Nelson de Oliveira
oliveira.e.cia@uol.com.br
 

La madre de las aves

Versión de Elizabeth Nazzari Verani
jcanela@megared.net.mx


 
 

Con el nacimiento de Amanda, la madre abandonó la facultad de filosofía, que tanto detestaba, y aprendió a ver el mundo por los ojos de la hija. Personas, objetos, paisajes. Se deslumbró con el nuevo aspecto de las cosas, del polvo a las estrellas, a través de los ojos de una niña. Con la partida de Amanda, treinta años después, el nuevo mundo desapareció para siempre.

    Las personas, los objetos, los paisajes. ¿Dónde?

    ¿Dónde, el mundo poblado de coherencia, la sublime realidad? Recostada en el sofá de gobelino, la madre se pregunta si lo que desapareció, de hecho, fue la realidad en sí o si apenas la realidad de Amanda —la sucesión de eventos, obscura, que los ojos de la hija volvían clara y aceptable.

    Recostada en el sofá de gobelino, en los brazos de Johnnie Walker, la madre adormece. La boca seca, llena de arena, los párpados en brasa, sueña con desiertos y despeñaderos de fuego. Concavidades y llamaradas. Piedras, muchas piedras, en el fondo de la botella. Nadie, en parte alguna. Ningún pájaro, ninguna planta. Apenas Wagner, en la cima de un cerro, rigiendo un grupo de demonios sin alas.

    Despierta con los primeros acordes de Tristán e Isolda, los ojos húmedos de una sensación insulsa, una sensación… enseguida la reconoce, es tristeza. No. Es coraje. Y el sueño, un llamado a la lucha.

La madre aprendió a interpretar sueños en la PUC*, en la Facultad de Psicología. Lo volvió a prender, para ser más exactos, pues diez años antes ya había tomado las primeras clases con la hija. Con los ojos de la hija. Los mensajes cifrados de lo cotidiano reorganizados por Amanda, que en aquella época apenas empezaba a caminar. Los deseos velados de la madre tornados públicos, desnudados ante los ojos de todos.

    Mucho tiempo después, durante la recepción a un embajador, sucedió la confrontación. Fue la madre quien, rompiendo vasos y copas, exigió:

    —¡Ya deja de avergonzarme delante de mis amigos!

    Amanda no pudo pasar por santa, a pesar de los ojos luminosos, angelicales:

    —Tú no eres una mujer. Eres un adorno sin ningún chiste, de mal gusto. Un barco en una botella. En una botella de whisky. ¿No te das cuenta, no? — Y arrastrándola hacia el espejo que ocupaba casi toda la pared de la sala, dijo: — Todo lo que hago es mostrar a los demás quien tú eres realmente. Qué es lo que realmente te gusta.

    El padre trató de intervenir. El embajador, desconcertado —¿sería él un amigo de infancia de su padre?— también trató de intervenir. Todos, en la fiesta, borrachos como el embajador, el padre y la madre de Amanda, trataron de intervenir. Pero a la hija, no hubo manera de hacer que se quedara. Dijo adiós y se fue, cerrando la única puerta que restaba entre ella su madre.

    ¡Ah! La fiesta…

    Qué bello vestido llevaba la madre, color crema, como las mejores cremas que ella ya había probado en Francia y en otros lugares. Qué bello collar, finamente combinando con los aretes y las pulseras. Qué bellos ojos, tan celestes como los de su hija. Qué bellos pechos. Qué bellas curvas. Sin duda alguna, la madre era la mujer más fascinante en todas las recepciones. No sólo a sus propios ojos, sino a los ojos de centenares de convidados. Por eso a Amanda le daba tanto gusto burlarse de su cara, de su mal-disfrazada arrogancia:

    —¡Ten conciencia, madre! Tú insistes en ser amiga de mis amigas. Quieres estar siempre con nosotros, hablar de lo que hablamos, leer lo que leemos, frecuentar nuestros puntos de encuentro. ¿No te das cuenta de cómo eres, no? Abandonaste el consultorio y ahora quieres volver a la facultad. Quieres estudiar letras sólo porque resolví estudiar letras. ¡Así tú me sofocas!

    Con la hija lejos, el mundo se reducía una vez más a la asfixia.

    ¿Cómo explicar a Amanda que no podía vivir sin sus ojos? ¿Que toda su fascinación de madre —de su cuerpo, de su buen humor, de su vestido color crema, de sus aretes, pulseras y collar— dependía totalmente de su hija? De la forma como su hija organizaba los sueños y los elementos sin ningún nexo con la realidad. ¿Cómo decirle eso, si hasta le era imposible hablar sin las palabras que había aprendido de su hija?

    Sofoco. Asfixia. En la garganta, un nudo que ni siquiera Wagner consigue deshacer.

    Wagner.

    Su compositor predilecto.

    Tristán e Isolda. Todas las tardes, desde que Amanda se fue. Desde que el marido también la abandonó. Desde que todos le dieron la espalda.

    La madre reaprendió a interpretar sueños en la PUC, en la facultad de sicología. Eso, ante los nuevos acontecimientos, demostró ser más que suficiente. ¿Letras? A pesar de salir aprobada en el examen de admisión, se reprobó a sí misma e no se matriculó en el curso que la haría compañera de su hija.

    —Apenas compañera de clases. Pero enemiga íntima— Le dijo Tristán en sueños, con las piernas amputadas por la espada de un soberano traicionado. Las piernas arrancadas del cuerpo por la ira de Marcos, rey de Cornualles. De su tío Marcos, el cuerno. En un sueño regado a Château de Fieuzal, que la madre no había sabido interpretar. O no quiso hacerlo. En un sueño de materia fermentada, con alto contenido alcohólico. En una pesadilla recurrente, que la hizo sudar frío tres noches seguidas.

    Presentó examen de admisión para artes plásticas, en el curso del Mackenzie*, bien lejos de la hija. No aprobó. Intentó medicina, en la Universidad de São Paulo.

    Pero eso pasó hace mucho tiempo. Lo que importa, ahora, es que la madre está finalmente lista para la lucha. Lista para recuperar todo lo que le pertenece: el antiguo mundo, la realidad organizada que Amanda y sus malditos ojos se rehúsan a devolverle. Personas, objetos y paisajes en el debido lugar, una vez más.

    Los ojos de Amanda, la madre los quiere para su uso exclusivo.

    Como un regalo, digámoslo así.

    Con el nacimiento de la hija, la madre no sólo abandonó la facultad de filosofía, sino que empezó a ver el mundo con nuevos ojos, y además, vino a vivir en el penthouse que su propio marido, ingeniero civil, calculó y mandó construir para su familia.

    Los ojos de Amanda eran, transplantados en la madre, las alas que la llevaban a la cima del planeta. Al penthouse de las mil y una noches, su casa.

    Para la madre, el marido es alguien que sabe tratar con el concreto y las vigas de acero. Un hombre acostumbrado al cálculo diferencial e integral, a la geometría analítica y descriptiva. A proyectar, planear, imponer orden. Familiarizado con las curvas y las salientes de los edificios, con la presión sufrida por las estructuras de diferentes materiales. Tal vez por eso, siempre tan ignorante de las curvas y salientes de ella, de la madre, de la presión que viene sufriendo todos esos años.

    El padre sabe, por ejemplo, cómo construir una cúpula en la cima de un shopping center: la tapadera en una olla express. Pero no conoce la impresionante fuerza capaz de arrojar un hijo desde dentro de un organismo vivo. Porque jamás vio el mundo, la realidad, por los ojos de Amanda.

    El padre.

    Terminado el colegio, quiso hacer el curso de botánica. Su familia no lo aprobó.

    La madre lo conoció cuando tenían, los dos, siete años. Edad en la que todos los padres son hijos. Lo conoció en uno de los jardines suspendidos del huerto forestal. Lindos. Babilónicos. Inaugurados por el mismo Emperador. Ella, con la cara seria, y ganas de huir de allí. Prefería haber ido al zoológico. Él, feliz, metiendo en una bolsa las hojas que habían caído en la trilla de piedras. Hojas para su infinita colección.

    Se conocieron y se amaron hasta que Amanda los separó.

    Los ojos de Amanda. Alas.

    —La vida sólo me parece posible cuando se filtra a través ellos— confesó la madre a Tristán, en sueños. El héroe se molestó. Poco le importaba Amanda, sus ojos, sus alas, la angustia de la madre, las hojas del padre. Aguja en una mano, hilo en la otra, quería sus piernas de vuelta. Las piernas trozadas por una espada furiosa.

    —¿Qué espada?— quiso saber la madre, somnolienta de vino.

    — ¡La que tu amigo Wagner hizo bajar sobre mi! ¿No te acuerdas? Sólo porque le robé su prometida a mi tío.

    En el fondo de la botella, no se acordaba.

    Con la partida de Amanda, la madre perdió totalmente el interés por la lógica de los sueños. Ahora, lo único que la atrae son las aves. La geometría de canarios, faisanes y cacatúas. Su geografía. Sus alas.

    A los empleados de la casa —principalmente al chofer— se les hizo raro cuando la vieron llegar de la calle, a pie, con una jaula de pájaros. Se les hizo raro, pero nadie dijo nada. En la jaula, una pareja de periquitos australianos. La madre, después de asegurarse de que puertas y ventanas estaban cerradas, liberó a los periquitos en la sala de estar.

    Las pesadillas con héroes mutilados dejaron desde entonces de molestarla. Pero el deseo de tener los ojos de la hija, al precio que fuera, todavía no. Este está lejos de calmarse en el fondo de una jaula invisible.

    —Él hará todo para impedírmelo.— Rezonga, refiriéndose al padre de Amanda. De marido a archi-enemigo. —No permitirá que yo tome sus ojos, sus alas.

    En las semanas siguientes la madre trajo una infinidad de aves domésticas. Gorriones, jilgueros, cuervos, patos, araras, pavos reales, ruiseñores, cardenales, palomas y pollos. El penthouse fue convertido, sin gran esfuerzo, en un aviario de seiscientos metros cuadrados.

    Hoy ya no hay empleados para servir las comidas, sacudir los muebles, contestar el teléfono. Ya no hay quien lleve para dentro los periódicos y las revistas.

    Patos ahogan el estrés en la tina de hidromasaje. Gansos guardan el vestíbulo contra la entrada de visitas indeseadas. Colibríes van y vienen por el corredor perfumado que comunica la sala a la cocina. Pingüinos se sumergen en la máquina de lavar ropa en busca de sardinas de jabón en polvo. Halcones asesinan mirlos en los candiles y en la cima de los estantes. Palomas saltan de palomares en forma de barril, posicionados en la punta de una estaca que sobresale de la ventana de los cuartos.

    Alas y más alas.

    Avestruces mordisquean las plumas y cuentas — ¡mordisquean con furia! — de los artefactos indígenas que el decorador, amigo de la madre, distribuyó por las paredes. Búhos pican el control remoto de la tele y del sonido, inundando los aposentos con el omnipotente Wagner.

    Tristán e Isolda.

    La madre de las aves, lista para la lucha contra el padre, que la abandonó, pisa en una superficie fofa y apestosa. Un tapete de hojas de lechuga y col mezcladas con alpiste, granos de maíz, trigo molido y una masa oscura, envejecida, difícil de decir lo que es.

    —Él no permitirá que yo tome sus ojos, sus alas. No permitirá.— Rezonga. —Yo sé que hará todo para impedírmelo.

    El padre no sabe lo que es gestar durante meses. No sabe lo que es engordar e hinchar. Hasta casi explotar. Y cuando uno cree que finalmente va a explotar, no explota. Hincha un poco más. Y se desdobla en dolores y náuseas. La misma ansia del inicio. Y vomita. E pide clemencia. Hasta que lo que está adentro abre paso y se sale. Y llora. Y se ríe. Y babea. Y gatea por la casa. Y nos hace ver el mundo de un modo diferente: de lo alto.

    Los empleados no abandonaron a la madre de las aves sólo porque ella dejó que el instinto materno transformara el penthouse en un nido. Se fueron porque el abdomen de esa mujer fascinada por alas cierto día comenzó a hinchar y no paró más.

    No fue necesaria ninguna prueba de embarazo. Una madre sabe cuando ya no está sola dentro de sí. Sin haber dormido con nadie, la madre de las aves ahora carga un nuevo par de ojos, de alas, que en breve se abrirán hacia el mundo. Aun así, el susto. Delante del espejo manchado de caca de petirrojo, la idea de que de su útero pueda salir no un niño, pero sí un huevo, la hace bailar como demente:

    —Amanda va a perder el habla cuando lo sepa… ¡Un hermano! Un bello ser emplumado. Alado. Ojón.

    El padre de las plantas, que desde que se separó de la madre de las aves vive en el departamento de abajo, se irrita con el embarazo de su ex-mujer. Embarazo bizarro, fuera de hora. La madre de las aves ya pasó de los sesenta. No tiene derecho a disfrutar de ese tipo de reflejo uterino. Debería haber dicho adiós a la fertilidad.

    Se irrita, el padre de las plantas, en el departamento transformado en invernadero. Raíces, ramos, hojas y flores apestando a estiércol. El departamento de sus sueños. De los sueños del botánico que la familia abortó.

Para hacer que cambie de idea, la madre de las aves tendrá que poner la obertura de Tristán e Isolda al máximo volumen, ir hasta el piso de abajo, invadir el departamento del padre de las plantas, abrir camino por entre enredaderas, helechos, capilarias, arbustos, viñas, bromeliáceas, ciclámenes y cactos, entre soportes para macetas, tijeras de jardinero y troncos, y besarlo tiernamente. Un beso que sólo las mujeres preñadas saben proporcionar. El mismo beso que inauguró la historia de la pareja, en uno de los jardines suspensos bendecidos por Pedro II**. Un beso de siete leguas, de siete años de edad. Época en que todos los padres no pasan de ser hijos.

    Apenas un beso, largo y rejuvenecido. Un beso, apenas. Boca en la boca, lengua en la lengua, y más de sesenta años volando, veloces, delante de los ojos.

    Los ojos de Amanda, sus alas. La interpretación de los sueños. La traición de Tristán, de Isolda. Wagner. Los pájaros y las plantas. Todo será, en fin, recuerdos de viejos amantes que se soportaron hasta el último minuto de vida.

    De los ojos de Amanda, ni señal.

    Porque Amanda ya no les habla. No da noticias. No quiere que le digan qué hacer, qué vestir, como comportarse.

    Porque Amanda se casó, abandonó la Facultad de Letras y dio a luz trillizos. Un nido sólo suyo. Porque con los hijos, aprendió a ver el mundo y la realidad con filtros renovados. Personas, objetos, paisajes. Aprendió a ver todo de nuevo. Con alas, con ojos idénticos a los que un día había prestado, a pesar suyo, a la madre de las aves.
 



Notas del traductor:
*Pontifícia Universidade Católica.
**Emperador de Brasil.

Nelson de Oliveira nació en 1966 en Guaira, Brasil. Escritor de cuentos y novelas, tiene diversos libros publicados, entre ellos: Os saltitantes seres da lua (cuentos, 1997), Naquela época tínhamos um gato (cuentos, 1998), Treze (cuentos, 1999), Subsolo infinito (romance, 2000) e O filho do Crucificado (cinco contos e uma novela, 2001). De los premios que ha recibido destacan el de Casa de las Américas, en 1995, y el de Fundación Cultural del Estado de Bahía, en 1996. En el 2001 organizó la antología Geração 90: manuscritos de computador, que presenta a los mejores cuentistas brasileños surgidos a finales del siglo XX.

Elizabeth Nazzari Verani nació en Brasil en 1950 en la ciudad de Florianópolis. Terminó estudios universitarios en 1971 y en 1975 se trasladó a México. Desde 1989 se dedica a dar clases de portugués en la Escuela Politécnica de la Universidad de Guadalajara, así como a dar clases particulares y a hacer traducciones e interpretaciones del portugués al español.


 
Argos 20/ Narrativa