Silviano Santiago
 

Stella Manhattan (fragmento de novela)

Versión de Ricardo Bada



Nunca llegué a ver estrellas en el cielo de Manhattan. Luna sí, a veces aparece enorme allá al fondo de la calle. Estrellas nunca.

    Las personas no miran de noche al cielo en los países fríos. Cuando salen a la calle es con propósito de ir a algún lugar, y se orientan sólo por las horizontales. La ventana es la cosa más inútil en las casas de los países fríos.

    Cuando se mira al cielo es porque el tiempo está nublado y feo y tan sólo se quiere saber si va (o no va) a llover o a nevar aquel día. Es una precaución que tomé siempre porque no me gusta que mi ropa quede ensopada por la lluvia o porque se deposite demasiada nieve en mis cabellos causándome más tarde un dolor de cabeza infernal. Es sólo por eso que miraba el cielo de Nueva York cuando salía de noche. Sólo los días nublados.

    ¿Será que la mirada que bascula en la horizontal acaba por conducir a una visión pragmática de la vida?

    ¿Es por eso que los pueblos tropicales - que se deleitan con el espectáculo de las estrellas de la luna, de la ventana y de la barriga al aire - son tan idealistas y tampoco prácticos en su estilo de vida?

    La oposición de temperamento basada en la oposición entre mirar al frente y mirar hacia arriba ya está en Platón, en un diálogo (me acuerdo ahora) que utilicé para comprender el pragmatismo y el idealismo en Machado de Assis, está en una anécdota de Platón, el apólogo de la vieja y el astrólogo.

    La vieja que veía siempre - mirada horizontal y certera - por donde andaba y que, por eso, nunca sufría accidente, al paso que el astrólogo, por el mucho mirar a las estrellas, siempre se estaba cayendo en algún agujero y descalabrándose.

    Quiero imaginar lo que pasa por la cabeza del astrólogo cuando, en el fondo del pozo donde acaba de caer, está obligado a mirar sólo las estrellas, y hacerlo además a través del círculo exterior del pozo. No dejaría de ser una especie de castigo - en el sentido dantesco o infernal de la palabra- para todos los astrólogos, todos los idealistas, todos los tropicales, sí estarían obligados a reproducir ad infinitum, en el fondo del pozo, el gesto de los condujo hasta allí.

    (Este tipo de pensamiento suicida es demasiado suicida, a fin de cuentas también yo soy tropical, te dices a ti mismo cuando terminas de escribir este pasaje, estás dispuesto a perdonar a todos los astrólogos y sus similares en la historia de la humanidad, porque si no es de ellos el reino de los cielos, lo es ciertamente el de las profundidades.

    Y entonces, como una especie de contrapartida a la violencia con que atacaste a tus compatriotas tropicales, te quedas imaginando cuál sería la moraleja para la vieja que - la mirada horizontal y precavida - camina al frente, victoriosa, al frente, sin ver las estrellas y sin caer en los agujeros.)

    El destino de los pueblos que siguen el patrón de la vieja, es el de creer en la evolución de la humanidad como si fuese una línea recta que el hombre recorre ad infinitum. No hay posibilidad de caerse del tren en marcha desde el momento en que se da la orden de partida. De-fre-nte, de-fren-te, de frente y pitar en la curvas.

    Los norteamericanos caminarían y caminarían al frente, inventando esto, perfeccionando eso, reconstruyendo aquello, buscando siempre una manera de hacer avanzar el conocimiento, la técnica, de tal modo que el automóvil de ayer no es más el de hoy, el avión de hoy no puede ser la nave espacial de mañana, y eso abarca desde el embalaje de huevos hasta la bomba atómica, y los norteamericanos no dejarían nunca de inventar, de revolver en lo que tenían hecho ayer, porque el ayer hay que tirarlo como se tira un diario después de leído, o incluso aunque no haya sido leído, pero ya no es el diario de hoy, poco importa si el diario fue leído o no poco importan mil otras cosas de la vida cotidiana del norteamericano que va dejando a sus espaldas lo que no fue consumido en el momento preciso de su consumo, dando la impresión de que las mercaderías - como las bombas de relojería cuando están armadas - viene con hora marcada para desaparecer ; y no sólo dan esa impresión, basta mirar la comida en el supermercado, que tiene que ser consumida hasta tal fecha, si no quieren morir envenenados, you should better trow in the garbage can, y los norteamericanos sólo dejarían de mirar lo que tienen durante el día en que el propio invento se volviese contra ellos y entonces sería el golpe mortal y final para toda la civilización que ellos quieren gobernar ( y están gobernando) a sangre y fuego, y todo eso porque los hombres de los países fríos se niegan a mirar a las alturas cuando salen de noche.

    Estamos llegando a la esquina de ese día que ciertamente vendrá, pues por primera vez el hombre construyó armas que no pueden ser utilizadas en guerra, porque si lo fuesen el mundo saldría volando, y bye-bye, una y no más santo Tomás, thath´s all folks, como al final de los dibujos animados de la Fox. Se acabó el momento pretensioso -Nietzche dixit- en que el animal humano creyó ser el único dueño del planeta y de la inteligencia.

    Las armas nucleares son pensadas, inventadas, construidas para quedar apiladas inútilmente en algún sitio subterráneo, en espera de que haya una verdadera amenaza de guerra nuclear por parte del otro, y como esa amenaza no llega, levanto los brazos (y los ojos) al cielo y suelto un suspiro porque más que nunca el sentido de la supervivencia a toda costa late en mí como un orixá y en siento poseído por una fuerza vital que normalmente no es mi lado fuerte, y como esa amenaza no llega, los nombres pueden continuar respirando, aunque sea el aire contaminado de Nueva York, de São Paulo o de Cubatão.

    Pienso en el desperdicio sobre el cual se construyó todo el aparato bélico después de la Segunda Guerra Mundial, sólo gastaron una miajita de nada del entonces incipiente stock soltando las dos bombas atómicas encima del Japón. Pienso en el desperdicio de hoy y concluyo que el desperdicio que había conocido en Brasil - el de los restos de comida después del almuerzo y de la cena, el de las ropas no de todo usadas que eran tiradas a la basura -, el desperdicio brasileño no es nada en comparación con el desperdicio militar y no militar de los norteamericanos, y mi acuerdo de cuando llegaba un brasileño amigo a Nueva York - en aquella época venían a trabajar, ganar unos dólares, muchos, y regresar al Brasil y construirse la casita soñada a la orilla del mar - y alquilaban un departamento sin muebles, y salíamos de noche a buscar lo que era preciso para amueblar un departamento y lo encontrábamos todo entre la basura de las calles, bastaba con tener un poco de paciencia y mucha fuerza para ir acarreando aquellos trastos a la espalda.

    Era la basura más rica del mundo, la basura más rica del país que tenía la basura atómica más rica del mundo.

    Más que nunca tengo miedo de una guerra atómica las dos grandes potencias y mientras escribo estos flashes que me llegan desde Nueva York, pienso que la decadencia del mundo, por increíble que parezca, no se debe a los pueblos perezosos y tropicales, sino a la carrera al frente que llevan a cabo los pueblos de los países fríos, y pienso en toda la ironía que existe en esa táctica de disuasión de la guerra nuclear por el equilibrio de los stocks, cuando las dos potencias quieren hacernos creer que todo el material bélico fue continúa siendo fabricado just for nothing, sólo para meterle miedo al vecino, ¡alto ahí!, entonces se me ocurre que siempre debe de haber un general escondido en los entresijos de una institución, medio perdido atrás de un escritorio y de su propia locura, incluso vistiendo - ¿por qué no? - el uniforme de ministro de la defensa, un general que, un día, descontento con el desperdicio económico del enorme stock de armas nucleares, tome la decisión de usar las bombas y los cohetes y los misiles como si fuesen fuegos de artificio en la noche de San Juan.

    El general quiere ver estrellas en el cielo, las estrellas que no vio cuando era niño y que ahora inventa haciendo estallar armas nucleares allá arriba en el cielo.



 
Silviano Santiago. Ha incursionado en todos los géneros de la literatura, pero fue como ensayista y profesor universitario que se volvió uno de los más astutos, creativos y reconocidos intérpretes de la cultura brasileña, además de haber participado de las comisiones de selección de premios internacionales como el Casa de las Américas y el Neustdat. Lo que interesa de su obra, sin embargo, no es solo la existencia de los diferentes discursos literarios y culturales, sino su compromiso con la superación de lo establecido, realizando un trabajo de cruce de diversos lenguajes. Sus premiadas novelas y cuentos continúan a través de un diario de la libertad. Esa escritura anticipada, aliada a la completa aceptación del lugar de desacralización de la literatura en el mundo actual y a otros factores, le transformó en unos de los pensadores más importantes de lo postmoderno.
 
Obra:
Salto (1970); Carlos Drummond de Andrade (1976); Uma literatura nos Trópicos (1978); Crescendo durante a Guerra numa Provincia Ultramarina (1978); Em Liberdade (1981); Vale Quanto Pesa (1982); Stella Manhatan (1985); Nas Malhas da Letra (1989); Uma História de Familia (1992); Cheiro Forte (1993); Viegem ao México (1995); Keith Jarrett no Blue Note (1996).




 
Argos 20/ Narrativa