Renato Leduc (1898-1986)
 

LOS BUZOS DIAMANTISTAS

I

Una nítida noche, en que la pedrería
sideral deslumbraba,
los buzos-diamantistas, en santa cofradía,
descendimos al mar...

Puede ser —nos dijimos— puede ser
que la luz de Saturno, diluyéndose, forme
algún extravagante sulfato, alguna gema
nunca vista jamás...
Puede ser, nos dijimos...

II

Lunarios opalinos. Academias
rutilantes de nácar y coral,
donde monstruos socráticos decían
que sólo siendo feo se puede ser genial...

Dialéctica suscinta de un sabio calamar:

Seamos impasibles, sublimes y profundos
como el fondo del mar,
si no por altivez, por desencanto
imitemos el gesto del océano
monótono y salobre...

Es lo mismo que un astro se derrumbe,
o que muera un gusano.
Seamos impasibles como el fondo del mar.

III

Y después —Oh, adverbio ineludible—
una joven medusa iridiscente
embrujó nuestros sueños...
¿Qué doncella mortal puede tener
su encanto deleznable, y sus pupilas
que fosforecen vírgenes de llanto?...

Una vez nada más, entre dos aguas,
contemplamos su grácil navegar.
Como el rey Apolonio, ahora decimos:
Yo tuve un nombre,
un bello nombre que perdí en el mar.

IV

En un cielo violáceo, bosteza Lucifer.
El ponto está cantando su gran canción azul.
Los buzos-diamantistas, en santa cofradía,
volvemos a la tierra, a vivir otra vez.
Traemos del abismo la pesadumbre ignota
de lo que pudo ser...

        El aula, etc., 1929
 
 

TEMAS

No haremos obra perdurable. No
tenemos de la mosca la voluntad tenaz,

Mientras haya vigor
pasaremos revista
a cuanta niña vista
y calce regular...

Como Nerón, emperador
y mártir de moralistas cursis,
coronados de rosas
o cualquier otra flor de la estación,
miraremos las cosas
detrás de una esmeralda de ilusión...

Va pasando de moda meditar.
Oh, sabios, aprended un oficio.
Los temas trascendentes han quedado,
como Dios, retirado de servicio.
La ciencia... los salarios...
el arte... la mujer...
Problemas didascálicos, se tratan
cuando más, a la hora del cocktail.

¿Y el dolor?, ¿y la muerte ineluctable?...
Asuntos de farmacia y notaría.
Una noche —la noche es más propicia—
vendrán con aspavientos de pariente,
pero ya nuestra trémula vejez
encongeráse de hombros, y si acaso,
murmurará cristianamente...

                          Pues...

        El aula, etc., 1929
 

ALUSIÓN A LOS CABELLOS CASTAÑOS

Así como fui yo, así como eras tú,
en la penumbra inocua de nuestra juventud,
así quisiera ser,
mas ya no puede ser.

Como ya no seremos, como fuimos entonces,
cuando límpida el alma trasmutaba en pecado
el más leve placer.
Cuando el mundo y tú eran sonrosada sorpresa,
cuando hablaba yo solo, dialogando contigo,
es decir, con tu sombra,
por las calles desiertas,
y la luna bermeja era dulce incentivo
para idilios de gatos, fechorías de ladrones
y soñar de poetas.

Cuando el orbe rodaba sin que yo lo sintiera.
Cuando yo te adoraba sin que tú lo supieras

—aunque siempre lo sabes, aunque siempre lo sepas—
y el invierno era un tropo y eras tú primavera
y el romántico otoño corretear de hojas secas.

Tú que nunca cuidaste del rigor de los años,
ni supiste el castigo de un marchito ropaje;
tú que siempre tuviste los cabellos castaños
y la tersa epidermis, satinado follaje.

Tus cabellos castaños, tus castaños cabellos.
Por volver a besarlos con el viejo fervor,
vendería yo la ciencia que compré con dolor,
y la tela de araña que tejí con ensueños.

Así como fui yo, así como eras tú,
en la inocencia tórrida de nuestra juventud,
así quisiera ser,
mas ya no puede ser...

        Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario, 1933
 

INVOCACIÓN A LA VIRGEN DE GUADALUPE
y a una señorita del mismo nombre: Guadalupe...?

Hay gente mala en el país,
hay gente
que no teme al señor omnipotente,
ni a la beata, ni al ínclito palurdo
que da en diezmos la hermana y el maíz.

Adorable candor el de la joven
que un pintor holandés puso en el burdo
ayate de Juan Diego.
El sex-appeal hará que se la roben
en plena misa y a la voz de fuego.

Tórrido amor,
amor no franciscano el que le brinda
año por año turbulenta plebe
mientras pulque y fervor
en frescos jarros de Oaxaca, bebe.

Una reminiscencia: Guadalupe
era tibia y redonda, suave y linda.
Otra reminiscencia:
a ella fui como el toro a la querencia
por ella supe todo cuanto supe.

Negra su cabellera, negra, negra,
negros sus ojos,
negros como la fama de una suegra,
tan lúcidos provocan y tan propios
el guiño adusto de los telescopios.

Vestida de verde toda
iba —excepto los labios rojos
y los dientes— vestida de verde-oruga,
verde-esperanza o lechuga,
verde-moda.

El indio grave que a brazadas llega
mar cruzando, picada de aspereza,
a su santuario;
y la mujer infame que navega
con virtuosa bandera de corsario...

Ojos dieran, los ojos de la cara
sólo porque a la vuelta de una esquina
la pequeña sonrisa que ilumina
de luz ultraterrestre su cabeza,
les bañara...

La flapper y el atleta
piernas dieran —milagros de oro y plata—
si la clara
ternura de esta Virgen les bañara
al llegar a la cama o a la meta.

Manos de oro colgara
manos, el acreedor hipotecario
colgara, y el ladrón y el funcionario
si sus ojos veteados de escarlata
esta risa una vez iluminara.

Amapolas
que en un suspiro se deshojan solas;
testimonios fehacientes de mi fe;
rosas inmarcesibles... por un día
opio de teponaxtle y chirimía.

Anhelantes de sed y de impotencia
en turbias fuentes beberemos ciencia...
¿para qué...?
Si el caramelo que mi boca chupe
será siempre tu nombre: Guadalupe...

        Breve glosa al Libro de Buen Amor, 1939


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