Alfonso Reyes (1889-1959)

GLOSA DE MI TIERRA

 Amapolita morada
del valle donde nací:
sino estás enamorada,
enamórate de mi.

I

Aduerma el rojo clavel
o el blanco jazmín de las sienes;
que el cardo es sólo desdenes,
y sólo furia el laurel.
Dé el monacillo su miel,
y la naranja rugada
y la sedienta granada
zumo y sangre -oro y rubí;
que yo te prefiero a ti,
amapolita morada.

II

Al pie de la higuera hojosa
tiende el manto la alfombrilla;
crecen la anacua sencilla
y la cortesana rosa;
donde no la mariposa,
tornasola el colibrí.
Pero te prefiero a ti,
de quien la mano se aleja:
vaso en que duerme la queja
del valle donde nací.

III

Cuando, al renacer el día
y al despertar de la siesta,
hacen las urracas fiesta
y salvas de gritería,
¿por qué, amapola, tan fría,
o tan pura, o tan callada?
¿Por qué, sin decirme nada,
me infundes un ansia incierta
—copa exhausta, mano abierta—
si no estás enamorada?

IV

¿Nacerán estrellas de oro
de tu cáliz tremulento
—norma para el pensamiento
o bujeta para el lloro?
No vale un canto sonoro
el silencio que te oí.
Apurando estoy en ti
cuánto la música yerra.
Amapola de mi tierra:
enamórate de mí.

        Huellas, 1922
 

LA AMENAZA DE LA FLOR

Flor de las adormideras:
engáñame y no me quieras.

¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!

Flor de las adormideras

Una se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía
como tú negras pestañas.

Flor de las adormideras.

Una se te parecía...
(Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer.)

        Huellas, 1922
 

APENAS

A veces, hecho de nada,
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.

Como somos la delgada
disolución de un secreto,
a poco que cede el alma
desborda la fuente de un sueño.

¡Mísera cosa la vaga
razón cuando, en el silencio,
una como resolana
me baja, de tu recuerdo!

        Otra voz, 1936
 

MORIR

En el más cariñoso lecho
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.

Muelle, el ala del ángel blanco
—¡qué piedad, qué ternura al fin!—
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.

Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!

¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.

Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:

Lento declive, y tan seguro
—hinchado de sí—
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni

siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.

¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.

¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!

Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.

        Otra voz, 1936
 

SOL DE MONTERREY

No cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero.)

Todo el cielo era de añil;
toda la casa de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuánto me pesa el sol!
¡Oh cuánto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.—
Cada ventana era sol,
cada cuarto era ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—¡Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

        Otra voz, 1936
 

A SOLAS

Prefiero, para pensarte,
la soledad donde reinas,
tan altamente radiosa
que la empaña tu presencia.
No creí que llegaría,
vencida toda la fuerza,
a ceñirte con mis ansias
mejor que con mis cadenas.
Chispa en el vuelo captada,
sagrada cosa ligera,
te mudas para vivir
de constancia y transparencia.
Dulce fuego ya, perduras;
por los sentidos te entregas,
y asciendes luego a la cumbre
donde te asfixias de ilesa.

¿Qué sortilegio rompió
esta natural corteza?
¿Quién desató las amarras
que te tenían sujeta?
En vértigo superior,
toda giras, toda vuelas,
en mi sueño angelicada,
más cerca de ti, más cierta.
Más cerca de mí. La duda
que el filósofo aconseja,
si no te forjé yo mismo
a mi oído cuchichea.
Y en el agudo argumento
que la duda desmadeja,
me voy desangrando a solas
y otra vez solo me dejas.

        Algunos poemas, 1941
 

SILENCIO

Escojo la voz más tenue
para maldecir del trueno,
como la miel más delgada
para triaca del veneno.
En la corola embriagada
del más efímero sueño,
interrogo las astucias
del desquite contra el tiempo,
y a la barahúnda opongo
el escogido silencio.
No es menos luz la centella
por cegar sólo un momento,
ni es desamor el amor
que enmudece por intenso.
Cada vez menos palabras;
y cada palabra, un verso;
cada poema, un latido;
cada latido, universo.
Esfera ya reducida
a la norma de su centro,
es inmortal el instante
y lo fugitivo eterno.
Flecha que clavó el destino,
aunque presuma de vuelo,
déjate dormir, canción
que ya duraste un exceso.

        Romances (y afines), 1945
 

GOLFO DE MÉXICO

VERACRUZ

La vecindad del mar queda abolida:
basta saber que nos guardan las espaldas,
que hay una ventana inmensa y verde
por donde echarse a nado.

LA HABANA

No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba —que nunca vio Gauguin,
que nunca vio Picasso—,
donde negros vestidos de amarillo y de guinda
rondan el malecón, entre dos luces,
y los ojos vencidos
no disimulan ya los pensamientos.

No es Cuba —la que nunca oyó Stravinsky
concertar sones de marimbas y güiros
en el entierro de Papá Montero,
ñañigo de bastón y canalla rumbero.

No es Cuba —donde el yanqui colonial
se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
de brisa, en las terrazas del reparto;
donde la policía desinfecta
el aguijón de los mosquitos últimos
que zumban todavía en español.

No es Cuba —donde el mar se transparenta
para que no se pierdan los despojos del Maine,
y un contratista revolucionario
tiñe de blanco el aire de la tarde,
abanicando, con sonrisa veterana,
desde su mecedora, la fragancia
de los mangos y cocos aduaneros.

VERACRUZ

No: aquí la tierra triunfa y manda
—caldo de tiburones a sus pies.
Y entre arrecifes, últimas cimbres de la Atlántida,
las esponjas de algas venenosas
manchan de bilis verde que se torna violeta
los lejos donde el mar cuelga el aire.

Basta saber que nos guardan las espaldas:
la ciudad sólo abre hacia la costa
sus puertas de servicio.

En el aburridero de los muelles,
los mozos de cordel no son marítimos:
carga en la bandeja del sombrero
un sol de campo adentro:
hombres color de hombre,
que el sudor emparienta con el asno
—y el equilibrio jarocho de los bustos,
al peso de cívicas pistolas.

Herón Proal, con manos juntas y ojos bajos,
siembra la clerical cruzada de inquilinos;
y las bandas de funcionarios en camisa
sujetan el desborde de sus panzas
con relumbrantes dentaduras de balas.

Las sombras de los pájaros
danzan sobre las plazas mal barridas.
Hay aletazos en las torres altas.

El mejor asesino del contorno,
viejo y altivo, cuenta una proeza.
Y un juchiteco, esclavo manumiso
del fardo en que descansa,
busca y recoge con el pie descalzo
el cigarro que el sueño de la siesta
le robó de la boca.

Los Capitanes, como han visto tanto,
disfrutan, sin hablarse,
los menjurjes de menta en los portales.
Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
y el cabo Verde y sus faros de colores,
y la tinta china del Mar Amarillo,
y el Rojo entresoñado
que el profeta judío parte en dos con la vara,
y el Negro, donde nadan
carabelas de cráneos de elefantes
que bombean el Diluvio con la trompa,
y el Mar de Azufre,
donde perdieron cabellera, ceja y barba,
y el de Azogue, que puso dientes de oro
a la tripulación de piratas malayos,
reviven el olor del alcohol de azúcar,
y andan de mariposas prisioneras
bajo el azul "quepi" de tres galones,
mientras consume nubes de tifones
la pipa de cerezo.

La vecindad del mar queda abolida.
Gañido errante de cobres y cornetas
pasea en un tranvía.—
Basta saber que nos guardan las espaldas.

(Atrás, una ventana inmensa y verde...)
El alcohol del sol pinta de azúcar
los terrones fundentes de las casas.
(...por donde echarse a nado).

Miel de sudor, parentesco del asno,
y hombres color de hombre
conciertan otras leyes,
en medio de las plazas donde vagan
las sombras de los pájaros.

Y sientes a la altura de tus sienes
los ojos fijos de las viudas de guerra.

Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
de la gente que está de espalda al mar:
cuando los comedores de insectos
ahuyenten las langostas con los pies
—y en el silencia de las capitales
se oirán venir pisadas de sandalias
y el trueno de las flautas mexicanas.

        La vega y el soto, 1944
 

ARTE POÉTICA

1

Asustadiza gracia del poema:
flor temerosa, recatada en yema.

2

Y se cierra, como la sensitiva,
si la llega a tocar la mano viva.

3

—Mano mejor que la mano de Orfeo,
mano que la presumo y no la creo,

4

para traer la Eurídice dormida
hasta la superficie de la vida.

        La vega y el soto, 1944
 

EPICEDIO

                 A E.D.C.

Brota, oscuro, entre las cruces,
canto, y vuela sin gemido
para que nada disuene.
Apaguen todas las luces,
hablen paso y comedido,
según conviene.

Sea contrapeso exacto
del lloro la voz severa
que ni maldice ni exclama;
y quede el dolor intacto,
como lumbre que prospera
sin llama.

Quiero para recordarte,
medirme por la mesura
con que ceñiste la vida:
tú que enseñabas el arte
de reducir la locura
en dulce brida.

En ti se envidió el tejer
gracia y virtud sin contraste
y perfección sin castigo;
pero el secreto de ser
tan sabio te lo llevaste
contigo.

Jardinero, cada fruto
de tu cosecha lograste,
y cada oveja, pastor;
oribe, cada minuto
alzabas en un engaste
de primor.

Y sucedió de manera
que éramos pocos, y sobre
ser tan pocos, te nos fuiste.
Y eso a todos nos espera:
dejar a la viuda pobre;
al hijo, triste.

Y aunque los doctos auguren
que en "verduras de las eras"
pára todo, y en espumas,
tú vivirás cuanto duren
los libros y las esferas
y las plumas.

        Obra poética, 1952
 

VISITACIÓN

—Soy la Muerte— me dijo. No sabía
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.

Ya no intento eludir su compañía:
mis pasos sigue, transparente y clara,
y desde entonces no me desampara
ni me deja de noche ni de día.

—¡Y pensar —confesé— que de mil modos
quise disimularte con apodos,
entre miedos y errores confundida!

"Más tienes de caricia que de pena."
Eras alivio y te llamé cadena.
Eras la muerte y te llamé la vida.

    Obra poética, 1952
 

LOS CABALLOS

¡Cuántos caballos en mi infancia!
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,
los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Aprendí a montar a caballo
en el real de San Pedro y San Pablo.
Éste era un alazán de trote largo
que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.

Mi padre, poeta a ratos,
y siempre poeta de acción,
cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
—Para algo tienen cuatro cascos,
para andar de prisa.
Pónmele un nombre raudo como el rayo,
quítale ese nombre que da risa.—
Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Me hacían jinete y versero
el buen trote y sus octosílabos
y el galope de arte mayor,
mientras las espuelas y el freno
me iban enseñando a medir el valor.

Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
mi fuga no pasaba de la esquina:
el caballo era herencia de un gendarme borracho
y paraba sólo en los tendajos.
¡Oh ridículo símbolo
de una prudencia que era apenas vicio!

Y me fui haciendo al tufo dulzón
y al fraseo del guadarnés
y a todos los refranes del caso:

En la cuesta,
como quiera la bestia,
y en el llano,
como quiera el amo.

Y aquella justa máxima que parece moneda:
Nunca dejes camino por vereda.

Y aprendí de falsa y de almartigón
y de pasito y trote inglés,
que no va nada bien con la silla vaquera;
porque yo nunca supe de albardón,
y esto es lo que me queda del color regional.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Mi segundo caballo
se llamaba Lucero y no Petardo:
él sólo entendía por su nombre
y en vano quisieron mudárselo.
Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente...
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.

Rompía el cabestro,
pisoteaba el huerto.
cruzaba el parque a las volandas,
atravesaba el corral de los coches,
entraba resbalando por los corredores,
abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
y venía hasta mi cama de niño
a despertarme todas las mañanas.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

En una enfermedad que tuve
me lo llenaron de oprobiosas mañas,
que ya ni yo lo conocía:
me lo volvieron pajarero,
lo hicieron duro del bocado
y cabeceador,
y le enseñaron esas vilezas
de arrancar el galope al levantar la mano
y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
Y yo ya no lo quise montar
y, como había que hacer algo,
se lo vendimos a un alemán.

Porque el verdadero caballo
se ha de conocer en el tranco:
geometría plana, destreza lineal
de la auténtica equitación,
implícita en el bruto y no de quita y pon.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

Me dajaba a la puerta de la escuela
y luego regresaba por mí;
era mi ayo y mi mandadero.
Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi Lucero.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
mucha montura para el muchacho que yo era.
Allá cerca del Polvorín,
quiso un día sembrarme en el barranco;
que aunque el siempre me pedía azúcar
y me lo negaba,
yo bien se lo entendí,
que su voluntad bien clara estaba.

Y vino el pinto, un poney
manchado como vaca de blanco y amarillo;
un artista de circo
que también entendía de tiro.
Y como yo ya había crecido
—vamos al decir—,
con las piernas le sujetaba
todas las malas intenciones.
Por las cumbres del Cerro del Caído
siempre andaba conmigo.
En la capital siempre lo usé
para tirar de un cabriolé,
en el paseo —ya se ve—
del Zócalo a Chapultepec.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Y luego se confunden las memorias
de la cuadra paterna:
uno era el Gallo, de charol lustroso,
otro se llamaba el Carey,
yo no sé bien por qué,
y aquel noble Zar que se abría de patas
para que mi padre montara,
(como el Bucéfalo de Alejandro,
según testimonio de Eliano);
y aquel otro Lucero en que él vino a morir
bajo las indecisas hoces de la metralla.

Lo guardaron como reliquia,
como mutilado de la patria,
aunque, cojo y clareado de balas,
no servía ya para nada.

Hubo una leva en la Revolución:
se llevaron al pobre en el montón,
sin hacer caso de su orgullo:
—¡Qué los maten a todos,
y que Dios escoja los suyos!

        Obras completas, T.X. Constancia poética, 1959


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