Cintia Moscovich
cintiamoscovich@zaz.com.br
 

Amor, corte y confección

Versión de Inés Van Messen
miv18029@cencar.udg.mx

Por casualidad, sólo por casualidad, Helena había olvidado que existían más cosas en el mundo. Los alfileres y agujas puestos en la almohadilla bordó, hilos formando finos garabatos de colores, la cinta métrica enrollada sobre sí misma en un rincón de la mesa, el dedal boca abajo, todo en orden, bastándose en la suficiencia del mundo que se organizó. La tijera, con golpes secos sobre la tela de florcitas, era lo único que se movía. La tijera y la mano que la empuñaba, mano segura y fuerte, de venas salientes y articulaciones gruesas. Se dio cuenta por primera vez aquella tarde, al mirar el movimiento de las tijeras y los dedos que las guiaban. La tela de un estampado delicado temblaba tímidamente ante los golpes de la tijera; lo constató no sin cierta sorpresa y un poco de desconcierto.

    En plena toma de conciencia, llamaron a la puerta y fue como si la arrancaran de ese lugar de orden propio y bueno. Había más cosas en el mundo, por lo tanto, tenía que atender. Dejó las tijeras abiertas sobre la mesa; el brillo del metal contrastaba con lo floreado de muchos colores sobre un fondo oscuro, casi negro. Caminó sin prisa, arrastrando las pantuflas de lana, dándose cuenta que las cosas podían desorganizarse de vez en cuando, con el peligro que puede venir de esos desequilibrios leves y eventuales. Abrió la puerta.

    La niña tendría seis, siete años, no más . Estaba parada, realmente parada, con los pies en unos zapatitos con hebilla, calcetines blancos y vestido con la pechera de puntilla barata. Venía de la mano de una señora de pelo fantásticamente rubio y boca roja, muy roja, como una muñeca a quien se le exageran las facciones. De las dos – se dio cuenta que era la mujer- emanaba un perfume casi asqueroso. La niña miraba a la dueña de casa con ojos vivaces; esbozaba una sonrisa. Helena sintió un leve vértigo, muy breve, como algo que a penas se insinúa. La mujer pintada de manera escandalosa habló primero: venía por recomendación de una amiga, quería que le hiciera una prenda a la hijastra. La niña bajó la vista, con una timidez repentina. Helena trató de decir alguna cosa, no cocía para niñas, no lo hacía más , pero su voz se había apagado, así que ya no había caso. Se limitó pues a pedirles que entraran, cediéndoles el paso con el cuerpo en un movimiento lento y forzado.

    Estuvieron mirando revistas de moda – L’enfant chic, ejemplar muy usado, primero – durante un largo cuarto de hora; el olor dulce y ofensivo del perfume alcanzaba hasta el rincón más remoto de la casa. La mujer ojeaba las revistas con dedos de uñas rojas como la boca, buscando algún modelo, no sabía bien cómo, no sabía bien qué color, era la primera comunión de la sobrina, ¿por qué era tan difícil encontrar algo que le sirviera a una niña? La niña estaba sentada en el sofá al lado de la mujer, sin el más mínimo interés en lo que pasaba; miraba alrededor con los piecitos colgando en el aire. Helena sintió una vieja angustia y tuvo ganas de salir de allí, deseo que se convirtió en realidad. Pidió permiso, ya volvía, ¿desean tomar algo? La mujer agradeció, no, no quería nada; la niña no contestó nada y se limitó a agarrar con los dedos el dobladillo de su vestido y retorcerlo, subiéndoselo hasta las rodillas. Helena fue a la cocina y trajo dos vasos de jugo, sin saber a ciencia cierta a quién estaba destinada la amabilidad. La mujer, que estaba entretenida eligiendo y encontraba todo poco agradable, rechazó nuevamente el ofrecimiento. La niña agarró el vaso con ambas manos con una cautela estudiada. Tomó el jugo a sorbos cortos, lo tomó todo, todito y volvió a poner el vaso en la bandeja, que depositó sobre el mantelito de croché. Se levantó, así, de repente, tomando impulso desde el sofá Dio unos pasos y se quedó allí, al lado de la madrastra, parada, realmente parada, con los brazos para atrás del cuerpo y las manos en la espalda. Helena se puso alerta, en un estado de atención extraordinaria, como en un vértigo que le venía de la nuca o de la espalda, no podía precisarlo. La niña estaba allí, parada de manera provocativa en su belleza de la infancia, radiante, plena, completa, losa de la piel y brillantes en los ojos. La mujer no prestó mayor atención al hecho.

    Un cuarto de hora más y una brisa de atardecer movía las cortinas, haciendo flamear el vual blanco. A esa altura, la niña caminaba por la sala, toqueteando los objetos que estaban en los estantes. Helena no tenía más interés en la mujer, se concentró, tensa e inquieta, en los movimientos de la pequeña quien, ahora, en puntas de pie, trataba de alcanzar una muñeca de trapo que se veía en lo alto de los estantes. Anticipándose a la tragedia, la dueña de casa se adelantó y con una agilidad que no tenía desde hacía mucho, buscó el juguete, se estiró y se lo entregó a la interesada, maternal y con cuidado. La pequeña agradeció y se sentó en el sofá, con la muñeca en la falda. Helena se acomodó, tranquila, en el sillón pues algún equilibrio se había restituido.

    Finalmente, la señora cerró el Burda con gesto decidido, suspiró metida en una idea silenciosa y, sin mirar otra cosa más que un punto impreciso en la pared, dijo ven aquí a la niña. Obedeciendo la orden, la niña dejó la muñeca con displicencia ; la abandonó en el asiento y se puso frente a la madrastra. La mujer blandió el dedo en el aire formando volutas carmesí, quiero así, decía, diseñando el escote en la pechera de puntilla, redondo ¿usted entiende? Helena afirmó con la cabeza. La otra seguía mostrando el modelo que quería, la niña con los brazos abiertos a los lados del cuerpo, las manos colgando laxas, se dejaba ser utilizada como maniquí, dando una lenta vuelta sobre sí misma, permitiendo que allí se diseñara el vestido de mentirita; y el esmalte rojo se movía ante la vista cansada de Helena, mangas flojas, con un corte que rodee la cintura, rematado por un tope atrás, que le apretara a la altura de los riñones , sacudía a la niña, así, aquí, así, entiende? Entendía, entendía, ya había hecho muchos con ese corte y trató de recomendarle que comprara una tafeta sin mucho cuerpo. En las casas Safira debía haber buenas telas, las mangas de organdí y la cinta de la cintura de satén, le parecía bien? Ahora, a arreglar una cita; traería la tela al día siguiente. Se pusieron de acuerdo. Antes, sin embargo, debía tomar las medidas. Esperen un poco.

    Helena tomó la cinta de la mesa después de levantarse con dificultad. Se puso los lentes; de pie, frente a la clienta, colocó las dos manos sobre los hombros y la atrajo hacia sí. Con sabiduría y con una especie de resentimiento, empezó a medirla: midió a la niña en los puntos en que debía medirla, con gestos un tanto bruscos, la niña giraba, obediente, sobre el eje de su propio cuerpo, como una muñeca gentil, graciosa, siempre graciosa. Anotó las medidas con lápiz en una libreta de hojas amarillentas.

    Al final, las acompañó hasta la puerta, les dijo un breve hasta luego y volvió a la mesa de trabajo. Quiso continuar desde el punto en que se había detenido, pero sentía frío y las manos se negaban. Dobló la labor, guardó las tijeras, ordenó carreteles, dedal, agujas y alfileres y se fue a preparar la cena. El perfume de la mujer, como una ofensa, todavía flotaba, dulce y mareante en la sala. La muñeca de trapo quedó, sin energía y sin gracia, sentada en el sofá.

    Al día siguiente, bien temprano, llegó la tafeta de color claro, azul celeste, y los adornos correspondientes. La mujer tenía prisa; permaneció parada en el umbral, el perfume dulzón. Se limitó a preguntar cuándo sería la primera prueba. Helena respondió que dos días después, el jueves por la tarde. La clienta respondió que estaba de acuerdo y se fue contoneándose por el corredor. La costurera cerró la puerta, puso doble llave, se recostó contra el marco y trajo hacia sí el paquete. Quedó allí por algún tiempo, como quien espera que algo suceda, algo que nunca llega a suceder.

    Se instaló en la mesa y diseñó el molde en un papel amarillento, lo recortó para continuar. Abrió la tela sobre la superficie de madera y empezó el clic clic de la tijera, la cinta métrica colgaba el cuello, agujas y alfileres en la almohadilla de terciopelo bordó, hilos en finos garabatos de colores, el dedal boca abajo, los pertrechos colocados al alcance de la mano. De casualidad, el mundo volvía a ordenarse; aunque peligrosamente, las hojas de la tijera vencían con golpes certeros el brillo de la tela. La muñeca de trapo, desconociendo el instante de frágil armonía, seguía sentada en el sofá.

    El jueves, a eso de las dos de la tarde, llamaron a la puerta. La aguja volvió a la almohadilla de terciopelo bordó y Helena dejó el dedal sobre la mesa, caminó sin prisa, arrastrando las pantuflas de lana. La mujer. La niña. El perfume dulzón, que ahora percibía con más asco. Las hizo entrar y les cedió el paso con el cuerpo en un movimiento lento y forzado. La niña, por orden de la madrastra, se sacó los zapatos y el vestido. Helena la vio en su desnudez cándida y provocante, la barriga algo saliente, las piernas rollizas, el torso suave, los pezones apenas unas manchas rosadas en el pecho. No quiso pensar, ni era el momento, pero nuevamente el mundo se desordenaba, el equilibrio de las cosas era apenas una breve experiencia ya pretérita.

    Con lentitud – con amor – ayudó a la niña a vestir la tela cortada y la pinchó con alfileres en la espalda. Con la cinta métrica en el cuello, ya era hora de retocar lo que había que retocar. Se arrodilló frente a la clienta; de esta manera quedaron a la misma altura, empezaría por el escote, mejor cortarlo sobre el cuerpo, la tijera dibujaba la ziza; con golpes escrupulosos cerca de la piel muy blanca y muy delicada, la tela iba cediendo, partida en sus matices brillosos, la carne surgía revelándose lisa y sin ofensa. La niña se movía inquieta sin oír los regaños de la madrastra; la costurera no decía nada porque sabía que no podía volverse atrás; sólo unos milímetros y todo estaría perdido, las pérdidas siempre son desdoblamientos sutiles de lo insignificante y lo minúsculo. Los ojos de la niña, fijos, apenas parecían hechos de algún material maleable, en ellos se encontraba toda la sustancia de lo que podía recomponerse. Sentía la respiración tibia de la niña, una intimidad reforzada por los dos rostros que se habían puesto muy cerca uno del otro, inadvertidamente próximos, extraño acercamiento de dos seres. Un malestar se imponía, lentamente pero bendito.

    En ese momento, pareció oír algo que rompía el instante mágico, el encanto se quebró como un vidrio que se astilla. Alzó la vista por encima de los hombros de la pequeña y fue a encontrar el rostro de facciones marcadas de la mujer: está muy largo, repitió ella, articulando, con impudor, la boca muy roja. Muy largo, Helena estuvo de acuerdo y estiró un poco el brazo, agarró con la mano la almohadilla recubierta de terciopelo bordó. Pensó que el dobladillo le saldría torcido y, a dura penas, se irguió, abrió un cajón y sacó de allí la regla de madera. Se volvió a arrodillar y, con la ayuda de aquella plomada, iba marcando el dobladillo, la niña giraba sobre sí misma, lentamente, llena de poses, cambiando de pie, como una bailarina sobre una cajita de música, lentamente, siempre lentamente.

    Hasta que sucedió: uno de los alfileres arañó la piel suave y abrió una senda manchada de rojo oscuro. La pequeña gritó, se alejó instintivamente, la mujer se exasperó , atrayendo para sí a su hijastra, la sentó en su falda, pobrecita, pobrecita ¿cómo pasó?

    Helena sentía la sala triturada por las exclamaciones, las voces perturbaban sus sentidos, parecía haber caído en una trampa. No sabía lo que pasaba, sólo había conservado en la retina la huella manchada de fina sangre oscura, tan fina y tan oscura que resonaban sus oídos. No había piedad, ni era caso que hubiera; de haber, sería por casualidad . El mundo ya no se bastaba, el orden se había roto. Se sentía como si fuera la primera vez, la escena del pasado se reorganizaba, el ruido de los hierros chocando, el griterío y la burla de la gente que llegaba de todos los rincones: la niña que tenía junto a ella era un ser de piernas largas y cara igual a la suya, sólo eso. Apartose con fuerza, con la sorpresa de semejante grado de conciencia, las costillas delicadas de la pequeña entre los brazos, el llanto de susto se iba calmando, entre los dedos una calidez húmeda, viva y aterradora, las costillas que cedían, el tronco cedía, el mundo cedía, todo se reducía en un conjunto desbordado y laxo, los brazos laxos, las manos laxas, la piel de losa con mancha, las piedras de los ojos ocultas por los párpados transparentes de tan blancos, el cuerpo sin energía y sin maneras. Después, el vacío. Era como si no hubiera nada más y de cualquier forma, no había nada más.

    Así, atravesando el amor y su infierno, apagando la última llama, Helena se levantó con tranquilidad. Agarró la muñeca de trapo que todavía estaba sentada en el sofá. Se la dio a la niña quien, en medio de caricias resentidas, siempre resoplando, acomodó el juguete en la falda, intentando enderezar el tronco laxo y flojo; con una especie de cariño doloroso, alisaba las trenzas de lana aprisionadas por dos cintas muy gastadas. El sentimiento que tuvo Helena fue casi dulce, casi bueno, pero muy triste; dijo, sin siquiera escucharse, que volvieran al día siguiente, que el vestido estaría listo. Tampoco se dio cuenta si cuando le dijo a la niña que podía llevarse la muñeca, le estaba haciendo un regalo.

    Después de despacharlas, se sentó a la mesa: los alfileres y agujas puestos en la almohadilla de terciopelo bordó, hilos formando finos garabatos de colores, la cinta métrica enrollada sobre sí misma en un rincón de la mesa, el dedal boca abajo, todo en orden, bastándose en la suficiencia del mundo que se organizó, aunque , y ella no lo olvidaría nunca más, hubiera más cosas, aquellas que se encontraban en el peligro de esos desequilibrios leves y eventuales.


Cíntia Moscovich es periodista, profesora, traductora, consultora literaria y asesora de prensa. Entre sus premios literarios destaca el primer lugar del Concurso de Cuentos Guimarães Rosa, instituido por el Departamento de Lenguas Ibéricas de Radio France Internationale de París.
    En 1996 publicó su primera obra O reino das cebolas, coedición de Prefeitura Municipal de Porto Alegre y de Editora Mercado Aberto, el cual mereció el Premio Jabuti da Cãmara de Livro como el mejor libro de cuentos publicado en ese año. En 1998 publica la novela Duas iguais – Manual de amores e equívocos assemelhados, que recibió el premio Açorianos de Literatura en la modalidad de Narrativa Extensa en 1999.
    En octubre del 2000, aparece el libro de cuentos Anotações durante o incêndio, con presentación  Moacyr Scliar, en donde reúne once textos de diversas temáticas y con el que recibió Mención en el Prêmio Açorianos, en la modalidad de cuento.
    También participó en las antologías Nasce uma estrela y el Livro das mulhres. En el año 2001 participó en la antología Geração 90: manuscritos de computador, que reúne a los mejores cuentistas surgidos en la última década, selección realizada por Nelson de Oliveria y publicada por Boitempo Editorial. Actualmente, es editora del Instituto Estatal del Libro.


María Inés van Messen. Estudió la Licenciatura en Letras Francesas con orientación en Didáctica del F.L.E. (Buenos Aires), la Maestría en Lingüística Aplicada (Universidad de Guadalajara). Es doctoranda en Lingüística (UNAM). Ha cursado varios diplomados en Traducción e Interpretación (Buenos Aires).
    Hizo la especialización en las Universidades de París, Buenos Aires, Antillas - Guayana , Laval- Québec- México (filología francesa y española, didáctica, lengua francesa, lecto-comprensión, auto-aprendizaje). Estudió Portugués y Literatura Brasileña en el  Centro de Estudios Brasileños de Buenos Aires. Asimismo cursó la especialidad en Psicología Social en la Primera Escuela Pichon-Rivière en Buenos Aires.



 
Argos 20/ Narrativa