Marco Antonio Montes de Oca (1932)
 

RUINA DE LA INFAME BABILONIA
(Fragmentos)

I

Todo se ahoga de pena
y hasta las mismas escafandras
se amoratan bajo el mar.
El pulso, lo más cierto de un río con vida,
y la sal, estatua que nace demolida,
ya no reverberan.
un tajo súbito hiere esta latitud pasmada,
dispersa con su sombra
piedras de mi esqueleto
jamás soldadas.
¡Qué helado lugar, apenas hay buitres
y un inmenso bagazo rompe en lágrimas!
Aquí beberé agua inmóvil y verdosa,
lluvia que golpea las puertas del museo
donde los héroes se desnudan
tras el emboscado perfume de las momias.

Mi cuerpo ya no dobla espigas,
ni el rescoldo cede al yunque una sola chispa,
ni la parra sombrea el muro al rojo vivo:
está extraño el mundo
y se defiende contra el fuego que lo inventa.
Por eso más vale no acordarme,
no mirar el sitio
donde es repartida y destazada
la yema de mi juventud,
amargo sol caído
en que medran los gusanos.

Necesito más ojos o menos lágrimas,
vigor para colgarme
con ambas manos del párpado,
indómita cortina que al ser corrida,
borra las andanzas de mis pasos,
sepulta el atajo de cabras
y calma el jadeo de los belfos de mi herida,
hoy que muero aterrado, sin conciencia,
de espaldas al futuro que suele abrirse
cuando a los marinos que caminan en altamar
se les desfonda la suela del zapato.

Me duelen todos los jardines de la vida.
Me duele que la vida no me duela
como a esos topos que inflados de cascajo
llevan túneles al pedernal
y atraviesan densas fumarolas,
con todas las estrellas y los ríos
sentados en su espalda.
¡Oh mineros abrumados,
temblorosos tamemes del planeta,
contemplad, contemplad conmigo el aire negro,
las piedras que fueron un incendio
y casi una mirada!

Nunca estuvo tan extraño el mundo:
afilan los niños sus uñas en la cuna,
la barda enseña al sol los claros dientes
y la yerba piensa desde su cráneo de rocío
en campanas de barro y badajos de acero,
en armarios que se abren llenos de pústulas,
en esta hora cuya sinceridad traiciona,
pues nadie tiene certeza de lo cierto
cuando el cuerpo es un mero ataúd del corazón,
del corazón mantenido en alto
para descargarlos como piedra repentina
sobre el sueño y sus comarcas
de vidrio soplado.

II

¿En un mundo más estricto
no seríamos fantasmas?
Después de nacer
cada hombre combate por otros nacimientos.
A fuerza de nuevos forcejeos
obtenemos la vida
que no debemos a la carne.

Había mortajas
de las que una violeta escapada siempre:
sólo por crueldad supimos que tenía raíz
y que su muerte aumentaba el peso de las tumbas,
el peso de una voz
surgida por agrietamiento del silencio:
grito de hoja seca bajo la bota del relámpago,
intuición colmada, anegado instante
en que los muertos más profundos son de oro.
Bajo esa luz —¡Oh, Tiresias!—
vimos que el nacimiento de los niños,
hábil y seguro,
filtraba placentas de hojalata;
vimos, en aquel río perpetuo,
cabezas y brazos triturados,
piernas que se llenan de municiones
y se arrastran como enormes pájaros de plomo.

        Ruina de la infame Babilonia, 1953
 

CONTRAPUNTO DE LA FE

Colibrí, astilla que vuelas hacia atrás
y te detienes
y en picada avanzas
contra el pecho milenario del perfume:
en tus manos encomiendo
las generaciones todavía plegadas a mi carne,
las llamaradas de nieve en el diamante
y la coraza de súplicas que protege a la ruina
contra el definitivo polvo.
En tus manos y alas encomiendo
al siempre silencioso, al poeta
que rasga sus vestiduras hasta el hueso
y acoge a sus espectros
y les transmite nueva niebla
soplando una canción entre sus labios secos.
En tus manos encomiendo al niño marinero
que crece cuando le falta la piel
para tatuarse el perfil de cuanto sueña,
pues no le duele al revés del párpado
su propia carne vive,
ni el hombre al hombre,
ni la sal a las heridas del mar.
En cambio los niños sufren
cuando todavía vendados por un vientre,
sólo contemplan la luna
si su madre bosteza.
Por lo menos un niño de la familia sufre,
pasa las de Caín y las de Abel
cuando en la fiesta que el adulto sólo complace,
deshila la masca un pezón de trapo
en el sofá que doran por igual
sus bucles y el siglo
Mas yo voy a halarte de tus lágrimas,
niño de hueso y encajes,
flama, lumbre abovedada
que no decreces cuando más te brilla la cabeza.
Y a ti, niño sin zapatos ni pan,
te alzaré por el lóbulo de la oreja
—asa por donde otros toman tu pequeña malicia.
Voy a extraerte de tu overol,
ese caracol azul pegado en las esquinas
donde tu hambre se enrosca
junto al escaparate iluminado.
Voy a librarte de los espejismos que cortan.
Hay para ti inéditos lugares,
países envueltos en celofán
y luces nacidas en el arcoiris
que empapelan de mariposas la carne al descubierto;
hay pinos altos que ahorran caminatas a la lluvia,
juncos alzándose en llanuras de espuma
donde uno corre golpeándose en el cuadril
o monta escobas de rubios belfos
que van a buscar cebada al horizonte.
Entretanto, olvidaré fastuosos convoyes que vierten zafiros
mientras avanzan,
olvidaré funámbulas imágenes que cruzan el arco incendiado
de mis ojos,
pero tú, colibrí, jamás olvides a los niños.

........................

Aprisa fuego, nube, espuma invencible
que soportas meteoros en tu pecho:
álzate más aún,
calza los invisibles coturnos del halcón,
mira si el ojo como el pez,
embalsamado por la transparencia
y salado para la única travesía memorable,
al epitafio de todo esplendor anula;
dime si habrá polvo sobre el polvo,
turbulencia y opacidad,
espinas sin cuento emponzoñado
el aire de oro que la tarde suspende
sobre las cunas habitadas.
Aprisa fuente, borbollón,
hombre súbito de mica:
ábrenos el camino a la buscada complacencia del sol,
pues el corazón merece ser inmortal
y lo que muere
tiene poco tiempo para volverse eterno
y llevar dos ejemplares de cada especie
a su bamboleante Arca de Noé,
poco tiempo en verdad para morir
con las manos del mundo entre sus manos
o retratarse sobre el vivo terciopelo de la yerba,
flanqueando por la familia
y el sediento colibrí.

........................

Mas si la pluma pierde al pájaro,
alivia su nostalgia montada en la cola de la flecha,
si la puerta del cielo no se abre,
con alas de madera el cucú la entorna nuevamente.
Cuando haya súbitas anemias en el sol
y lívida se torne la pradera,
que el amor nos extienda contraseña
y entremos a los talleres incansables de la luz
buscando formas que recuerden al pegaso,
al pegaso que lleva herraduras de flores
por si hubiera de pisar
las atropelladas impurezas de la tierra.
Más hondo que las estaciones
los seres vivos se disfrazan:
no es fácil que un palo ya ceniza,
abra las valvas de los astros
ni que devuelva a la superficie
la moneda extraviada en el estanque.
Tal vez en la faceta solar menos empañada,
se libere lo que es inútilmente libre
como un barco en el desierto.
No sé, tal vez, quizá
uno se procure el entusiasmo de ver al mundo como es,
el cuidado que merece la torre desde que es un ladrillo
y la fuerza, la suplicante fuerza
que no es dolor sino paciencia,
paciencia para nada,
paciencia para limpiar un lirio limpio
y la ola de tiempo que disipa al fósil.

........................

Y el túnel rápido pero insorteable del destello,
el esqueleto de una guitarra inseparable de sus venas,
la palabra arrepentida frente al infinito,
y todo, todo lo que es amable y amado,
mirando al pájaro que es todavía cárcel de muchas cosas,
se consume,
coro de rocas mudo sin el viento.
Nunca estará el alba con nosotros todo el día,
ni el crepúsculo se precipitará entre los buzos
que tuercen sus cables en lívidas preguntas,
en hipocampos que siembran la interrogación de su cuerpo,
bajo su verde tumba remota.
Insondables capas de musgo
vendan arrecifes,
pero nada posterga el choque de la nave,
ahora que está por desprenderse
la lágrima de la que cuelga el mundo.
Por si esto no bastara,
en mi pensamiento solo hay fuentes
que apoyan instantáneos siglos
en bastiones de cristal;
sólo veleros que renuncian a sus orillas de madera,
sólo troncos sin memoria hundiéndose,
igual que la dulce Ofelia
tan mal asegurada en la canoa de su vestido.

........................

Como vigía de cuello especial
gira el girasol sin desnucarse
y otea la balsa en el oleaje
y el insomne vaivén del sueño,
pues ya no sabe a qué atenerse
ni qué estrella apedreada resiste más miradas.
Pronto se nos irá la vida en pedir
burbujas imposibles que limen al erizo,
se nos irá la vida buscando
un cofre para los cascos de la res en estampida,
se nos irá la vida cojeando con sus pies perfectos,
se nos irá la muerte propia
cuando la caja de Pandora
levante la tapa con sus propios músculos
y vierta azufre en el pan
o delate al nido
en que se alzan águilas de vapor
sobre golfos de claridad serena.
Aquí donde la montaña se saca de la bolsa un río,
y el mago, un montón de veleidades que azoran,
oiremos cómo e desprende el ancla leve
que a la tierra nos sujeta,
veremos el efecto de la tromba
sobre delicados alambristas.
Y la flama de borde azul,
la indecisa flama
que ni remonta ni se pliega al suelo,
el cornetín y su botonadura de charro,
el guajolote y su pañuelo de carne,
La piedra viva y sus reflejos de rígidas patas,
el tiempo y su corona de latidos,
el crepúsculo y su piel de onagro,
la novia nocturna y su ramillete de luces de bengala,
cada palabra y su objeto más querido,
separados por un instantáneo bisturí
en la sombra lloran por su perdida sombra.

He aquí que al fin estalla
la central imagen de las cosas,
estalla la caverna donde ya no caben la soledad ni el desolado,
el pálido ruiseñor que recuesta la cabeza
en la sombra de sus trinos,
el océano en que demonios sonrientes
entran a sacudir como banderas
saurios colosales ahí enterrados.

Un luto enorme se esparce en el silencio,
se espantan la rama y el rasguño,
la fiera y el herido;
el rencor de un átomo desportilla al sueño entero
y sobre la tinta del calamar fumoso
y en el ácido que carcome los trastabillantes cimientos del
planeta,
sobre palabras desterradas de sus vainas de aire
y en la pólvora que acentúa la noche de los túneles,
sobre inexplicables cementos que se ablandan con las horas
y en movedizos mosaicos de caleidoscopio,
—el pie rasgado en encrucijadas
antes que sus pasos—
afirman su cariño a la certeza.

........................

Cuando la paciente araña
colgó su primer hilo en la boca del cráter,
el volcán no pensó que la fuente de su ira
pudiera ser tapiada.
Mas la araña babeando sus hilos
logró tejer un lienzo inmaculado,
un sueño resistente a las emanaciones del azufre.
El fuego que burlan salamandras
es el fuego que consume al fénix.
El fuego que el fénix sortea
es el fuego que acaba con la salamandra.
Haciendo haces de heces,
la mujer que espera y llora la lluvia
y se plancha la nariz tras la ventana,
sabe ya cosas que no encontrará
en el radiante limbo de la resurrección
porque respira en la medialuz de un territorio increado,
vive entre el vapor y el acero,
entra la niebla sedentaria
y el incienso que se eleva.
Colgada del hilo de las posibilidades
—la mujer que espera y llora la lluvia—
ha cercado a sus demonios haciéndolos ángeles
de una misión cumplida,
ha teñido con alquimias lo invariante
y cuando la salamandra de la ley se fatigue de vencer,
su fresco instinto entronizará deseos en la evidencia.

¿Tiemblas marino? ¿La joya del sol
es demasiado sol para tus párpados?
¿Sueñas en tu orfandad que un padre viene
y sacude, con su mano sobre tus manos,
el tronco de las constelaciones?
Solo y sin soledad,
a veces muerto del suicidio natural
o asesinado por las preguntas que se enroscan en su desamparo,
el corazón pule su rostro a cada traspié
y lo ensucia nuevamente.
Así ha de ser,
a eso estamos condenados
hasta que en las postrimerías de la temporada de la muerte,
manos prometidas acaricien nuestras sienes
y rediman la jornada en que fuimos precipitados.
El solo golpe de un guante perfumado
estremecerá de nuevo zonas agotadas.
Cuando el sueño suena, agua lleva.
Después de un desmayo,
después de una pequeña huelga de la vida,
el corazón será ofrecido y aceptado
en el umbral de su nuevo país.

        Contrapunto de la fe, 1955
 

ALA

                                     A María Díaz de González Cosío

Ala que me ayudas a darle nombre a cada yerba,
Sólo cataplasma que tolera el cielo herido,
Ala capaz de abofetear el interior de una pagoda
Y de hacerla estallar en miles de mosaicos rotos;
Ala en desorden,
Vivo abanico para las estrellas
Siempre sentada en su gran temperatura,
Ala pacífica, pulso de la claridad,
Sombra que das vuelta a las páginas del jardín,
Ala religiosa,
Ala magnífica,
Parasol de seda sobre la salamandra ardida;
Ala que arrancas al arpa taciturna
Instantáneos alaridos,
Ala espléndida,
Ala repintada con dos manos de escarcha:
ahora estás en mi puño
Enrollada como un florero
Donde surgen, tallos súbitos,
El mito y la certeza.

        Vendimia del juglar, 1965


Regreso a la página principal