Arnulfo Eduardo Velasco
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Un nuevo acercamiento a Cervantes: Los estudios de Fernando Carlos Vevia





Fernando Carlos Vevia Romero: Estudios sobre la obra de Cervantes; Colotlán, Universidad de Guadalajara Campus Universitario del Norte, 2001, 187 pp.

Uno de los grandes males de la época en la cual nos ha tocado vivir viene siendo el hecho de que, en el mundo de los llamados "intelectuales", se ha introducido subrepticiamente una grave enfermedad, misma que ha adoptado la forma de una especie de mercadotecnia perversa. Debido a la cual se ha establecido casi como una regla que es más importante la capacidad de promoción personal del individuo que el contenido real de su persona o los alcances de sus conocimientos o su capacidad. De alguna forma se ha llegado a creer que los sabios son quienes andan por todas las esquinas pregonando su sabiduría y no quienes se dedican a formarse un conocimiento en la soledad de las bibliotecas. Una persona modesta, que hace su trabajo de la manera más eficiente posible, pero no se anuncia con ruidosas fanfarrias cada vez que escribe una frase, no es aparentemente tomada en serio por una mayoría del público. Se considera al modesto como si fuera una persona de alcances realmente modestos. Incluso me ha tocado ser testigo, en más de una ocasión, del hecho de que mucha gente asume la modestia como un indicio de la falta de un verdadero valor intelectual de la persona, mientras que la petulancia y la autocomplacencia son vistas como claros indicios del genio.

    Sin embargo, somos muchos los que sabemos que eso no es verdad. Por el contrario, es para nosotros evidente que los verdaderos sabios son personas modestas, que están demasiado ocupadas con su trabajo como para además andar soplando las trompetas de una supuesta fama. Pues al intelectual se le reconoce por su trabajo, no por sus capacidades de autopromoción ni por la potencia de sus pulmones. Como, en su momento, dijo Cervantes (y cita Fernando Carlos Vevia en el libro que comentamos), "cada uno es hijo de sus obras". Y por las obras se reconoce al hombre de valía.

    Por otro lado, ante la posteridad casi todas las épocas terminan cargando con la culpa y la vergüenza de haber exaltado, en su momento, a algunas figuras mediocres en detrimento de quienes realmente eran dignos de atención. Por ello, todos tenemos la obligación de olvidar y hacer a un lado los berridos histéricos de quienes se autoproclaman genios y centrar nuestra atención en quienes, sin hacer mucho ruido, elaboran con calma un trabajo realmente digno de atención. Antes de que sea tarde y le hayamos dado a la posteridad todas las razones del mundo para despreciarnos y reírse de nosotros.

    Sin lugar a dudas, Fernando Carlos Vevia fue, ha sido y seguirá siendo uno de los más grandes y verdaderos maestros de nuestra ciudad de Guadalajara. Muchas generaciones de estudiantes nos hemos formado aprendiendo, a través de su inteligencia, a mirar la literatura y a bucear en los a menudo desconcertantes misterios de la filosofía y la semiótica. Por otro lado, es él quien en verdad nos enseñó a leer el Quijote y la obra de Cervantes en general, para, de alguna forma, poder llegar a reconocernos a nosotros mismos, como seres humanos, en esa escritura.

    Los Estudios sobre la obra de Cervantes es una colección de textos donde se recopila mucho de lo que ha sido el acercamiento personal de Vevia a lo que fue la personalidad y la fuerza creativa de uno de los autores más claramente indiscutibles de la historia de la literatura. Se trata de textos de diferente origen. Entre ellos se incluye una guía de la lectura del Quijote que sirvió de base a una serie de programas radiofónicos dedicados a esta novela. Esa guía, por cierto, funciona como un verdadero "mapa", útil tanto para el lector novel como para el ya avezado en la travesía de ese libro, y que nos permite "navegar" (para utilizar una palabra de moda) de mucho mejor manera por su universo.

    Lo que Vevia nos propone, por otro lado, es una verdadera lectura de los textos, un poco al margen de toda la innecesaria carga de lecturas más o menos simbólicas que la tradición ha ido acumulando sobre ellos. Simbologías que en más de una ocasión funcionan únicamente como lastres de la lectura. Al estilo de las fiorituras que cierta tradición también ha impuesto sobre la interpretación de ciertas arias operísticas y que en ocasiones pueden llegar a traicionar el sentido original de la partitura. Se dice que existen tantos Quijotes como lectores hay de ese libro. Y que incluso cuando un mismo lector vuelve a visitar esta obra, el Quijote que encuentra no es el mismo de su primera lectura. Pues el libro puede no haber cambiado, pero el lector sí. En realidad, esto se puede afirmar de todas las grandes obras de arte, cuyo valor en gran parte consiste en su capacidad para propiciar niveles de interpretación múltiples, dependientes en mucho de las circunstancias particulares de su receptor.

    Pero debemos señalar, a este respecto, que uno de los problemas más antiguos que se han planteado en la cuestión del análisis de los textos artísticos (y de los objetos culturales, en general) es el de su interpretación, lectura o decodificación. Es decir, de la forma como un texto debe o puede ser leído por un lector hipotético o por los mismos analistas. El problema se plantea, básicamente, alrededor de la pregunta de si acaso existe una forma correcta o única de leer o interpretar una obra artística (o incluso varias formas, pero determinadas por el texto mismo); o si, por el contrario, el texto es un objeto hasta tal punto abierto que cualquier lectura hecha de él es correcta o funcional. Las interrogantes son serias, pues plantean la oposición entre una visión objetiva (casi materialista) del objeto cultural, y una percepción idealista que fácilmente puede derivar en una negación total del sentido o la capacidad de significación de la obra de arte.

    Curiosamente, uno de los adalides de la escuela de la interpretación limitada (opuesta a quienes afirman que no existe límite alguno) es Umberto Eco. Y decimos curiosamente porque muchos de los defensores de la postura de la lectura ilimitada acostumbran citar la famosa obra de Eco, Obra abierta (1), como uno de los principales desarrollos teóricos planteados en favor de sus ideas. En esta obra de juventud (publicada en 1962), este autor hacía el papel de pionero al defender el concepto de una obra artística capaz de ser sometida a múltiples interpretaciones y capaz de adquirir, a través de ello, todo su valor como arte. Sin embargo, y como el mismo Eco ha señalado posteriormente, interpretaciones múltiples no significa todas las interpretaciones posibles. Para poner las cosas en claro publicó otro libro en 1990, donde reúne una serie de artículos sobre el problema de la lectura de los textos, y titulado Los límites de la interpretación. En este libro Eco define la actitud de quienes pretenden que el significado de un texto está completamente determinado por las circunstancias de quien lo lee, como una forma de "idealismo mágico". Para Eco, un "texto interpretado impone restricciones a sus intérpretes" (2), en el sentido que contiene estructuras y signos determinados por las ya mencionadas convenciones comunicativas y que no pueden ser leídos en la forma que mejor le parezca al intérprete.

    Por ello podemos afirmar que existe algo que viene siendo el Quijote en sí, al margen de todas sus posibles interpretaciones. Viene siendo, por supuesto, una obra de riqueza excepcional (lo cual, para muchos, se traduce en un efecto de complejidad), que por ello mismo propicia una multiplicidad de acercamientos y, a pesar de todo, tiene un funcionamiento propio determinado por los signos que la componen. Vevia cita a Ortega y Gasset, quien en sus Ideas obra la novela afirma: "El simbolismo del Quijote no está en su interior, sino que es construido por nosotros desde fuera, reflexionando sobre la lectura del libro". Es decir, que normalmente lo que encontramos en todas esas lecturas interpretativas es una proyección del intérprete sobre el libro, y no una verdadera lectura de los signos del mismo.

    Vevia, en cambio, nos invita a visitar el verdadero Quijote, el libro original conformado por los signos empleados por Cervantes en su elaboración, y nos ayuda a entenderlo como un sistema semiótico abierto y poderoso, lleno de posibilidades y sin embargo determinado por los alcances de una escritura genial que lo hace ser lo que es. Como él mismo afirma, con visión semiótica: "La aventura de don Quijote es un desciframiento del mundo; un entrar y salir de la comarca familiar de los signos, para comprobarlos, para obligarlos a ser lo que ya no quieren ser". (3)

    Por otro lado, nos propone también acercamientos a otros textos cervantinos, a menudo opacados por el impacto de la famosa novela, y que sin embargo son también grandes instantes de historia literaria. Sobre todo vale la pena seguir con él, y a través de su propuesta de lectura, las incidencias de la maravillosa novela manierista Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro que se muestra como el más grande heredero de la novela bizantina y merece mucho más atención de la que recibe por parte de una mayoría de lectores.

    Si bien debemos señalar que ni siquiera el mismo Quijote es un libro tan leído como se supone. Demasiada gente habla de él, e incluso pontifica sobre él, sin siquiera haberse tomado la molestia de abrirlo alguna vez. Muchos aseguran haberlo leído, pero para más de alguno se trató de una lectura más o menos obligada y lo más rápida posible. Las famosas técnicas de "lectura rápida", creadas para facilitar el estudio de textos técnicos, no tienen sentido alguno cuando se trata de obras literarias. Por otra parte, también hay quien recurre a algunos de los resúmenes del Quijote, más o menos infames, que circulan abundantemente. Este magnífico libro ha terminado, desgraciadamente, por convertirse en un simple pretexto para las frases hechas y los lugares comunes de quienes encuentran muy incómodo leer cualquier texto que tenga más de cien páginas impresas.

    Vevia no nos propone un manual para sustituir la lectura del Quijote. Vevia nos muestra la importancia de volver a asumir la necesaria lectura del Quijote mismo. Y, sobre todo, nos enseña a ver este libro desde una perspectiva que, para muchos, puede resultar novedosa y, sin embargo, es la única correcta para acercarse a un texto: a partir del discurso real, a partir de las palabras efectivamente escritas por Cervantes. Y no a partir de las mediaciones creadas por la interpretación realizada por otros autores. Así sean autores tan prestigiosos como Unamuno. Y eso, sorprendentemente, nos sirve para redescubrir la obra. La fórmula de Vevia se resume en una frase que él mismo nos ofrece: "antes de interpretar, por favor, léalo". Una expresión que debería resultarnos obvia y que, según testimonio del mismo autor de estos estudios, algunos sin embargo encuentran desagradable e insultante. Al parecer los pseudo-genios no necesitan leer un libro para poder opinar sobre él. Pero el resultado es a menudo una acumulación de sin sentidos o consideraciones miopes, de apreciaciones que serían cómicas si no tuvieran en ocasiones consecuencias dramáticas sobre el pensamiento de los jóvenes.

    Simplemente, el inmenso amor de Cervantes por la lengua (señalado con tanta justicia por Vevia) es a menudo dejado de lado por muchos interpretadores, en beneficio de supuestas simbologías ocultas en el relato y significados más o menos esotéricos. Sin tomar en cuenta que, como en muchos de los más grandes libros, el lenguaje es uno de los principales protagonistas del Quijote.

    Por otro lado, en esta colección de trabajos también se nos hace tomar conciencia de otra de las enfermedades habituales de los interpretadores de Cervantes: el olvidarse que los personajes escritos en un libro son signos en un texto y no seres humanos de carne y hueso. Don Quijote y Sancho Panza son figuras de tal magnitud literaria que mucha gente hasta parece asumir que existen, o existieron, en alguna dimensión de la realidad. La presencia de estos dos seres de ficción ha llegado incluso a opacar la existencia real del hombre que los inventó con sus palabras. Insisto: regresar al texto, leer el Quijote (pero leerlo realmente y no simplemente pasearse por él) es la fórmula que Vevia nos propone. Y quien decida no seguirla, indudablemente habrá de perder mucho, pues habrá de perder la posibilidad de aprehender el sentido real de uno de los más grandes libros que jamás se han escrito.

    Por supuesto, hay mucho más en esta colección de estudios. Incluso encontramos la aportación personal de Vevia al debate actual sobre la figura del autor. Debate que, desde mi punto de vista, se está decantando actualmente por una posición de equilibro, al margen de los extremismos originales. Pero, en conjunto, lo que tenemos en esta publicación es el testimonio de una verdadera inteligencia, de la presencia de un verdadero intelectual que se destaca en medio de tantas mentes de pacotilla clamando en todas las plazas.

    Entre de tantos libros inútiles, muchos de los cuales deberían ser gravados con una especie de impuesto a la estupidez agregada, es muy grato encontrarse con un libro escrito con inteligencia y con verdadero amor por la literatura.



 
Notas:

1. Umberto Eco, Obra abierta, Planeta-Agostini, Barcelona, 1985.

2. Umberto Eco, Los límites de la interpretación, Lumen, México, 1992, p. 19.

3. Fernando Carlos Vevia Romero, Estudios sobre la obra de Cervantes; Universidad de Guadalajara, Colotlán, 2001, p. 21.




 
Bibliografía:

VEVIA ROMERO, Fernando Carlos. Estudios sobre la obra de Cervantes; UdeG, Colotlán, 2001, 187p.

ECO, Umberto. Obra abierta, Planeta-Agostini, Barcelona, 1985.

-------- Los límites de la interpretación, Lumen, México, 1992.



Arnulfo Eduardo Velasco. Nació en la ciudad de Guadalajara en el año de 1956. Es Profesor-Investigador Titular C con nombramiento definitivo en la Universidad de Guadalajara; Doctor en Estudios Románicos por la Universidad Paul Valéry de Montpellier (Francia); coordinador del Laboratorio de Métodos de Análisis dependiente del Instituto de Investigaciones Estéticas del Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño (CUAAD) de la Universidad de Guadalajara.
    Ha publicado más de 300 artículos de divulgación editados por diferentes publicaciones nacionales, entre ellas El Diario de Guadalajara, El Occidental, El Financiero, El Sol de México y El Informador; y también de diversos artículos especializados, con publicación incluso en el extranjero.
    Autor de los libros publicados: La historieta: enfoque práctico en relación con la enseñanza (Universidad de Guadalajara-Centro Regional de Tecnología Educativa, 1985) y El placer de las imágenes: estudios sobre algunas formas de comunicación visual (Universidad de Guadalajara - Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño - Instituto de Investigaciones Estéticas).
    También ha publicado también las siguientes plaquettes de poesía: Gramática para morir después (1995), Antibestiario (1997) y Las DeSignaciones del Tiempo (1999).


 
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