Francisco Serrano (1949)

POEMA DEL FINO AMOR

1

Es cierto: todo podría recuperar su prodigioso mecanismo,
sus ademanes de lluvia coronando el verano,
pero no se trataría más que de una simulación,
de una ambigua manera de intentar de otro modo lo mismo.
Porque ya las cosas derivan hacia su propio abandono:
también su ruido atraviesa nuestra zona de sombra,
su sustancia que se altera al cumplirse.
Una respiración de metales en el ruido visible.
Mi amor va y viene por sus sitios más finos,
hablando de la luna y la lluvia,
cantando en una lengua enjoyada.
Está en esa sensación sorprendida
de preguntas que no hallaron respuesta,
en el peso de briznas que se vuelan en las alas del aire.
Mi amor va y viene por sus suaves sentidos:
su cuerpo ondula y brilla en el aire como un río.
Hay un silencio, hay un rumor de grillos, hay una estatua
que diluye su sombra en las aguas de un estanque clarísimo.
Mi amor va y viene cantando en el aire repartido.
(Yo estoy de pie en la extremidad más codiciosa del deseo).

2

La que tiene una estrella de cinco puntas en el seno derecho,
que está sentada sobre las aguas,
la que conoce todas las palabras
y sabe mirar hacia adentro,
la que siembra sobre las agua,
abre dejadamente los dedos de su mano
y hace madurar el cuerpo de los astros en el fruto del día.
Llega una luna suave: tus palabras la tocan;
te despiertas en ella. Alzas
los párpados: su cuerpo
ha encarnado en tus labios.
Si ella abre los ojos
se encienden las galaxias,
si los cierra
retroceden siglos las delicias
en las provincias del alma.
Mi amor está en el mundo.
A una sonrisa suya se desbandan los pájaros.
El aire le abre paso cuando pasa.
Yegua blanca.

3

Tal vez llueve en un patio lejano.
La veo caminar por la calle, con la cabeza inclinada, triste,
en el recuerdo azul de una tarde lavada por la lluvia:
bajo el paraguas, su claro rostro
se reflejaba en los diáfanos charcos.
¿De qué fisura, de qué pliegue del tiempo
viene ahora a inquietarme esta fiebre?
Yo hubiera querido reinventar el rumor
de unas cuantas palabras dichas al alba, temblando,
recobrar su aroma, su innumerable amor,
volver a enredarme en sus hilos de plata,
empaparme con su vestido de agua;
aunque no se tratara más que de una acumulación,
de una desesperada forma de corromper el olvido.
Porque querer recuperar los actos del pasado
es aferrarse a las sombras
y no saber nada
y andar como dormido.

4

Hay un lugar donde el futuro no reposa:
ahí la memoria erige sus pasillos de espejos.
La veo ahora en los jardines de una antigua hacienda
-restos de abolido esplendor:
jugaba con una rama de eucalipto entre las manos
y las hojas al moverse daban leve sombra a su cara.
Atrás las corvas raíces del amate
desgarraban lentísimas,
muros donde ardían
los fuegos de artificio de la bugambilia.
Un grito y otro y otro: urracas:
dispersa constelación de tizones errabundos.
Luego vendrían los dulces ojos de venado atónito,
sus modales de animal fino y ágil
mirando de soslayo:
la carne deslumbrada
disolviéndose
en el húmedo asombramiento,
reconociéndose, reconociéndome,
volviendo del fondo del pantano del placer,
bordeando el litoral del desfallecimiento.
Desde otro sitio evoco
la transparencia de su mirada:
la carga entera del espíritu
abriéndose paso entre los tensos rumores de la carne
encendida.

5

Ha crecido un fermento de ausencia,
ese vaho fugitivo que sopla sobre la imagen de los muertos,
sobre los ateridos recuerdos.
Lo cubro cuidadosamente con algo de mí en lo que ella estaba;
he perfeccionado la forma de vendar esas pústulas.
Vuelven también pedazos de aquella diafanidad rota:
las llegadas en auto, las rápidas visitas,
el subrepticio amor acostándonos a escondidas de sus padres;
la primera vez, mientras reíamos, viendo el fuego
sin saber qué hacer con esa felicidad
súbita que nos traspasaba,
nos llenaba el corazón de una saliva...
o perseguidos por un guardia en el bosque
que pretendía multarnos por amorear, ah sí,
suavemente bajos los pinos;
o frente al espejo cepillándose el pelo:
la suave-doble-oscura cascada cayendo, relampagueando en lo oscuro;
o al salir del baño, empapada:
trémulas escamas de plata esmaltaban su cuerpo...
La codicia de esos momentos consume
mi pensamiento: rescoldos de otros días:
colocaciones: sitios que el vacío deseo creó.
Y es cierto, podría hablar de esos modos, de aquella exaltación
de ademanes difíciles, de posturas suntuosas y deseables,
de miradas y entregas y repudios.
La codicia de esos momentos que sube
entre mi voz y su imagen.

6

Ven, ven, con tus terrores de niña y tus canciones árabes,
ven, con tus puentes colgantes, con tus pájaros desenlazados, ven,
con tus historias, con tus celebraciones,
escucha esta canción que recomienza en los límites de la colmena del sueño:
déjame dejar constancia de la amenaza.
Pues no tendría sentido enarbolar estos diezmados frutos
si no fuera porque ya bajo las iluminadas redes de la lluvia
mi nombre resulta inhabitable: no me reconozco
y recorro mis huellas
como un viajero que ha perdido el camino
y avanza preguntando al primero que pasa;
como si alguna vez hubiéramos sido expulsados
quietamente de la memoria ajena.
Entonces recobro y disperso a la mujer que una vez fue mi mujer:
la veo alejarse, desmadejarse
entre los pliegues de esto que escribo
como si el recuerdo funcionara al revés,
como si evocarla fuera también una manera de deshacerme de ella.
Y la dejo, hundiéndose y ya para siempre
fija y ya serena...

Poema del fino amor, 1981


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