Efraín Bartolomé (1950)
CASA DE MONOS
Para qué hablar
del guayacán que guarda la fatiga
o del tambor de cedro donde el hachero toca
A qué nombrar la espuma
en la boca del río Lancajá
Espejo de las hojas Cuna de los lagartos
Fuente de macabiles con ojos asombrados
Quizá si transformara sería mi pecho alegre
Un ojo jaguar daría de pronto certero con la imagen
Pero no pasa nada Sólo el verde silencio
Para qué hablar entonces
Que se caiga este amor de la ceiba más alta
Que vuelve y llore y se arrepienta
Que se ahogue este asombro hasta volverse tierra
Aroma de los jobos
Perro de agua
Hojarasca.
Ojo de jaguar, 1982
LLUVIA ÁCIDA
Para Isabel y Marco Antonio González
Miro un agua inclinada que golpea
con sus líquidos lanzas de punta envenenada
el turbio metal sordo de automóviles roncos
el asfalto y las vías condenadas del tren
el techo de las fábricas hostiles
las ventanas más sucias
los muros de tezontle
los techos pobres de la tarde en ruinas
la luz deshilachada de las tiendas
los puestos ambulantes
el uniforme de los policías
los paraguas oscuros
los zapatos oscuros
el interior oscuro de los oficinistas
La lluvia busca grietas en el mundo Tunde el asfalto su
bastón de ciega
Sus puntas de cristal cazan consignas
cansinos pasos de trabajadores
inclusas batallas amorosas
niños drogados con mirada de agua que llevan en sus
párpados dormidos
un rencor turbulento
Golpes enloquecidos de la lluvia que cae taladrando los
puentes los tranvías
y reúne bajo tibias marquesinas grasientas
una dócil centena de humanas humedades:
esbeltas secretarias de estériles afeites
hastiados dependientes de sienes trepanadas
matronas estropeadas del traje hasta la frente
Están los hombres frágiles y los trabajadores
de overoles azules que un silbato dispersa
Y los aparadores vacíos (sin miradas)
La basura en sus botes
Los policías en sus uniformes
Hay un silencio espeso pesado pegajoso
Un silencio total de tacto fresco
que se vuelve más frío cada vez:
estilete de hielo en ráfagas furiosas
que traspasa los recios barrotes de la lluvia
y acalla los rumores las voces los pregones:
Me hundo en mí
Y nadie toca este silencio frágil
Nadie rompe esta cápsula
Nadie se mira
Todos han callado
(Qué inmenso grupo de personas sin cara)
Aquí en el lugar que ocupo
No hay realmente nadie
Todos nos hemos ido
Todos fuimos lavados
borrados por el agua
También fue eliminada la ciudad por la niebla
Sólo la lluvia es real
En sus lodosas aguas
miro flotar los últimos residuos de la tarde
Pero una nueva ráfaga me expulsa de mí mismo:
la delirante lluvia
como un licor salvaje que un relámpago agita
El cielo
inmenso tigre de relámpagos ebrios
que sacude de pronto su pesada cabeza
su espesa baba líquida y brutal
y golpea con más fuerza la tarde carcomida
Acida lluvia ciega
Acida lluvia en turbios latigazos de sombra.
Poetas de una generación 1950-1959, 1988
Bibliografía poética:
Vivir en la ciudad, 1981; Ojo de jaguar, 1982; Dónde los podemos
observar (co-autor), 1882; Ciudad bajo el relámpago, 1983;
Memorias del segundo encuentro de jóvenes, (colectivo), 1984;
Música solar, 1985; Cuadernos contra el ángel, 1987.