Jaime García Terrés (1924)
 

LA BRUJA

La Bruja, le decían,
porque soñaba fuego solitario
en cada uno de los rumbos
de su cuerpo. Iba

caminando en silencio
hasta llegar al páramo.
Y de pronto sentía que sus manos
ardían como soles. Un alud
florecido quemaba la llanura.

Y «la bruja, la bruja»,
gritaban los niños.

A la orilla del aire lloraba
lágrimas solas
y candentes. Todas
las tardes en el mismo sitio.

Llena de luz. La boca henchida
de mansas oraciones mudas.

Y a la orilla
del aire, todavía
llueve lumbre cuando reverdece
su memoria perdida;
y «la bruja», murmuran
las voces de los niños.

        Las provincias del aire, 1956
 

UNA INVOCACIÓN: (Guanabara)

¡Dientes del sur! Caverna de aire vivo.
Deja que ciña mis andanzas
                                         —todavía—
con tus cifras azules.
Que la piedra marina y orgullosos
hechice blandas treguas en mi boca.
Déjame
tenerte palmo a palmo
tendida, sin resuello, sobre el tiempo.
El sur nace en los barcos,
                                       a medio mar.
Allí quiebra los límites del día.

Danza (borracho) entre la sal. jadea
libre de todo rumbo, destrenzado.
(Nace en cubierta, como un pez enorme;
y luego se derrama
hasta colmar de fuego el horizonte.)
Por fin, violento náufrago,
alcanza la bahía torpemente...
Y los negros le gritan cosas duras.
(«Asesino» lo llaman
y «cobarde».)
Ya lo conocen. Temen su locura:
el sur viene del mar y huele
a latigazos de amapola.

Cautiva palpitante.
Baña
de luz mi garganta.
Yo sembraré las olas en el viento;
gritaré para siempre las albas erizadas.
Besa, rompe mis labios,
Que me hieran
los incendios fugaces de tucuerpo vendido,
bocanadas azules, cercanía.
Abre la luz
del cielo, Guanabara.
Y soñaremos juntos la jornada.

        Las provincias del aire, 1956
 

IPANEMA

El mar es una historia
que llevo entre los ojos y la sombra
de mis ojos, desleída
ya por los años y sin brío.

Ya se me escapan
sus ecos mal nacidos, sus lugares
de gruesa burla. Pero todavía
llueve la tarde en Ipanema,
a través de los años,
contra mis pupilas:
llueven copos de sol. Y se desgajan
en un débil combate las hileras de casas.

        Las provincias del aire, 1956
 

CANTAR DE VALPARAÍSO

¿Recuerdas que querías ser un poeta telúrico?
Con fervor aducías los admirables ritos del paisaje,
paladeabas
nombres de volcanes, ríos, bosques, llanuras,
y acumulabas verbos y adjetivos
a sismos o quietudes (aun a las catástrofes
extremas del planeta) vinculados.

Hoy prefieres viajara a medianoche, y en seguida
describes episodios efímeros.
Tus cuadernos registran el asombro
de los rostros dormidos en hoteles de paso.
Encoges los hombros cuando el alba precipita
desde lo alto de la cordillera blondos aluviones.

¿Qué pretendes ahora? ¿Qué deidad escudriñas?
Acaso te propones glorificar el orbe claroscuro
del corazón. O merodeas al margen de los cánticos,
y escribes empujado ya tan sólo
por insondable apetencias,
como fiera que busca su alimento donde la sangre humea,
y allí filos de amor
dispone ciegamente.

        Los reinos combatientes, 1961
 

LETANÍAS PROFANAS

En oleaje caviloso digo
los nombres de la grey, los nombres pardos
y los candentes. Digo Santiago, Pedro, Juan;
el signo de la madre plácida
entre nublados laberintos;
la fama quejumbrosa de los sacerdotes;
los apodos rebeldes que suscita la horda.

Oh denominaciones, oh ruido.
Arroyos al dolor, amor que nos rodea siempre vivo
en un alba de voces. Oh mundo compartido,
este decir nosotros, llamar a cada uno
por el carnal rumor que lo designa,
convocar a los labios la multitud esquiva.

¡Cantad, cantad en mí, diferentes hermanos!

Con la llaga de aquel y la cobarde
mansedumbre del otro, con la sábana
del moribundo, los desprecios, la sed infatigablemente
purificada, con el frenesí disperso
allí donde siembra el agobio su cuchillada sacia,

urda mi boca los peregrinajes
al despertar común; y fúndase en la salva
mi soledad abierta, soledad partícipe.

Formas de cuantos sois conmigo
dentro del coro unánime: Saúl, un carpintero
cualquiera, dedos que redimen
la sumisión del árbol. Veneran, sortílega.
María, forastera de gráciles asombros.
Generoso, tal grave capitán de navío.
Jerónimo, verdugo sin historia. Más los
otros, amargos o felices,
ágiles, depravados, inocentes, vencidos,
escoria de la cárcel o vagabundos tenues,

Santiago, Pedro, Juan. Y tú, velado amor
por quien surte mi lengua muchedumbres
y devociones; nombre feraz de cuya música
se derraman conjuros incesantes.

Resonad en la blonda cúpula del otoño.

        Los reinos combatientes, 1961


Regreso a la página principal