José Ruiz Mercado
 

VUELVE A CANTAR LOS CANTARES, MARÍA


Personajes:
María
Amalia
 
 

(Música de violín apenas perceptible. El telón se abre. Un radio antiguo cubre totalmente el fondo. El resto del escenario, vacío. Luz tenue, casi, oscuro. Reflector hacia el centro. Debe aparentar un rayo de sol entrando por una ventana al despertar el día. A lo lejos unas campanas marcan las seis. Al terminar se escucha una carreta. El rayo se vuelve más intenso conforme la carreta se va acercando. Entra Amalia, es joven, viste con elegancia).

AMALIA: ¡María! ¿Dónde te encuentras?

Gracias señor, déjemelas ahí. Ya las meteré más tarde. Muy amable. (De nuevo la carreta; ahora se aleja)

María, María ¿Dónde estás?

Qué raro. Dejó el radio encendido.

(Camina hacia la puerta) ¡María! (luego hacia otra) María (Hacia la ventana con el rayo de sol) ­María!

No está. Sabía que vendría hoy. Le mandé el telegrama ¿Sabría? (Va hacia la recámara, fuera del escenario, la música se escucha mejor. Regresa con una silla, se sienta un rato).

¿Y si no recibió el telegrama? (vuelve a salir. Ahora regresa con un neglillé negro, con listones rojos)

¿ Esto viste? Cuando se vino se dormía con unos faldones que le cubrían hasta los dedos de los pies. Y esa música (intenta cambiar de estación; entonces opta por apagarlo). Ni cambiar de estación ni apagarlo.

¿Dónde se metería? Le dije que vendría hoy. Ella me lo pidió y vino en tren. Después, entre los cerros, esa carreta... (Revisa el neglillé, luego lo coloca en el respaldo de la silla, lo observa, regresa a la recámara) ¿Y esto? (Sale con un libro. Entra leyendo) "Tus dientes como hato de ovejas, que subieron del lavadero, todos con crías mellizas, y estéril no hay entre ellas".

¿Qué extrañas lecturas tiene María. "Quién es esta que marcha como el alba al levantarse, hermosa como la luna, escogida como el sol?"

¿Quién podrá ser ahora María? Si yo al dejarla no leía; ni estas prendas. Recuerdo cuando me vio --¡ay, señora! Es usted bella- - (Se pasea por el cuarto, voltea hacia el radio y sonríe). Siempre ha escuchado el radio. En todos los pueblos existen unos lavaderos públicos a donde van todas las mujeres por las mañanas. Allá debió ir ella con las sábanas blancas, la ropa de color. ¡Claro! Por eso lee este libro. (Se sienta a leer) "Tu ombligo es una taza torneada, que nunca falta de bebida" (El radio va bajando de intensidad) "Tu vientre como montón de trigo, cercado de lirios".

Debe estar por terminar de lavar sus sábanas, su ropa de color. Empieza la tarde y bajará de los los lavaderos con su brazos morenos al aire, su cuerpo rítmico, balanceante de la cintura como un eje perfecto, a contrarritmo con sus senos y caderas.

(El radio ahora casi se pierde con lo tenue del resto. Continúa la lectura ya casi durmiéndose) "Tus pechos como dos cervatillos mellizos de corza (bosteza). Tu cuello como torre (Vuelve el bostezo). Tu nariz como la torre del Líbano, que mora hacia...

(La luz del sol termina, el resto es más tenue aún. Un rayo de luna, un violín se escucha in crescendo. La noche ha llegado con sus grillos y María entra morena vestida de blanco, con un bulto en la cabeza, descalza, se detiene en la puerta, mira a Amalia dormida en la silla. Deja su atado, camina hacia ella dibujando por lentos sus pies en el piso. Toma el neglillé, lo coloca frente a sí, lo luce, luego con una tierna delicadeza la tapa con él. Toma el libro de sus manos, regresa unas páginas atrás y lo coloca en el piso, como si Amalia misma hubiera detenido su lectura ahí.

La ropa con la luna es un marfil resplandeciente, y, María en ritmo tenue regresa a cerrar la puerta. Oscuro total.

La música en ningún momento se detiene. Vuelve a la luz como al principio. Los violines en alegro moderato, las campanas gustosas marcan las seis de la mañana, se escucha pasar un avión. Amalia despierta).

Hace seis meses que vino a éste, su pueblo. Supe de ella hasta hace una semana. Me pidió venir por ella --Me da miedo irme sola. Venga por mí, me decía en unas cuantas líneas. Nunca me lo había pedido de esa manera. Cuando se vino para acá, me dijo que jamás regresaría. La ciudad es un fantasma, eso me dijo, ¿cómo lo dijo? --La ciudad es un fantasma que nunca se preocupa por sus deudos. Me regreso con los míos, mis propios fantasmas--

Ahora recuerdo; el carretero nunca me dio la cara. Siempre callado, con el sombrero de paja, lleno de polvo viejo.

Bajé del tren, caminé con las maletas. Hacía mucho viento. Yo era la única pasajera en la estación. Era de noche. Tal vez por eso María tiene miedo. A esa hora no hay nadie. Y es en el cruce del ferrocarril. Uno va y otro viene a las doce La luz va bajando de intensidad). De nuevo tarde y ese radio con la misma música. Segura estoy, no dejó de tocar ni aun cuando dormía. ¿Y mis maletas! Las dejó fuera.

(Amalia va a salir por sus maletas, cuando María entra por la recámara en neglillé blanco)

AMALIA: ¡María! ¡Vine por ti!

MARIA: Señora. (Luz general)

Ya no es necesario, señora.

AMALIA: ¿Me hiciste dar este viaje para salir ahora con que te quedas?

MARIA: Nos quedamos, señora.

AMALIA: ¿Cómo dices?

MARIA: Nos quedamos, señora.

AMALIA: Te quedas tú, yo me voy. (Sale)

MARIA: Ahora, vivo con todos ellos. Ya no tiene caso mantener el radio. (Se apaga solo). Ellos me llamaron, yo llamé a los míos.

AMALIA: (Entrando en la última frase) ¡Mis maletas!

MARIA: Aquí no le harán falta, señora.

AMALIA: ¿Qué dices?

MARIA: Vuelva a leer el libro en donde lo dejó.

AMALIA: Osculetur me osculo oris: quia melior sunt ubera tua vino. Fragantia unguentis optimus. Oleum effu sum nomen uun.

MARIA: Sí señora, la historia es aquí una, y puede entender los idiomas. Guarde el neglillé negro, y busque uno blanco, como el mío. Luego le presentaré a Salomón en su orgía perpetua.

AMALIA: Prefiero que vuelvas a cantar los cantares, María.

MARIA:: Adjuro vos filiae Jerusalem per capreas, cervosque camporum, ne suscitetis, neque ovigilare faciatis dilectam quoadusque ipsa velit. (Termina, María, cantando el aria de ópera mientras el telón lentamente se va cerrando).

TELON FINAL


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