Moacyr Scliar
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La mujer que escribió la Biblia (fragmento de novela)

Versión de María Auxilio Salado





En cuestiones de trabajo, el rey no jugaba. Al día siguiente fui conducida a un aposento preparado especialmente para mí. Sería mi residencia hasta que acabara la obra: como el mismo explicó, no quería que me distrajera con los chismes del harén. Además, y hasta que yo terminara, el trabajo debía mantenerse en secreto. Entre otras razones, porque tenía miedo de los plagiarios y del uso que podrían hacer del texto. Un líder de oposición que se presentara al público como autor de una monumental historia de nuestro pueblo adquiriría de inmediato foros de respetabilidad capaces de convertirlo en un adversario peligroso. Sabio como era. Salomón temía más a las ideas que a las armas.

    Se trataba de un recinto grande. Aparte de la cama y armarios, había una enorme mesa, sillas y repisas llenas de manuscritos, que aquella misma mañana habían sido trasladados desde la sala de los ancianos. Esa medida representaba un claro aviso de Salomón a su staff: hay gente nueva en el territorio, amigos; o se adaptan o desaparecen.

    Sobre la mesa, material para escribir, incluyendo un pergamino nuevo. Lo olí: cuero de cabra. La pobre había sido sacrificada para que las letras, que todavía se agitaban en mi cabeza, se transformaran en signos visibles, en palabras. Aquellas letras, ordenadas línea tras línea, encuadrarían el camino que me llevaría a la victoria, y al corazón del rey.Bendito pergamino. Era mi futuro el que yo veía en aquella superficie virgen, un glorioso y arrebatador futuro.

    Pasé ese día, y los que siguieron, revisando el material que los ancianos habían recopilado. El rey tenía razón: aquello era una porquería, una confusa mezcla de leyendas, hechos históricos, prejuicios religiosos, todo muy mal redactado y hasta con errores de ortografía. Como fuente de información estaba bien, pero para el libro que Salomón quería, tendría que comenzar desde el principio. Cuando me di cuenta de eso, mi valor desapareció de nuevo. Sin esperarlo, la magnitud de la tarea me aplastaba. Ya no era la mujer confiada, segura de sí; era tan sólo una muchachita desamparada; todo lo que deseaba era a mi madre protegiéndome en su regazo como cuando era niña y tenía fiebre. Hice a un lado los pergaminos y me acosté, deshecha.

    No obstante, no podía entregarme al desánimo. Debía vencer aquella inercia, aquella plomiza melancolía que amenazaba con apoderarse de mí y aprisionarme, tal vez para siempre. Yo tenía una historia que contar —tenía una gran historia que contar— y estaba decidida a contarla. Salté de la cama como impulsada, volví a la mesa, empuñé el cálamo. Vacilé. ¿Cómo empezar? Cerré los ojos, y en ese momento vi frente a mí una figura inmensa, indefinida, una diáfana presencia inmóvil sobre un infinito, oscuro océano. Fue lo único que vi, pero era suficiente. En la fracción de segundo que duró esa imagen, pude sentir, en la remota figura, la tensión contenida a lo largo de toda la eternidad: la tensión del universo gestado, pero aún no creado; la tensión del tiempo detenido, listo para iniciar su fluir. De algún modo la infinitesimal fracción de aquella incalculable energía me fue transmitida. Fue suficiente: mojé el cálamo en la tinta y escribí: "En un principio".

    Me detuve, no sabía cómo continuar. Entre la tensión y el acto cayó la sombra, el misterio. En un principio, ¿qué habría sucedido en un principio? Mi cabeza estaba hueca, vacía; ya no recordaba nada de lo que había leído en las montañas de manuscritos; las palabras que había escrito me parecían más un enigma que cualquier otra cosa. Entonces mi mirada se desvió, y ya no miraba más las letras y sí el pergamino, esa granulada superficie.

    El pergamino. Era de ahí que debía partir rumbo a los orígenes, del cuero del animal sacrificado para que un día yo pudiera escribir en él. El cuero; antes del cuero, la cabra; antes de la cabra, las hojas que había masticado; antes de las hojas, el árbol, la Tierra, el Universo. Necesitaba rehacer aquella historia, lo que significaba retroceder en el tiempo siglos y milenios, lanzarme en el remolino cósmico que me llevaría... ¿Hacia dónde? Mierda, no lo sabía, y aquello me estaba llevando, y con una rapidez asombrosa, a un estado de locura, aunque no una locura común, sino a una locura existencial, un asunto serio, cosas de filósofo, no de muchachita fea. ¿Qué voy a hacer? Ayúdame Dios, pensé, desesperada, y la idea me proporcionó un enorme alivio. Dios: esa era una idea en la cual podría apoyarme. No: una idea en la cual podría diluirme, más que la sal cuando se disuelve en el agua. La cabra que chillara en el pasado, el cuero de la cabra que me acusara en el presente. Me lancé como Dios. ¿Por qué Dios y no Diosa? ¿Por qué Jehová y no Astarté, la divinidad a quien otros pueblos de la región veneraban? ¿Por qué barba y no rostro liso, con algunos lunares o tal vez con muchos lunares? Por una sencilla y definitiva razón: no podía empezar el gran libro creando problemas, y todavía menos con mi patrocinador. Salomón hablaba de Dios, los viejos hablaban de Dios, mi padre hablaba de Dios. ¡Dios!, clamaban las rocas de la montaña. ¡Dios!, gritaban los pájaros, los canoros y los mudos. Dios, por lo tanto. En mi cabeza, Dios sería apenas la energía generadora, no una figura antropomorfa que reinara sobre su creación. Si Salomón y los otros lo imaginaban como hombre poco me importaba. Expresaría mi falta de fe, y mi protesta, absteniéndome de describir a la divinidad. Que lo imaginaran como un viejo de barbas blancas y mirada severa, a mí no me importaba.

    "En el principio Dios creó el ciclo y la tierra." Listo: estaba escrito. Una vez escrita la frase, me invadió una súbita euforia. Empecé a reír. Me reí tanto y tan alto que uno de los ancianos ellos se encontraban en la sala de al lado vino a ver lo que pasaba. Entró sin llamar y mereciendo castigo me encontró ahí, sentada a la mesa, cálamo en mano, frente al pergamino. Ante sus ojos se consumaba la abominación: de verdad yo estaba escribiendo la historia que, hasta entonces, les había pertenecido exclusivamente a ellos, a los ancianos. No se pudo contener: soltó un grito de odio y huyó corriendo.

    A mí poco me importaba. Una vez iniciada la tarea, seguiría adelante. "Dios dijo: hágase la luz, y la luz se hizo Perfecto, ya teníamos luz, y tinieblas también, porque no hay luminosidad sin oscuridad, sin sombra. En los párrafos siguientes fueron creadas las plantas, las estrellas, los peces y los pájaros... Todo muy rápido, lo cual, por un lado, era bueno estaba progresando a una velocidad considerable pero, por el otro, no me gustaba mucho. Me habrían agradado más detalles. ¿Cómo fue que Dios creó la lechuga? ¿Y las sardinas? Me habría gustado describir a Dios diseñando un pez cualquiera, escogiendo escamas, escogiendo aletas, diciendo: humm, no me gustó mucho la forma de la cabeza, la cola podría ser un poco mayor. Claro que estarán de acuerdo en que, si fuera así, nos inclinaríamos más hacia un libro de curiosidades que hacia un texto sagrado. Para imponer respeto la síntesis era esencial. Además, yo no tenía todo el tiempo del mundo. Dada la magnitud de la tarea, necesitaba apresurar el paso. Resumí la creación a seis días, incluyendo un séptimo para el descanso, dejando bien claro que, en aquella obra, la prisa no fue enemiga de la perfección: "Y vio Dios cuánto había hecho, y vio que era muy bueno." No quise poner "óptimo", o "excelente", o "maravilloso", porque, a fin de cuentas, hasta el Todopoderoso necesita ser un poco modesto. Digamos que, en una escala del cero a diez, él había otorgado un ocho; la imperfección corría por cuenta de los reptiles y de la fea.
 
 
 
Moacyr Scliar, La mujer que escribió la Biblia, Alfagura, México, 2001.


   Moacyr Scliar nació en Río Grande do Sul en 1937. Autor de mas de 50 libros publicados con gran éxito; sus textos han sido adaptados para cine, televisión, teatro y radio; es columnista de periódicos y ganador de importantes premios nacionales e internacionales. Ha sido comparado con el pintor Marc Chagall, por elaborar en su obra excelentes parábolas del mundo contemporáneo.

Obras recientes:
Cenas da Vida Minúscula (1991)
O Amante da Madona & Outras Historias (1997)
Os Leopardos de Kafka (2000)
A muiher que escreveo a Biblia (2000)
Ataque do Comando P.Q. (2001)



 
 
Argos 20/ Narrativa