David Huerta (1949)
 

DECLARACIONES
 
                                 ¿En qué mina del fantasma recoges un extremo de tu
                                 diferencia y conduces la amarga constatación a mis
                                                                            lugares y mis colocaciones?

No distingo en ti nada que no sea mi propia semejanza
y sin embargo tus ojos esconden toda la inquietud que deseo
—como deslizarse en un clima de goce detrás de la arenosa postura del tiempo,
como brillar lateralmente sobre la superficie tensa de No Existir,
como llenar de polvo el cuerpo, sereno y horizontal, puesto en lo profundo de una tarde sangrienta.

Desato estas declaraciones únicamente para escuchar el roce de las letras
en un rostro, mientras lees con una seca disposición
y te inclinas en las estrías invernales de una luz acerada e indiferente.

Me gustaría entintar los labios del conocimiento y aproximar la boca, en un frío desmayo,
a esa mirada lisa y turbia, a ese mundo de voces tuyas, obsesionadas.

Mi boca tendría entonces marcas tibias, agrias señales para la distancia que me atraviesa
—esta distancia o espejeo, desde mi cara, borrada por una sequía y un emblema,
hasta el otoño de mis pies: distancia como un ídolo en los delgados nudos de lo que llamo la visibilidad.

En un rincón escribí: "Es tarde en mi boca para desear la blanca prueba de tu carne,
mi deseo es todas las espinas que sostienen al ojo que te veía
—esa materia dulce, curvada hoy en los arrancados grafitos de su tejido..."

        Versión, 1979
 

NOCTURNO

Milímetros de ti convergen ahogándose, bajo la noche, en la fantasía
de toda la transparencia empozada en el cuarto.

Tu mirada oscila con un cerrado esplendor,
y en tu saliva surgen pedazos de nombres, alas de quemaduras: la noche resuena en tu paladar
con paso lentísimo de larva y roce tibio,
de animales numerosos extraviados en el reino de tus ropas,
mezcladas de cualquier modo en la silla sombría,

bajo techos muertos y lúcidos, recogido tú en los dones del sueño
sobre tu cabeza hipnotizada de silencio.

        Versión, 1979
 

TRES ASTERISCOS

                                             a Vicente Rojo

uno

Voltear la cara de los objetos en la puerta del ojo
para atestar las venas de la materia con una pulida penumbra: Ésta es
la magia de la otra mirada,
el existir del agua bajo un brillo que se desata,
un voraz deslizarse detrás de hurtos diseminados,
desprendimiento de voces que examinaron el cerco de sus partículas
y abren ahora bocas en el muro de la luz más oculta...

dos

Sobre un surco de garganta, la minúscula traza de la sonoridad
—germen de pétalos
en esa blanca fisura, su cautela obligada es quilla o chispa: en el silencio
donde cumple sus aproximaciones: ¿Oyes, bajo la duda de tus manos,
esta punta de murmullo –escuchas cómo, en el apagarse de la sombra,
vibra en la raíz del aire esta sospecha?

tres

La imagen intersticial es un lenguaje negro, sin revés,
despierto en la frescura de una placa plabral
donde se interrogan, por su centro posible, las dos respiraciones.

        Versión, 1979


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