Sergio Cordero (1961)

BIBLIOGRAFIA POETICA:

Testimonio del día, 1983; Vivir al margen, 1987.

DESEO DE RAICES

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo

RUBEN DARIO

ESTA MAÑANA algo se detuvo

y muy a pesar mío

espero en un sillón,

deseoso de raíces.

Quiero sentirme árbol

no para dormir

ni para morir menos

-bastaría con echar a la basura

mi endeble filosofía de la vida-;

simplemente

me duele la cabeza.

A los árboles nunca

les duele la cabeza,

nada saben

de mis antesalas

en sillones cafés imitación cuero

mientras contemplo la miseria azul

de mis zapatos tenis.

Algún día

-sin embargo-

consumiré el pasillo.

Más vale no correr sobre su banda

sin fin. (Por un tropiezo,

el que tenía bajarse de la cama

saltó del piso diecinueve.)

Dejará de dolerme la cabeza

y volveré a sentir calor o frío

pero emociones no.

Terminará esta envidia de raíces

donde el árbol espera para darse

y yo para pedir.

Vivir al margen, 1987

BITACORA DEL REGRESO

¿no es el acto que apresa la ironía

obstinado creador de mis recuerdos?

1

¿dónde están las paredes que viví?

remuevo el barro fresco

de las casas antiguas

y descubro

los rasgos de mi padre

2

porque hay días que no puedo perder

en esta ciudad ciega

yo la amo

aquí la luz se da como los frutos

es un sitio cuidado desde el simple poder

de una mirada

mordiéndose los labios

3

pon las manos en la noche más alta de tu pecho

asómate al abismo

la pregunta

confiesa tu rencor por esta tierra

deseas que vaya al sitio donde el sol

ha secado mis pasos

y por eso al tocarte

me acaricio

Vivir al margen, 1987

LA BICICLETA

A Minerva Villarreal

LA BICICLETA

lanza su sombra al pavimento

-interminable cinta-

como sólo ella sabe.

La sombra crece, se estira allá, muy lejos,

y alcanza la otra orilla;

luego viene y me cuenta

o, si no,

desaparece, se pierde en un suspiro

y otra surge despacio

para cubrir la ausencia

de la sombra que somos mi bicicleta y yo.

Continúo pedaleando,

ruedo vertiginoso,

me trago el pavimento de esta noche;

luego miro el reloj: la una quince.

Me hundo lentamente por el paso

a desnivel, desaparezco apenas,

pero vuelvo a surgir del lado opuesto

como si así espantara a una parvada

de pájaros chillones

y el mar, atrás, me fuera persiguiendo.

Finalmente, cansado, adolorido,

me detengo a las puertas de la casa.

Dejo la bicicleta en la cochera;

reclino sus manubrios pensativos

-el niquelado brillo de su acero-

y mi propio cansancio

de cara a la pared.

Vivir al margen, 1987