Clarice Lispector

Versión de Hilda Figueroa


Clarice Lispector. Hija de judíos rusos, nació en Tchetchelnik (Ucrania), en 1925, cuando sus padres ya habían decidido emigrar. Con dos meses llegó a Alagoas y jamás admitió otra patria que el Brasil. Poco tiempo después la familia se transladó a Recife y a partir de 1937 siguió estudiando en Río. En 1943, durante sus estudios de derecho, se casó con el diplomático Maury Gurgel Valente, tuvo dos hijos y se separó en 1959. Entre 1944 y 1960 vivió largas temporadas en el extranjero, Nápoles, Berna y E.E.U.U. Durante toda su vida mantuvo su contacto con la prensa iniciado en 1941 en la Agencia Nacional. Un cáncer terminó con su vida en 1977. Obras: Es allí a donde voy, Aprendizaje o El libro de los placeres, Silencio, Un soplo de vida-Pulsaciones, La hora de la estrella, A Paixão segundo G.H.


Silencio

Es inmenso el silencio de la noche en la montaña. Es tan yermo. En vano se intenta el esfuerzo para no escuchar, pensar aprisa para disfrazarlo. O inventar un plan, frágil punto que mal nos une al súbitamente improbable mañana. Cómo trascender esa paz que nos acecha. Tan gran silencio, que la desesperación tiene pudor. Montañas tan altas, que la angustia siente pudor. Los oídos se afinan, se inclina la cabeza, el cuerpo todo escucha: ni un solo rumor. Ni un gallo. Estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarte...

    Es un silencio insomne, inmóvil, mas insomne; y sin fantasmas. Es terrible —Sin un solo fantasma. Inútil provocarlo con la posibilidad de una puerta que crujiente se abra, de un velo que al abrirse pronuncia alguna cosa. Él es vacío, sin promesa. Si al menos hubiese aire. Viento es ira, ira es vida. O nieve. Que es muda, mas deja rastro —todo blanquece, los niños ríen, los pasos crujen y marcan. Hay una continuidad que es vida. Mas este silencio no deja testimonio. No se puede hablar del silencio como de la nieve: ¿Sentiste el silencio de esta noche? Quien escuchó, calla.

    La noche, desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas con el cansancio que tanto justifica al día. Los niños de Berna dormitan, se cierran las últimas puertas. Brillan las calles en las piedras del suelo, brillan vacías. Y finalmente las luces más distantes se extinguen.

    Mas este primer silencio aún no es el silencio. Que se espere, pues las hojas de los árboles van a acomodarse mejor todavía. Tal vez algún tardío paso, con esperanza se atreva por los peldaños.

    Mas hay un momento en que se yergue el espíritu atento del cuerpo descansado, y de la tierra, la alta luna. Entonces él, el silencio, aparece.

    Late el corazón al advertirlo.

    Se puede pensar aprisa en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y se perdieron para siempre. Mas es inútil desdeñarlo: hay silencio. Aún el peor sufrimiento, que es el de la amistad perdida, es apenas fuga. Pues si al comienzo, el silencio parece aguardar una respuesta —Cómo ansiamos ser llamados a responder— pronto se descubre que de ti, nada exige, apenas tal vez tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te sentencia —como esperamos en vano ser juzgados por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones forjadas, humildes disculpas hasta la dignidad. Es tan delicado para el ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la disculpa de que se es un ser humillado de nacimiento.

    Hasta que descubre que ni su indignidad quiere él. Él es el silencio. Se puede intentar también engañarlo. Dejar caer al suelo el libro de cabecera como por acaso. Mas, horror —El libro cae dentro del silencio y se pierde en él, en su abismal y muda pausa. ¿Y si cantara enloquecido un pájaro? Inútil esperanza. El canto cruzaría apenas el silencio, como una leve flauta.

    Entonces, si hay osadía, no se lucha más. Se entra en él. Se va con él. Nosotros, los únicos fantasmas de una noche de Berna. Que se entre. Que no se espere el resto de la oscuridad delante de sí, sólo a él. Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en una nave. Y que ésta navegara de tal modo que ignorásemos estarnos yendo. Un hombre no puede más que eso. Vivir en la orilla de la muerte y de las estrellas es vibración, pero más tensa de lo que las cuerdas de las venas podrían soportar. No hay siquiera un hijo de astro y de mujer como piadoso intermediario. El corazón tiene que presentarse solo frente a la nada y solo golpear alto en las tinieblas. Solo se siente en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta al desnudo, no es comunicación, es sumisión, pues no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.

    Si no hay valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio. Con sólo los pies mojados por la espuma de algo que se extiende dentro de nosotros. Que se espere. Uno indisoluble por el otro. Uno al lado del otro. Dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino el bendito auxilio de un tercer elemento, la luz del alba.

    Después nunca más se olvida. Inútil huir a otra ciudad. Pues cuando menos se espera se le puede reconocer —de repente. Al cruzar una calle en medio de las bocinas de los coches. Entre una y otra carcajada fantasmagórica. Después de una palabra dicha. A veces en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asombran, la mirada se desorbita. Desde entonces es fantasma.


Hilda Figueroa es originaria de Guadalajara, Jalisco; es médica psiquiatra y psicoanalista. Licenciada en Letras y actualmente cursa la maestría en Filosofía en la Universidad de Guadalajara. Traductora del inglés, francés y portugués al español; escribe narrativa y poesía. Obras: De locura y de muerte, último viaje. En busca de la luz. Es miembro del Consejo Editorial de la revista La voz de la esfinge.


 

    Argos 20/ Poesía