Airton Paschoa
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Pedro Orior

Versión de Gabiela Hernández
jmgutierre@infosel.net.mx


A José Paulo Paes,
in memoriam

 

    —Viva Orior! ¡viva Pedro! ¡viva Pedro Orior!

    Con este brindis y este clamor anual, puedo decir con certeza que nuestra intención, mía y de sus amigos, nuestra intención más íntima, casi involuntaria, era reconstruir su tan precaria unidad. Después hacíamos generalmente una especie de inventario de sus ocurrencias, un anecdotario, para ser exactos, regado de buen vino y buena risa, pues "¡venir es poco, reír es bueno, y el vino nunca es demasiado!". Así pasábamos la tarde y la primera parte de la noche, era cuanto resistíamos, bebiendo, riendo, conmemorando, dejando que la vida se tragara a la muerte y que aquella prosiguiera sin remordimiento. Pero esta vez, por ocasión de la Quinta Sesión Solemne de la Sociedad "Amigos de Pedro Orior", realizada el 13 de junio último, y probablemente la última, en recuerdo del día, nebuloso, en que desapareció, hace seis años, o se dio por desaparecido, pues el hecho ineludible es que se esfumó, o quedó encantado, en el decir de Guimaraens y Rosa, como solía él evocar al gran escritor; en lugar del cuerpo estelar, cinco telegramas notificaron la prematura muerte del amigo, rindiendo los más sentidos pésames, con firma de Pedro Orior. No lo tomamos en serio, por lógica deducimos otra broma del inveterado truhán, pero con el pasar de los días, de los meses, del año, del primero, del segundo, me resigné a lo peor, porque la mayoría, orioranistas, visionarios, comulgan con una especie de sebastianismo, creen que un día el volverá y nos expulsará, borrachones, traficantes, de su sagrado harém, de su prohibido y casto cuarto de pensión, hoy Museo "Pedro Orior", invadido y preservado, sede de la Sociedad, una cama, un ropero, un escritorio y silla ¡ninguna! ¿habría querido imitar a Pessoa escribiendo de pie? y un baúl, vacío ¡desgraciadamente! el cual, por cierto, se apega al ala mayoritaria de la sociedad para proclamar su eterno retorno. Etéreo retorno, quien sabe, pero... tal vez tengan razón, sin saber —¡eterno retorno! "¡Salud!" y lo veo en seguida erguir el vaso en alto y su cuerpo menudo, el estornudo de la gente, al escucharnos pronunciar Nietzsche, en más de una de sus humorables homenajes, todo él frase, todo él efecto, descargando su genio ingenuo. Porqué no se dedicaría a pensar, ya que le gustaba tanto, después de todo la patria y la lengua necesitaban un filósofo, nos burlábamos. "¿Pensador, yo? Soy pensativo." Y asumía la posición de la escultura de Rodin, orgulloso. Pero los bolcheviques olvidan todo eso, invalidan la hipótesis del suicidio, sea parcial, sea total, es decir, personal y literario. ¿Qué, suicidarse Pedro Orior? mal preguntan mis queridos e ignaros pares. ¡Es más seguro que resucite! suponiendo que resolvían el enigma ¡con semejante paradoja! indigna enteramente, por cierto, de nuestro Pedro, el Grande, como lo llamábamos a veces para agradarlo. Olvidan sus fieles servidores, e infieles seguidores, que con frecuencia lo sorprendíamos refunfuñando aquello de "todo es posible, sólo yo imposible", el verso que más amaba de Drummond. Por eso yo sé, siempre lo supe de alguna forma, que él no volverá jamás, que él desistió. Y, en el supuesto de que aún viva en algún lugar del país, del estado, de la ciudad inclusive, São Paulo es la ciudad que más crece en el mundo, él no existe, no es ya Pedro Orior. ¿Pues, Pedro será Orior sin escribir? y quien se agarra ahora al baúl vacío ¡soy yo! Todo en él era literatura, comenzando por el propio nombre y apellido, escogido al azar literalmente. Pedro consta en el acta de bautismo, no en el registro civil, y el Orior lo encontró él en un diccionario latino común. "¡Si, señor, latinista, mulato sensu!" Ahora, reconozco que no puedo imaginarlo matándose, ¿un tiro? ¿un tren? ¿un río? Era un espíritu... trágico, no hay duda, pero cómo decir ¿resignado sin conformismo?, ¿o conformado sin pesimismo? ¿tragicómico? ¿héroe-cómico? ¿mágico? La vida, efectivamente, le parecía irrisoria ante la muerte, es lo que se le escapaba cuando le intrigaba algún hecho: "Es curiosa la vida...¡Salve, Vida, llena de gracia!" y salía corriendo, agitando las alas. Trágico o mágico, o ángel, o cínico, o lo que fuere, pero no admitía, bajo ninguna circunstancia, el defecto de nihilista. "Nihilista, no", replicaba, "alienista". "¿Alienista?" repetía el interlocutor, pretendiendo con tal pregunta, indicar el uso o abuso del término. "Si, escritor" remataba Pedro Orior, remedándole el asombro. No sé si se definía así por inspiración machadiana o por obra de simple juego de palabras, en el que, por supuesto, era excelente, el hecho es que no encaraba de otro modo el oficio. "Volver todo fábula, nuestra locura..." Y a esta altura su voz aguda, su nariz combada, su mirada ciega, alcanzaban el descorazonamiento del águila, que es incapaz de subir o bajar más. ¿Discutir la locura? Literatura era asunto privado. Si insistían, "prefiero conversar con los muertos y discutir con los vivos." No es que no amara la polémica, la amaba, mientras que fuera literaria, "controversia es conversación filosa, no chismosa", página que de un día para el otro se hiciera y refinara de capas y capas de polvo y palabras. Esa idea antigua, borgiana, le daba un aire casi sobrenatural, de quien ya vivió y escribió y murió. No era raro que soliese anticipar las aventuras críticas, biográficas, historiográficas, de su vida y obra. Pero no era por vanidad, tal vez fuese orgullo, y no de sí mismo, del oficio tal vez, del "orificio", y guiñaba un ojo rápido, ciclópico. Orificio, vano, desván, buhardilla, pobres persianas, en donde espiar las calles del mundo; la escritura, sin embargo, no lo consolaba. "No se conforma con ser forma..." y comenzaba a beber, beber, beber, "la vida es leída... leída es leyenda... leyenda es viva... viva la vida... vida, leyenda... leyenda, leída... leída, vida... vida, viva... viva, revida..." hasta perder los sentidos, él y ella, la vida. Era común la crisis y no menos raro el remedio, un canto, o un cuento. "Unos viven, otros cantan", y entonces sacaba del sombrero, animado, una página nueva, inmortal. ¿Novela? bromeábamos para verlo perder la paciencia. "¡Novela es gracia de instrumento de viento, no de aliento!" y ponía muy serio los ojos en el papel, a la espera del silencio eucarístico, para iniciar la oración. Pero no siempre volvía entusiasmado, a veces reaparecía arruinado, sin sombrero, sin palabras, sin gracia. Sin trabajar, vendía libros de puerta en puerta, decía que eran su vida, que para vivir los vendía, y para sobrevivir los escribía, Pedro Orior deambulaba por la ciudad, por los barrios, por las carreteras, y sospecho que inclusive alcanzara el fin del mundo, y si no, hallara, por lo menos provisionalmente, las soluciones estéticas a nuestros dramas éticos. Pero no me corresponde a mí hacer de él un mito. Él mismo se sabía "mundano, demasiado mundano", soñaba con altas condecoraciones literarias. El hombre era ambicioso, de ambición desmedida. "¿Prosa? La trinidad: Orior, Rosa y Machado. ¿La santísima? Pedro, Cabral y Drummond." Daba por cierta y libre de sospecha la gloria entre los mortales, conversando de igual a igual con los más grandes de los tiempos, de este y de todos, abordándolos como a familiares, sin pudor ni despecho. Conocía su lugar en la mesa, cerca de quien sentarse y de quien huir, a quien oir y a quien hablar, a quien en fin reconocer en el "inmenso y memorable banquete". ¿Duda? Ninguna. Ninguna por lo menos seria, al punto de inspirar al increíble reyecito confidencias hacia sus buenos e incrédulos súbditos.

    ¿Qué fue de él, de todo él? ¿por qué renunció? ¿por qué abdicó? ¿por qué me cedió el lugar, su tan querido y justo lugar? Quiero creer, y me llevó años darme cuenta, que adivinara otro, otro asiento, otro trono, un palmo, una palma arriba de éste, más rumoroso, más numeroso banquete, y allí resolvió instalarse, confortable y definitivamente. ¿Hace cuánto tiempo lo decidiera? En realidad no lo sé. Sé apenas que ni yo, su fiel y escéptico escudero, suponía tal ambición, o tal perversidad. Más feliz, feliz él, que pudo escoger, y escogió. Cambió la clausura por la libertad, la vanidad por el ser perenne. O, ingenuamente, ¡el subtítulo por el título! A mí, al pobre y pío criador, ¿qué me queda sino admirar y envidiar, adorar la criatura? Rezar porque nos sirva este boleto de entrada y levantar desde aquí, desde este cielo primero y mezquino, el eterno brindis:

    —¡Viva Pedro Orior!


Airton Paschoa, tiene 43 años, es escritor, autor de Contos Tortos (Nankin), miembro del comité ejecutivo de la revista Rodapé, maestro en Literatura Brasileña y doctorando en Teoría Literaria y Literatura Comparada en la Universidad de São Paulo, en el área de cine y literatura. Entre sus publicaciones, pueden citarse : Central do Brasil e o populismo... de centro (Teoria & Debate no. 39, 1998); Antidoto envenenado, reseña del libro Duas Meninas de Roberto Schwarz (praga, no. 4, de 1997); A classe média vai ao inferno (sobre la película Cronicamente Inviável, de Sergio Bianchi), Revista USP, no. 49, 2001; y Casa-grande e grande-sertão num conto de Guimarães Rosa (sobre Nada e a nossa condição, de las Primeiras Estórias, de 1962), Revista USP, no. 47, 2000. Tiene en preparación para el 2002 su novela Dárlin e Alphaville, Brasil, uno de los guiones vencedores del Premio Estímulo para la Realización de Cortometrajes -1999, en la categoría estreno, de la Secretaría de Cultura del Estado de São Paulo.

Gabriela Hernández nació en Tampico, Tamaulipas, en l963. Es Licenciada en Letras Modernas por la Universidad Católica de Río de Janeiro (PUC-RJ). Radica en Guadalajara en donde es miembro del Consejo de redacción de la revista Periplo, así como traductora del portugués. Sus cuentos han aparecido en diversas publicaciones locales. Actualmente tiene en preparación un libro de cuentos que saldrá a la luz en noviembre de este año.



 
Argos 20/ Narrativa