Ricardo Sigala Gómez
 

CIUDADES 4





Hay ciudades a las que no se puede nombrar, porque ante su belleza o magnitud las palabras se quedan en poco. Hay otras que no se deben nombrar porque al nominarlas se están falseando; en el afán de relatarlas se refiere una nueva, o como bien se ha dicho, una falsa.

    Ciudades hay que gozan de infinidad de nombres: el que le dan sus propios habitantes, como le llaman sus aliados, como la nombran sus enemigos, la propia onomatopeya de los bárbaros, el que le inventan sus soñadores, el que le aplican por equivocación los viajeros, el que hubiera querido darle Dios pero la voluntad de sus criaturas fue más fuerte, y así, hasta el infinito.

    Hay ciudades que son bellas sólo por su nombre, que‚ me dicen de Esmirna, de Estefanía, y que a veces les está de más la realidad urbana o la de sus moradores.

    Hay ciudades que no se deben nombrar porque sería fatal para el osado. Pero, y este es el caso que nos ocupa, hay ciudades que no se deben pensar porque de la misma forma sería fatal. Yo sé de una ciudad así. Por eso cuando hablo de ella, hablo de cualquier otra, real o imaginaria. No me den tiempo de pensar, me falta hablarles de una ciudad famosa por su mercado; de otra que se recuerda por su río seco que baja a beber agua al mar; de la poseedora de una fuente con aguas milagrosas; de la que guarda maravillas en sus mujeres.

    Habrá que hablar de una ciudad memorable por el sonido de sus campanas, por su forma de votación para elegir gobierno, de otras y otras y otras y otras...
 

Regreso a la página de Argos 1/ Narrativa