Jorge Hernández Campos (1921)
 

TÚ ERES PIDERA


eres
piedra
y sobre esta piedra
fundaré lo impalpable
la mirada en la nube
el viento entre los árboles
el calosfrío que divide
el agua
de la piel
la desgana.


eres
piedra
y sobre esta piedra
dura
egoísta
dispondré lo efímero
deleznable
la flor en la oreja
la juventud
y si muchos pecados
mucho
también
arrepentimiento.


eres
piedra
y sobre esta piedra
quemaré la casa
pero edificaré

el vino
la cama
revuelta
el amor repudiado
todo lo que
mísero
nos desnuda.

Y las puertas
del infierno
no prevalecerán
contra ello.

        A quien corresponda, 1961
 

VUELVE FLECHA DE AMOR

Vuelve flecha de amor
a la tímida fiera que te huía,
y en la boca tú, llaga,
apetecida
posa de nuevo
tu elocuencia.

Como vino derramado muchas veces
en la memoria,
que tu púrpura
una vez más
me inunde.

Y si no con amor
al menos por la gracia
de haber amado un día
certero vuelve
poema,
vuela,
infortunio,
numerosos,
infinito
tú mismo

que aquí tú me escapaste
dejándome de nuevo
desprovisto.

        A quien corresponda, 1961
 

DICIEMBRE

En estos últimos días la gracia de Dios cubrió
                    de escarcha la tierra
Nada tan bello como las cepas negras
                    sobre lo blanco
Ni tan delicado como el piar de los gorriones
                    en el estercolero
Y el viento invernizo que aflige y hace comprender
                    lo escuchado
Estamos en corro: Bernardo, el primero en llegar,
                    Silvestre, Egido, Sabatino,
Morico, Filippo, sobre el suelo, sentados o de rodillas
                    los trece, Giovanni,
Bárbaro, Angelo, Bernardo di Vigilante, y el otro
                    Giovanni, di Capella,
que me entristece porque se buscará la muerte
                    en la garganta.
Comemos pan y queso. La niebla entra
                    por el tejado
y nos moja las manos el queso y el pan
                    Estos varones
no comen para sí, en sus cuerpos: comen
                    como lluvia.
Cada bocado es una rosa; las barbas llenas
                    de migajas,
son como la rama del durazno en agosto.
                    «Frate ásino» tirita
yo me gozo en su insignificancia y le digo mañana
                    iremos a Spoleto
cantaremos por el camino, mendigaremos, nos llamarán
                    vagabundos.
En tanto debemos orar y llorar. La luna esplende
                    sobre el cielo de Perusa
mas el silencio huye por el rumbo
                    de Nardi.
En la noche tiembla como canto de cítara
                    la perfecta alegría
y yo soy tu andrajo, tu vaso roto, tu cera quemada
                    ¡Iddio mio! ¡Iddio mio!

        A quien corresponda, 1961
 

PADRE, PODER

                                                A Octavio Paz
                            y a la memoria de Pasolini

Un tiempo creí que mi padre era el poder.
Cuánto le odiaba mi corazón de niño
por el pan, por la casa, por su paciencia,
por sus amantes,
por el odio revuelto de lujuria
que le dividía de mi madre;
pero sobre todo, cómo le odiaba
por su certidumbre, por el peso
de cada su palabra, por el gusto
definitivo de su mano robusta, por el desprecio
de su sonrisa difícil.

                      A veces, yo corriendo, él en bicicleta,
                      lo miraba alejarse, pie izquierdo, pie derecho,
                      triunfando sobre el empedrado,
                      en perfecto equilibrio
                      de intenciones y fines
                      y yo quedaba cierto de que él era el poder.

Más tarde, preocupado por lo que yo creía política,
pensé que en el poder era mi casa, y que
el Presidente, pie izquierdo, pie derecho,
en perfecto equilibrio de reales medios y ficticios fines,
era nuestro padre, glorioso ciclista
que se iba, mientras nosotros, yo,
quedábamos atrás, jadeantes, en el polvo del fútil idealismo.
Cuánto le odié entonces, al Presidente, por el pan,
por la sal, por la paciente injusticia
con que podía matarnos en aras de nuestro propio bien.

                      Cuántos años maduros quemé clamando
en poemas, artículos, acres vituperios,
por una más limpia convivencia con
el dador de la vida, el
principio del verbo, el pilar de la casa. El

Hoy, mi padre tiene ochenta y cinco años y
casi ciego va por entre los muebles, las manos
por delante,
arrastrando los pies con pasitos de títere,
los pantalones ólos mismos de hace treinta añosó
flojos, como de pulchinela, en torno
a las zancas raquíticas, y
ya no más seguro, ni vencedor, antes bien
temeroso de la muerte que le hará tropezar
en un palo de escoba,
cuando voy a encontrarle ahora dice ¡hijo,
qué bueno que llegaste, anoche te soñé que vendrías!
y me explora la cara con sus dedos de guante.

Y yo me conmuevo porque
ya estoy en la edad que tenía
en ese entonces, y porque
hace ya mucho tiempo le perdoné
como espero que un día me perdonen mis hijos
cuando ellos descubran, a su vez, que no soy
que no he sido,
el poder.

Porque el poder es ese pétreo mascarón
que resurge
cada seis años
siempre igual a sí mismo, siempre
reiterativo, ambiguo, obtuso, laberíntico,
siempre equivocado,
e incapaz, que para eso es el poder, de enmendar
y aprender,
y nada es posible perdonarle, como tampoco
hay nada por qué odiarle.

No le habitamos. Nos habita
como un mal innecesario, o como un vicio
del espíritu;
es nuestra larva, nuestro parásito, nos horada
como a carne, nos acosa como a cuadrúpedos, reprochándonos
mientras nos desgarra,
que seamos ingratos, impacientes, hostiles:
esta bala, nos dice, me duele más
en el pensamiento
que a ti en los sesos.

No lo vivamos más pacientes, como pasión,
sino como un problema de virtud.
Neguémosle el prestigio que atribuye
a sus propias hazañas, echémoslo de la conciencia
como a una mala yerba, pensemos
que la historia, la de verdad, es la mía
o la tuya, la de nuestra muerte,
y no esos embustes con que
él traza su legitimidad;
probemos que la república podría
ser la revulsión o el entusiasmo
con que leíste estas líneas,
y no, para acabar, todo eso que no es
todo esto no fue, todo eso que no seguirá siendo,
oh, el revés de ese amor, ese perdón tardío, ese silencio entre
mi padre, yo, mis hijos, los hijos de mis hijos,
este país, mi fiebre, mi pesadilla,
mi crimen cotidiano, mi
estupidez.

        A quien corresponda, 1961


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