Cecilia Meireles
 

Versión al español de Blanca Luz Pulido
blpv@hotmail.com


Cecilia Meireles. Nace en Río de Janeiro, Brasil, en 1901 y muere en la misma ciudad en el año de 1963. Fue poeta, pedagoga y periodista. En la actualidad es considerada como una de las mejores poetisas de la lengua portuguesa. Junto con Bandeira y Drummond de Andrade, formó la vanguardia del modernismo en la poesía brasileña. La calidad temática, formal y humana de sus textos la han hecho acreedora a una notable fama mundial.
    Con Viagem, obtuvo el Premio de Poesía de la Academia Brasileña, en 1938. Afirmó, su manera poética con Mar absoluto (1944) y, principalmente, con Retrato Natural (1949), que consagró su genialidad. Su extensa Elegía (1933-1937), dedicada a la memoria de un ser querido con el tema de un nocturno funerario, tiene fuerzas de sana interpretación, de vital optimismo y de clara luminosidad. Es bella evocación de la alegría que nos rodea y con la que nos obsequian los sentidos. La tristeza se halla en que la abuela no podrá disfrutarla y en captar la idea de la muerte. Como su mejor obra poética se cita Elegía de Gandhi, traducida a numerosos idiomas.

 

De la soledad



Hay muchas personas que sufren del mal de la soledad. Basta que alrededor de ellas surja el silencio, que no se manifieste ante sus ojos ninguna presencia humana, para que se apodere de ellas una inmensa angustia: como si el peso del cielo cayera sobre su cabeza, como si se levantara del horizonte el anuncio del fin de mundo.

    Sin embargo, ¿existirá en la tierra la verdadera soledad? ¿Acaso no estamos todos cercados por innumerables objetos, por infinitas formas de la naturaleza, y nuestro mundo particular no está lleno de recuerdos, de sueños, de razonamientos, de ideas, que impiden una soledad total? Todo está vivo y todo habla alrededor de nosotros, aunque con vida y voz que no son humanas pero que podemos aprender a escuchar, porque muchas veces ese lenguaje secreto nos ayuda a esclarecer nuestro propio misterio. Como Malmud, el sultán que entendía el habla de los pájaros, podemos aplicar toda nuestra sensibilidad a ese aparente vacío de soledad: y poco a poco nos sentiremos enriquecidos.

    Pintores, fotógrafos, rondan a los objetos en busca de ángulos, juegos de luz, elocuencia de formas, para revelar no sólo aquello que les parece el más estético de sus aspectos, sino también el más comunicable, el más lleno de sugerencias, el más capaz de transmitir lo que excede los límites físicos de esos objetos, lo que constituye, de cierto modo, su espíritu y su alma.

    Hagámonos videntes también de esa manera: miremos despacio el color de las paredes, el diseño de las sillas, la transparencia de las ventanas, las suaves telas tejidas sin mayores pretensiones. No busquemos en ellos la belleza que deslumbra la mirada, el equilibrio de líneas, la grandeza de las proporciones: muchas veces su aspecto, como en las criaturas humanas, es humilde y torpe. Amemos en esas humildes cosas la carga de experiencia que representan, y la repercusión que en ellas puede sentirse de tanto trabajo humano por interminables siglos. Amemos lo que sentimos de nosotros mismos en esas variadas cosas, puesto que, egoístas como somos, no sabemos amar mas que aquello en donde nos reconocemos. Amemos el antiguo encantamiento de nuestros ojos infantiles, cuando empezaban a descubrir el mundo: las nervaduras de la madera, con sus caminos de bosques y ondas y horizontes; el dibujo de los azulejos; el esmalte de las vajillas; los tranquilos, metódicos tejados... Amemos el rumor del agua que corre, los sonidos de las máquinas, la inquieta voz de los animales, que desearíamos traducir. Todo palpita alrededor de nosotros, y es como un deber de amor dedicar el oído, la vista, el corazón, a esa infinidad de formas naturales o artificiales que encierran su secreto, sus memorias, sus silenciosas experiencias. La rosa que se despide de sí misma, el espejo donde descansa nuestro rostro, la funda donde se dibujan los sueños de quien duerme, todo, todo es un mundo con pasado, presente y futuro, por el que transitamos atentos o distraídos. Mundo delicado, que no se impone con violencia: que acepta nuestra frivolidad o nuestro respeto; que espera que lo descubramos, sin mostrar ninguna urgencia de dominio; que puede quedar siempre ignorado, sin por eso dejar de existir; que no hace de su presencia un anuncio exigente: "¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!" Concentrado en su esencia, se nos revela cuando nuestros sentidos están aptos para descubrirlo. Y en silencio nos ofrece su múltiple compañía, generosa e invisible.

    Si se quejan de soledad humana, presten atención a esa poderosa presencia alrededor de ustedes, a ese copioso lenguaje que de todo se derrama y que conversará con ustedes interminablemente.


Canción

Puse en mi sueño un navío
y al navío sobre el mar;
después, abrí el mar con las manos,
y mi sueño naufragó.

Mis manos están aún mojadas
del azul de las abiertas olas,
y el color gotea de mis dedos
pintando la arena desierta.

El viento llegó de muy lejos,
la noche se dobla de frío;
debajo del agua ya muere
mi sueño, dentro de un navío.

Lloraré cuando sea preciso,
para que el mar se levante,
y mi navío llegue al fondo
y mi sueño ya no exista.

Después, todo será perfecto:
playa en calma, aguas quietas,
mis ojos secos como piedras
y mis dos manos quebradas.


Blanca Luz Pulido. Nace en el Estado de México, en 1956. Es poeta y traductora. Estudió Lengua y literaturas hispánicas en la UNAM.
    Ha publicado las plaquettes Fundaciones (Cuadernos de Estraza, 1979), Ensayo de un árbol (Oasis, 1983 ), Estación del alba (UAM, 1992) y los libros Raíz de sombras (FCE, 1988), Reino del sueño (Aldus, 1996 ) y Cambiar de cielo (UAM-Verdehalago, 1997).
    Tradujo Amor al arte, una antología de fragmentos de la correspondencia de Gustave Flaubert (Breve Fondo Editorial, 1998) y una antología de la poeta portuguesa Fiama Hasse Pais Brandao, titulada Sumario lírico (Ácrono Producciones, 2001). En próximas fechas, la editorial Trilce publicará su traducción de la obra Teoría general del sentimiento, del poeta portugués Nuno Júdice.

Argos 20/ Poesía