de su esposa.

Herido de amor, de muerte y de vida, prolongará los ecos de esa voz hasta Cancionero y romancero de ausencias durante la primera etapa de su prisión, cuando conservaba la esperanza. Perdida ésta, el poeta se descubrirá con plena conciencia en el bando de los vencidos, muerto a la vida por la que luchó, lejos de su mujer y su hijo, de Orihuela y su huerto, sólo quedan el amor y la muerte.

El amor lo alcanzara pronto, transfigurado en el dolor de la ausencia al saber del hambre de su mujer y el cautiverio ininterrumpido. Entonces militará en el bando de los nostálgicos, anhelará la fuerza que reside en el acto de procrear, deseará más que nunca su lugar de padre. Hernández se convierte en un soldado de causas perdidas, para él primero y para su hijo después: la del amor y la de la vida. Entonces terminará la agonía del amor-dolor, y sólo quedará la de la muerte, que es la desesperanza y le roe los huesos día tras día, implacable, poniéndole frente a los ojos de la memoria todo lo que no ha de recuperar hasta hacerlo dudar de que hubiera sido: es la Sepultura de la imaginación.

Desde entonces y hasta su muerte física, perdido todo impulso y toda razón para intentar nada, Miguel Hernández será el adalid de la negación: negará la carne, el amor, su fracasado deseo de trascender; el fruto de cualquier vientre, de la tierra o la mujer. El toro habrá perdido su vigor, sumido en la eterna sombra. El himeneo será transfigurado en sepelio y la palabra, otrora la espada con que irrumpiera en todas partes, quedará en mero oficio de roer pasados.


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