Efraín Bartolomé (1950)



CASA DE MONOS

Para qué hablar

del guayacán que guarda la fatiga

o del tambor de cedro donde el hachero toca

A qué nombrar la espuma

en la boca del río Lancajá

Espejo de las hojas Cuna de los lagartos

Fuente de macabiles con ojos asombrados

Quizá si transformara sería mi pecho alegre

Un ojo jaguar daría de pronto certero con la imagen

Pero no pasa nada Sólo el verde silencio

Para qué hablar entonces

Que se caiga este amor de la ceiba más alta

Que vuelve y llore y se arrepienta

Que se ahogue este asombro hasta volverse tierra

Aroma de los jobos

Perro de agua

Hojarasca.


LLUVIA ÁCIDA

Para Isabel y Marco Antonio González

Miro un agua inclinada que golpea

con sus líquidos lanzas de punta envenenada

el turbio metal sordo de automóviles roncos

el asfalto y las vías condenadas del tren

el techo de las fábricas hostiles

las ventanas más sucias

los muros de tezontle

los techos pobres de la tarde en ruinas

la luz deshilachada de las tiendas

los puestos ambulantes

el uniforme de los policías

los paraguas oscuros

los zapatos oscuros

el interior oscuro de los oficinistas

La lluvia busca grietas en el mundo Tunde el asfalto su

bastón de ciega

Sus puntas de cristal cazan consignas

cansinos pasos de trabajadores

inclusas batallas amorosas

niños drogados con mirada de agua que llevan en sus

párpados dormidos

un rencor turbulento

Golpes enloquecidos de la lluvia que cae taladrando los

puentes los tranvías

y reúne bajo tibias marquesinas grasientas

una dócil centena de humanas humedades:

esbeltas secretarias de estériles afeites

hastiados dependientes de sienes trepanadas

matronas estropeadas del traje hasta la frente

Están los hombres frágiles y los trabajadores

de overoles azules que un silbato dispersa

Y los aparadores vacíos (sin miradas)

La basura en sus botes

Los policías en sus uniformes

Hay un silencio espeso pesado pegajoso

Un silencio total de tacto fresco

que se vuelve más frío cada vez:

estilete de hielo en ráfagas furiosas

que traspasa los recios barrotes de la lluvia

y acalla los rumores las voces los pregones:

Me hundo en mí

Y nadie toca este silencio frágil

Nadie rompe esta cápsula

Nadie se mira

Todos han callado

(Qué inmenso grupo de personas sin cara)

Aquí en el lugar que ocupo

No hay realmente nadie

Todos nos hemos ido

Todos fuimos lavados

borrados por el agua

También fue eliminada la ciudad por la niebla

Sólo la lluvia es real

En sus lodosas aguas

miro flotar los últimos residuos de la tarde

Pero una nueva ráfaga me expulsa de mí mismo:

la delirante lluvia

como un licor salvaje que un relámpago agita

El cielo

inmenso tigre de relámpagos ebrios

que sacude de pronto su pesada cabeza

su espesa baba líquida y brutal

y golpea con más fuerza la tarde carcomida

Acida lluvia ciega

Acida lluvia en turbios latigazos de sombra.


Bibliografía poética:

Vivir en la ciudad, 1981; Ojo de jaguar, 1982; Dónde los podemos

observar (co-autor), 1882; Ciudad bajo el relámpago, 1983;

Memorias del segundo encuentro de jóvenes, (colectivo), 1984;

Música solar, 1985; Cuadernos contra el ángel, 1987.