Joao Almino
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De noche en la frontera, un circular alrededor del lago...
(fragmento de la novela Ideas para donde pasar el fin del mundo)

Versión de Francisco Cervantes

Pasaba la tarde en su poltrona, mirando lo Alto del Possidonio y oyendo los ruidos. Todavía temprano en la mañana, al despertar, los ruidos ya eran aterradores: chirridos, zapatos que se arrastraban, bueyes y vacas que gemían, pájaros que cantaban. También los gallos. Las gallinas cacareaban un poco más tarde. Su padre comenzaba a hablar y dar de gritos a los criados desde las seis. Su madre platicaba con las cocineras, desde las cinco.

    Los ruidos de la cacerola ya eran audibles a las ocho. La radio de baterías se encendía después de las siete, con un programa de cantantes que improvisaban desafíos. Y así continuaba el día, el agua cayendo en las tinajas, el ritmo perezoso de las chinelas de Chico Nonato, los azotes de Don Nicó a los animales, los cascos de los caballos golpeando con fuerza en la piedra dura del tablero frente a la casa, el hacha de Zé Pequeño cortando la leña en el terregal, los sucios paseos de los puercos por los alrededores, el canto alto e histérico de las gallaretas, el tintineo de tenedores y cuchillos sobre los platos al mediodía, el viento constante y rabioso pasando por los tejados con dirección a la Sierra de la Buena Muerte, las pláticas cuchicheadas de Esmeralda, el regreso de los cameros y de las ovejas, de nuevo al caer la tarde, los mugidos tristes y prolongados de las vacas, los revuelos de los pájaros, el croar de los sapos en las orillas de la represa,  el ruido de la planta de luz cuando llegaba la noche, la voz cansada de su abuelo contando sus historias repetidamente, los grillos, el vuelo de las mariposas, los gritos de la zorra, las hojas llevadas por el viento, el agitarse de las personas en sus hamacas, las respiraciones profundas de su madre, los ronquidos de su padre, pasos, truenos, gotas de agua pesadas y solitarias, todos los ruidos que llegan con la noche y que le dan miedo a la gente, que se lo provocaban, que todavía se lo provocan más, que le erizaban la piel como la tiene ahora.

    Un día que estaba sentada en su poltrona de la tenaza, oyendo los ruidos, advirtió Iris que se estaba transformando. Tomó de pronto conciencia de su cuerpo. Sintió que su pie estaba descalzo y que el cemento del suelo estaba frió. Sintió la adherencia de su cuerpo a la tela de la poltrona. Encontró extraño poder controlar los movimientos de sus brazos y de sus piernas. Movió los dedos de las manos como si hiciera un descubrimiento. Apretó con fuerza el índice de la derecha hasta sentir el delicado dolor de la sangre apretada en las venas. Se dejó acariciar por el viento, que cariñosamente recorrió sus piernas, le sopló secretos indescifrables en las orejas. Dejó que le rozara levemente el rostro. Encontró que su sostén apretaba. Vio enfrente, en lo Alto del Possidonio, la casa de la Comadre Santa. Vio que los niños corrían por la ladera en dirección de lo alto. Sintió correr la sangre por sus venas, llenando sus arterias. La sintió llegar a su corazón. Le agradó la suciedad de sus cabellos y tuvo ganas de jamás volver a bañarse. Enfrente se encontraba la Sierra de la Buena Muerte, como hacía tiempo no la había visto. Comenzó a comprender lo que pasaba dentro de ella. Debía estarse recuperando de su estado de locura.

    Las personas que la rodeaban nada habían notado. Su madre continuaba despertándola, como siempre, a las seis de a mañana, la ayudaba a vestirse y la llamaba para tomar café. Todos la miraban con los mismos ojos espantados. Pensó en decir algo. Pero tenía que nacer mucho esfuerzo para enfrentar a aquella gente, a aquel mundo aislado de los otros mundos. Veía el sufrimiento de su padre y de todos en la hacienda. Ella no podía participar de aquella vida con los ojos abiertos. Necesitaba refugiarse en su locura. ¿De que le valdría volverse sana? No se iba a casar. Las personas la mirarían como si fuera una desgraciada. Y ella permanecería enterrada en su casa, ayudando a su madre, eso sí, cocinando, cosiendo, limpiando la casa. Y eso no era vida. Mejor ver lo que pasaba frente a la poltrona.

    Si por lo menos pudiera salir de la casa, ganar el mundo sola... Pero no. Sabía que eso jamás conseguiría hacerlo. Era quedarse en casa y esperar la muerte. Por lo menos engañando al mundo seria más fácil soportar. Hacerse la loca exigiría de ella un trabajo permanente, una atención constante. Y le iba a dejar tiempo y medios para observar a las personas, conocerlas mejor. Continuó callada. Sentada en la poltrona.

    A veces tenía la impresión de que las personas desconfiaban. Le hacían alguna pregunta directa, igual a las que se le hacen a la gente normal. Ella continuaba callada y procuraba demostrar su enajenación. Su padre, sobre todo, debía de desconfiar.

    Ya estaba lúcida, por lo tanto, cuando llegaron a Salvador. Al principio vivieron en un lugar llamado San Jorge. Ella se sorprendió mucho. Nunca había visto una ciudad tan grande. Aquella inmensidad de casas, una detrás de otra. Gente que pasaba cada cinco minutos. Carros que recorrían la calle varias veces al día. No la dejaron salir más allá de la sala de enfrente. De vez en cuando tenía ganas de salir por la noche para ver el movimiento de la ciudad. Hasta llegó a pensar en confesar su lucidez para poder hacerlo. Tuvo ganas de vestirse de diablo o de alma de los infiernos y salir asustando a las personas en cada esquina. Pero esos pensamientos nunca consiguió llevarlos a los hechos. Sabía que cualquier ruido de la puerta sería escuchado inmediatamente y que quien pasara por la calle a cualquier hora podría verla y hasta reconocerla.

    En uno de los lados de la casa, la cerca daba a otra casa, más grande que la de ellos, pero deshabitada. En algún otro lado, había un sitio pequeño, donde vivían los conserjes, una familia de mulatos. En los dos lados restantes, en la esquina, comenzaban caminitos de tierra, que seguramente llevaban a una infinidad de sitios diferentes. Como nunca la dejaban salir de casa, no podía saber hasta dónde iban exactamente. Por eso, y también porque sentía atracción por la noche, decidió comenzar a hacer sus paseos nocturnos. Cuando todos estaban dormidos, abría la ventana de su cuarto sin hacer ruido y, con un vestido blanco y llevando en la mano una toalla blanca, para cubrirse la cara en caso de encontrar a alguien, tomaba el rumbo de los caminitos oscuros o aprovechaba para conocer mejor los sitios vecinos. La primera vez que tomó el caminito oscuro que pasaba frente a la  casa, se encontró a un hombre de sombrero de paja, de piel oscura, fumando un cigarro, de mirada atenta, y el miedo la hizo gritar. El hombre la miró con cara de terror y corrió a toda velocidad. Se sintió bien. Encontró que pedía ser la reina de la noche.

    Y tuvo ganas, como ya las había tenido otras veces, de salir dando sustos a las personas en cada encrucijada del camino. Se acordó de la voz ronca que podía fingir, imitando al diablo, en su primer año de locura. Se acordó del susto que le pegó a Teodoro e intentó repetir el zumbido que había hecho aquella noche. Lo consiguió y no se contuvo. Salió corriendo y se internó en la oscuridad, en busca de algún encuentro, de preferencia un hombre fuerte, con pinta de valentón, pero que tuviera, como todo el mundo, miedo a la noche y a lo desconocido.

    En la primera encrucijada, salió del camino, se escondió en las malas por atrás del tronco de un jenipapeiro y esperó a su víctima. Pasó primero un muchacho en bicicleta, pero resolvió ahorrárselo. Escuchó pasos fuertes, debían ser de hombre grande y decidido, poniéndole mala cara a la noche para ocultarse su propio miedo. De repente dio un salto hasta la mitad del camino y produjo su zumbido de terror, comenzando bajito, subiendo después hasta volverlo alto y delicado. El hombre se detuvo con calma, se arrodilló, hizo la señal de la cruz y le preguntó como su tía ante el fantasma de Doña Alta: "¿Quién puede mas que Dios?" Respondió con aquella voz ronca con la que había asustado a Teodoro: "El diablo". Y fue acercándose a él hasta que advirtió que seguía calmado y no parecía que fuera a huir. Entonces tomó una decisión: lo estrangularía. Se quitó la toalla del rostro y avanzó decidida en dirección del hombrecito, tratando de apretarle el pescuezo. Pero no lo consiguió. El se libró de ella y corrió buscando socorro. Había realizado su gran acción del día y regresó tranquila a casa. Notó que su ansiedad pasaba siempre que lograba dar un gran susto.

    En una de esas salidas nocturnas. Iris aceptó subir con unos hombres a un coche. Eran el diablo: la maltrataban, se reían de ella, tocaban su cuerpo sin respeto, la humillaban y el placer que sentía ella que quería probar venía desde el fondo de su peor pozo. Quería ir con ellos a algún lugar donde se encontrara a salvo, para ya no temer nada. Finalmente la llevaron a la zona de tolerancia y allí la abandonaron. Entró en una casa con luz negra en el fondo y una señora gorda, de minifalda, en la puerta. Y en aquella misma noche consiguió, sin esfuerzo, su primer empleo en la ciudad.
 
 
Publicado originalmente en la revista Vuelta N° 117, agosto de 1986, México. Se difunde con autorización del autor.


Joao Almino es diplomático, novelista e importante ensayista del periodo contemporáneo. Sus textos de filosofía política, sobre autoritarismo y democracia, son de lectura obligatoria, así como su variada producción de textos literarios, a veces relacionados con la poesía. Su trilogía de Brasilia es todo un texto narrativo formado por las novelas: Ideas para Onde Passar o Fim do Mundo, Samba- enredo y As Cinco Estacoes do Amor.


 
Argos 20/ Narrativa