Rubén Bonifaz Nuño (1923)



Y NUEVAMENTE ABRIL A FLOR DE CIELO...

Y nuevamente abril a flor de cielo

abre tus manos tibias, y yo canto

el júbilo entrañable y el espanto

que en mi sangre derramas con tu anhelo.

Amo la gravidez del alma, el vuelo

por la caricia que hasta ti levanto,

y el fuego triste hallado en el quebranto

de la distancia -aborrecible velo-.

Amor: abril, tu cómplice, desvía

la ruta del temor que disminuye

y disfraza de fiesta su agonía.

Eres abril de nuevo, amor, y nada

escapa de tu ser: todo confluye

a cobrar plenitud en tu mirada.


HAZ QUE YO PUEDA SER, AMOR, LA ESCALA...

Haz que yo pueda ser, amor, la escala

en que sus pies se apoyan, el torrente

de luz para su sed, o, suavemente,

el cauce en que su vida se resbala.

Sólo soy un espejo para el ala

de un ángel dividido, que así siente

que le soy necesario, y dulcemente

a mi dolor su claridad iguala.

Y eso es todo, amor: sólo un reflejo.

No escala, luz ni cauce, en que pudiera

subir, brillar, o transcurrir ligera.

Unicamente el sueño de un espejo

mudo a veces, y opaco, en donde anida

la imagen solitaria de su vida.


ALGUNA VEZ TE ALCANZARÁ EL SONIDO...

Alguna vez te alcanzará el sonido

de mi apagado nombre, y nuevamente

algo en tu ser me sentirá presente:

mas no tu corazón; sólo tu oído.

Una pausa en la música sin ruido

de tu luz ignorada, inútilmente

ha de querer salvar mi afán doliente

de la amorosa cárcel de tu olvido.

Ningún recuerdo quedará en tu vida

de lo que fuera breve semejanza

de tu sueño y mi nombre y la belleza.

Porque en tu amor no alentará la herida

sino la cicatriz, y tu esperanza

no querrá saber más de mi tristeza.


TÚ DAS LA VISTA A MIS PUPILAS CIEGAS...

Tú das la vista a mis pupilas ciegas

y a mi voz la ternura que te nombra;

amor, cuánta amargura, cuánta sombra

se destruye en la luz en que me anegas.

En hoces claras a mi pecho llegas

y la esperanza al corazón asombra,

por ti la mano del olvido escombra

los restos tristes del dolor que siegas.

Por ti vencido, el peso de la angustia

inútilmente ya su fuerza mustia

contra tus simples luces abre inerte.

Amor, ardiente lámpara en la oscura

soledad, segador de la amargura.

Está lejano el miedo de perderte.


PARA LOS QUE LLEGAN A LAS FIESTAS

Para los que llegan a las fiestas

ávidos de tiernas compañías,

y encuentran parejas impenetrables

y hermosas muchachas solas que dan miedo

-pues no uno sabe bailar, y es triste-:

los que se arrinconan con un vaso

de aguardiente oscuro y melancólico,

y odian hasta el fondo su miseria,

la envidia que sienten, los deseos:

para los que saben con amargura

que de la mujer que quieran les queda

nada más que un clavo fijo en la espalda

y algo tenue y acre, como el aroma

que guarda el revés de un guante olvidado;

para los que fueron invitados

una vez; aquellos que se pusieron

el menos gastado de sus dos trajes

y fueron puntuales; y en una puerta,

ya mucho después de entrados todos,

supieron que no se cumpliría

la cita y volvieron despreciándose;

para los que miran desde afuera,

de noche, las casas iluminadas,

y a veces quisieran estar adentro:

compartir con alguien mesa y cobijas

o vivir con hijos dichosos;

y luego comprenden que es necesario

hacer otras cosas, y que vale

mucho más sufrir que ser vencido;

para los que quieren mover el mundo

con su corazón solitario,

los que por las calles se fatigan

caminando, claros de pensamientos;

para los que pisan sus fracasos y siguen:

para los que sufren a conciencia

porque no serán consolados,

los que no tendrán, los que pueden escucharme:

para los que están armados, escribo.


¿CUÁL ES LA MUJER?

¿Cuál es la mujer que recordamos

al mirar los pechos de la vecina

de camión; a quién espera el hueco

lugar que está al lado nuestro, en el cine?

¿A quién pertenece el oído

que oirá la palabra más escondida

que somos, de quién es la cabeza

que a nuestro costado nace entre sueños?

Hay veces que ya no puedo con tanta

tristeza, y entonces te recuerdo.

Pero no eres tú. Nacieron cansados

nuestro largo amor y nuestros breves

amores; los cuatro besos y las cuatro

citas que tuvimos. Estamos tristes.

Juntos inventamos un concierto

para desventura y orquesta, y fuimos

a escucharlo serios, solemnes,

y nada entendimos. Estamos solos.

Tú nunca sabrás, estoy cierto,

que escribí estos versos para ti sola;

pero en tí pensé al hacerlos. Son tuyos.

Ustedes perdonen. Por un momento

olvidé con quién estaba hablando.

Y no sentí el golpe de mi ventana

al cerrarse. Estaba en otra parte.


CENTÍMETRO A CENTÍMETRO

Centímetro a centímetro

-piel, cabello, ternura, olor, palabras-

mi amor te va tocando.

Voy descubriendo a diario, convenciéndome

de que estás junto a mí, de que es posible

y cierto; que no eres,

ya, la felicidad imaginada,

sino la dicha permanente,

hallada, concretísima; el abierto

aire total en que me pierdo y gano.

Y después, qué delicia

la de ponerme lejos nuevamente.

Mirarte como antes

y llamarle de "usted", para que sientas

que no es verdad que te haya conseguido;

que sigues siendo tú, la inalcanzada;

que hay muchas cosas tuyas

que no puedo tener.

Qué delicia delgada, incomprensible,

la de verte lejos,

y soportar los golpes de alegría

que de mi corazón ascienden

al acercarse a ti por vez primera;

siempre por primera, a cada instante.

Y al mismo tiempo, así, juego a perderte

y a descubrirte, y sé que te descubro

siempre mejor de como te he perdido.

Es como si dijeras:

"cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras

yo empezara a buscarte, y torpemente

te preguntara: ¿estás allí?", y salieras

riendo del escondite,

tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta

en una luz distinta, en un aroma

nuevo, con un vestido diferente.


AMIGA...

Amiga a la que amo: no envejezcas.

Que se detenga el tiempo sin tocarte;

que no te quite el manto

de la perfecta juventud. Inmóvil

junto a tu cuerpo de muchacha dulce

quede, al hallarte, el tiempo

Si tu hermosura ha sido

la llave del amor, si tu hermosura

con el amor me ha dado

la certidumbre de la dicha,

la compañía sin dolor, el vuelo,

guárdate hermosa, joven siempre.

No quiero ni pensar lo que tendría

de soledad mi corazón necesitado,

si la vejez dañina, perjuiciosa

cargara en ti la mano,

y mordiera tu piel, desvencijara

tus dientes, y la música

que mueves, al moverte, deshiciera.

Guárdame siempre en la delicia

de tus dientes parejos, de tus ojos,

de tus olores buenos,

de tus brazos que me enseñas

cuando a solas conmigo te has quedado

desnuda toda, en sombras,

sin más luz que la tuya,

porque tu cuerpo alumbra cuando amas,

más tierna tú que las pequeñas flores

con que te adorno a veces.

Guárdame en la alegría de mirarte

ir y venir en ritmo, caminando

y, al caminar, meciéndote

como si regresaras de la llave del agua

llevando un cántaro en el hombro.

Y cuando me haga viejo,

y engorde y quede calvo, no te apiades

de mis ojos hinchados, de mis dientes

postizos, de las canas que me salgan

por la nariz. Aléjame,

no te apiades, destiérrame, te pido;

hermosa entonces, joven como ahora,

no me ames: recuérdame

tal como fui al cantarte, cuando era

yo tu voz y tu escudo,

y estabas sola, y te sirvió mi mano.


FUEGO DE POBRES

Nadie sale. Parece

que cuando llueve en México, lo único

posible es encerrarse

desajustadamente en guerra mínima,

a pensar los ochenta minutos de la hora

en que es hora de lágrimas.

En que es el tiempo de ponerse,

encenizado de colillas fúnebres,

a velar con cerillos

algún recuerdo ya cadáver;

tiempo de aclimatarse al ejercicio

de perder las mañanas

por no saber qué hacerse por las tardes.

Y tampoco es el caso de olvidarse

de que la vida está, de que los perros

como gente se anublan en las calles,

y cornudos cabestros

llevan a su merced tan buenos toros.

No es cosa de olvidarse

de la muela incendiada, o del diamante

engarzado al talón por el camino,

o del aburrimiento.

A la verdad, parece.

Pero sin olvidar, pero acordándose,

pero con lluvia y todo, tan humanas

son las cosas de afuera, tan de filo,

que quisiera que alguna me llamara

sólo por darme el regocijo

de contestar que estoy aquí,

o gritar el quién vive

nada más por ver si me responden.

Pienso: si tú me contestaras:

Si pudiera hablar en calma con mi viuda.

Si algo valiera lo que estoy pensando.

Llueve en México; llueve

como para salir a enchubascarse

y a descubrir, como un borracho auténtico,

el secreto más íntimo y humilde

de la fraternidad; poder decirte

hermano mío si te encuentro.

Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero.

Acaso sea punto de lenguaje;

de ponerse de acuerdo con el tipo

de cambio de las voces,

y en la señal para soltar la marcha.

Y repetir ardiendo hasta el descanso

que no es para llorar, que no es decente.

Y porque a la verdad, no es para tanto.


DEPREDADORAS DE ALEGRÍA

Depredadoras de alegrías

nocturnas, cuerpo que me amaba

con el odio tímido y violado

de sus rincones aburridos.

Hoy que ya haya pasado, ¿me recuerdan,

alguna vez, sin recordarme?

Corales en coro, subcutáneas

navegaciones, luz anclada,

escafandra de asfixia, flechas

lácteas, inmóviles, acuáticas,

desove estéril que en la sangre

desenrolla su espiral transida.

¿Me recuerdan, hoy que ya ha pasado

el odiado amor, la carne triste?

Las entretelas del herido

de punta de ausencia, me cominan.

Y el violado cuerpo que me amaba,

a solas calienta y se consume.


A TU PUERTA LLAMÉ. NO ESTABAS

A tu puerta llamé. No estabas.

Aspas de viaje te arrancaron.

¿Quién volverá cuando regreses?

Viento sin recuerdos, en la noche

se envuelve de inútiles presagios.

Dicen que la vida prosigue.

Entre nieves remotas, luces

que desconozco, abro los brazos

-lazarillos a ciegas-; busco.

Desde aquí, junto a la oreja sorda

amo en secreto, y enmudezco.

Dicen que la vida no perdona.

A tu puerta llego, y sin mirarte,

maravillado te contemplo.

¿Regresaste, vives, te escondiste?

Frente a tu casa silenciosa

-pienso que estás-, no llamo. Espero.

Y pasa la vida, y se detiene.


DESDE SU NUDO

Desde su nudo a ciegas, desde

su ramazón violeta, suena

encogida en su hervor la sola

fuente del conjuro que te llama.

Tú, palabra antigua, bajo el lirio

del vientre de la noche sabes

lo que no soy; desde lejanos

nombres como ciudades, vienes;

como pueblos de alas retenidas

vienes; como bocas no saciadas.

Mañana espacial entre despojos

nupciales; lecho reviviente

del amor de ramas libertadas

sobre la herrumbe de otras hojas;

juicio universal de cada instante.

Del tiempo matinal emerges

con terrestre peso de estaciones

al sol; en mi cuerpo te alimentas;

orden de vida restableces

en mi corazón desengranado.


YO SEGUIRÉ CANTANDO. TÚ HABRÁS MUERTO...

Yo seguiré cantando. Tú habrás muerto.

Habré yo muerto y seguiré cantando.

Ha de sonar mi voz de vida, cuando

la muerte en celo me haya descubierto.

Como surgidas del sepulcro abierto,

mis palabras; en ellas, abrasando,

irá este amor, hoy pasajero y blando;

entonces ya, definitivo y cierto.

Y nosotros, ya entonces, ni siquiera

huesos ni polvo ni recuerdo, juntos

estaremos. Es triste nuestra vida.

Sólo mi voz hará la primavera

que quisimos; los cálices difuntos

que arderán con tu nombre y su medida.


Bibliografía poética:

La muerte del ángel, 1945; Poética, 1951; Ofrecimiento romántico, 1951; Imágenes, 1953; Los demonios y los días, 1956; El manto y la corona, 1958; Canto llano a Simón Bolivar, 1958; El dolorido sentir, 1959; Fuego de pobres, 1961; Siete de espadas, 1966; El ala de tigre, 1969; La flama en el espejo, 1971; Tres poemas de antes, 1978.