Bernardo Ortiz de Montellano (1899-1948)
 

TROMPO

El trompo que gira músicas menores
movido, sin tregua, por tenue cordón,
el trompo de siete colores
¿no es un corazón?

        El trompo de siete colores, 1925
 

Una historia. Dos letras
que bordaron tus manos en mi vida.
¡Abecedario de las cosas muertas
en el pañuelo blanco de los días!

        El trompo de siete colores, 1925
 

PECES DE ZIRAGÜÉN

Con las plumas del vuelo del venado
del pez del aire que en azules pinto
batallador cuchillo del instinto
corta en cien latitudes un pescado.

Capitana la niebla, en su costado,
vestida de algodón y de jacinto
propone a las espumas laberinto:
sabe a lenguas de tono numerado.

Curva música el remo de la aleta
en dirección al ojo que la goza,
ojo de tiro al blanco sin saeta
teñida espuma de la mar celosa,
pez en la cuerda que el tarasco roza
con el arco sensible de la zeta.

        El trompo de siete colores, 1925
 

CANCIONES CERCA DEL MAR

(En Guaymas, Sonora)

I

Al norte de la rosa y el tabaco
los hombres cantan,
cantan y danzan,
al sonámbulo giro de las crines
del vuelo del caballo.
 

II

Cerca del mar la arena del desierto,
la sed de la palmera
y el pez espada en el costado muerto.

Cerca del mar la boca de la roca
seca, paralizada,
y el agua que no llega hasta la boca.

Cerca del mar la tierra, femenina,
grávida de quietud,
apenas respirando vespertina.

Y el mar que no la cubre con su aliento
de engendrador alegre,
masculino, perpetuo movimiento.
 

III

Salta la liebre. Azoro repentino,
en sus ojos de negra porcelana,
el hombre que intercepta su camino.

Entre Batuc y Sásabe, norteño,
en la magia pascola de la noche
repta su danza cascabel el sueño.

Arde la sangre. En el celeste paño
rojo y ultravioleta del crepúsculo
una palmera...

Y el cielo azul como la noche, cierto,
entre los labios de la pasajera.

        El Trompo de siete colores, 1925
 

SEGUNDO SUEÑO (fragmento)

                             Au fond de l'inconnu pour
                                        trouver du nouveau.
                                                         Baudelaire

Del sonido a la piedra y de la voz al sueño
en la postura eterna del dormido
sobre mármol de cirios y cuchillos
ofensa a la raíz
del árbol de la sangre —concentrado—
mi cuerpo vivo, mío,
mi concha de armadillo
triángulo de color sentido y movimiento
contorno de mi mundo que me adhiere y me forma
    y me conduce
del sonido a la voz y de la voz al sueño.

Batas blancas y manos como encías
Pasos leves de goma de ratones
Luz hendida, amarilla, luz que hiere
bisturí del más hondo hueco de sombra oculta
Luz de paredes blancas, anémicas de mármol
Nidos del algodón para lo verde y negro
de la vida y la muerte.

Mármoles y aluminios
que no empaña el reflejo ni el aliento ni el alba
de unos ojos de niño
Luz de allá de la llama amarillenta
para el aire del éter más fino de los cielos
Nidos del algodón
para las alas de los peces del alcanfor y el yodo
líquidos mensajeros de la muerte.

¡Oh, Saturno,
escafandra de siglos en mi siglo,
descenderás conmigo entre los brazos
a un mundo de sigilos.

Y detrás de la muerte —centinelas—
ojos de dos en dos vivos, cautivos.

Soy el último testigo de mi cuerpo

Veo los rostros, la sábana, los cuchillos, las voces
y el calor de mi sangre que enrojece los bordes
y el olor de mi aliento tan alegre y tan mío!

Soy el último testigo de mi cuerpo

Siento que siento
lo frío del mármol
y lo verde
y lo negro
de mi pensamiento

Soy el último testigo de mi cuerpo

        Sueños, 1933
 

LETRA MUERTA

Frío, universal paisaje de cosas que nadie usa
ajeno a los frutos y las aves.
Desconectado, íntimo mundo
en los cuartos del hotel
a donde entramos a descubrir el nuestro
mundo desconocido
en la primera desnudez frente al espejo
de la mujer primera
Eva en el paraíso metálico de un mundo
de la tones y níqueles, musical, pavoroso.
Jarra, plástica amiga de mi sombra de arañas
silenciosas
fieles a la frialdad de las paredes;
muebles desconocidos y rumores enanos
polilla de los bosques que tuercen la cadera de los
ríos;
luz de sombra amarilla
palabras de los climas y los hombres
que alguna vez grabaron su frente en el sudor de
las almohadas
y el calor de su sangre en la pared, la sábana y
lo triste del secreto.

Paralelo a los límites del agua
mi cuerpo ocioso y libre
recorre los suburbios del diamante y el ancla,
inolvidable impacto en la pared más blanca
y en el blanco más blanco de mi sangre y tu llama.
En un cuarto de hotel con ángulos y arañas
y sombras que apenas nos mutilan
la cara del reloj viajero en marcha
y el ímpetu interior de una palabra
y esa mano que crece, larga, y crece
a encender el cerillo y arrojar el cigarro
como una noche ardiente en la mañana de un viento
sin espalda.
Primera, eterna, noche de arrojo en los hoteles
sin retratos de familia,
sin calendarios,
sin llaves en las puertas,
sin costumbres y sin repeticiones.

Lucha viva de ángulos y plumas,
de sueños y distancias,
pureza de lo impuro para lectores pasajeros que
prolonguen el calor de su sangre en la pared y
en la sábana y en lo triste del secreto.

        Sueños, 1933
 

MUERTE DE CIELO AZUL

V. EN DONDE SE HABLA DEL CUERPO
SUJETO A LA ANESTESIA

Este cuerpo sellado por la inercia
vivo, sin voz ausente, sin sentido,
que al grito de los hombres no despierta
y el sueño arrastra a su secreto sino

Este cuerpo mi cuerpo sometido
a la niebla más niebla de mi muerta
soledad sin presencia ni destino,
perdido el aire sin saber la esencia

Este cuerpo sin voz, metal sin fuego
mano sin despedida que no muevo
brazo lirio de lava y de ceniza

Aire sin soplo de ternura verde
este cuerpo sin voz y a no es la vida
pero tampoco el sueño ni la muerte.
 

IX. FORMAS DE SUEÑO

Este busto de yeso que respira
lunas de noche antiguas y metales
rodillas mutiladas desiguales
que si la noche cubre el sueño mira

Esa mano de flores que conspira
al abrir y cerrar dedos cristales
sonrisa de coral ya sin corales
ajeno mar donde la voz expira

Estos ojos de verdes vegetales
que al fuego muerto de los goces gozan
y a lo oscuro me miran inmortales

Y esta sombra de luz donde se rozan
las almas y los cuerpos que reposan.
Vivos sueños, bellezas funerales.
 

XIV. A LA ALEGRÍA DE LA VIDA
Y DE LA MUERTE

Espíritu que nace de lo inerte
negación de placer, cuerpo dormido
indolente conciencia del sentido
que goza de la rosa de la muerte

Otro placer sin sombra ¿quién advierte?
¿quién muda de color, descolorido,
sin sentir en la sangre que lo ha herido
el paso sigiloso de la muerte?

Y si ese labio calla y otro miente
y es el cuerpo la letra y la medida
y el arte de morir es inconsciente

Color el agua sangre y no deserte
que al fuego de la sombra de la vida
no se escape mi sombra de la muerte.

        Muerte de cielo azul, 1937
 

TIEMPO

I

A tierra y cielo todos condenados
por los metales de la noche huimos
¿dónde termina el suelo que perdimos?
¿dónde principia el cielo que buscamos'

Ecos responden a nuestros llamados:
los poetas, espíritu decimos;
los músicos, silencio que medimos;
los pintores, materia que tocamos.

Pero entre lo invisible y lo sensible
del alma que imprecisa nos rodea,
fuente pura de imágenes y voces

en donde la belleza se recrea,
por la raíz del árbol de los goces
nos reclama la tierra, la visible.

III

Porque el tiempo se mide, no se cuenta,
su luz a la distancia sobrevive
el aire pierde espacio en la tormenta
y en el suelo lo extraño se percibe.

Porque el tiempo se goza, no se cuenta
la secreta aventura que se vive,
burlas de horror y sed nos alimenta
y en alta noche amor su mano escribe.

Cuando en los ojos de la infancia advierto
el color sin colores de la vida
que el agua de los años se diluye,

busca mi sed el agua que no ha muerto,
que aquí en la soledad de su guarida
el alma se hace, el cuerpo se destruye.

        Muerte de cielo azul, 1937
 

ELEGÍA

(No la amante, el amor...)

I

Recuerdos de la noche, los ausentes
que vuelven despojados de su luto,
haber vivido y muerto, flor y fruto,
asoman por lo oscuro de las frentes.

No fluye su pasado por las fuentes
que gozan de olvidar cada minuto,
ni niegan a la Noche su atributo
y estando son, aun sin querer, presentes.

Sólo la muerte, en la memoria, sabe
precisar la distancia de la vida
entre el vuelo y la flor, la voz que hiere,

o que fuego o ceniza preferida
deja el amor, cuando la amante muere
en brazos de algo inmaterial y grave.

IV

No la amante, el amor. La singladura
de la noche que arrastra fuego frío
por las venas del sueño, poderío
de la encendida palidez oscura.

El amor, no la amante. El goce mío;
la imagen que desbasto; la onda pura
que invade entre las ruinas mi locura
de tallar en diamante lo sombrío.

No la amante, el amor que le dio vida.
Lo que mi mano roza y estos ojos
desojan: lo que nace de la herida

soledad en la noche de mi sueño:
¡Encarnación que vive entre despojos
de la que soy —¡oh, dulce sangre!— dueño!

        Sueño y poesía, 1952


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