MORBO
Un viejo arcano, que habiendo vivido más tiempo del que la
naturaleza rara vez concede, se entretenía contando historias que
por su carácter nocturno se adivinaban disímiles a cuanto
se había oído. Por las noches, el de carnes dolientes cruzaba
la avenida de los sepulcros seguido por un rebaño de niños
encogidos unos contra otros, buscando resguardo entre la oscuridad que
proveían los ciruelos. El anciano giboso alzó por la argolla,
un pequeño sarcófago con paredes de cristal; una bujía
ardía dentro. La anémica luz que sostenía a un lado
de su rostro arenoso, transformó las siluetas de los niños
en sombras quiméricas. El viejo entorna los ojos exultante, cuenta
una historia: "De mis muchos años de vida, debatidos en penurias
y placeres, en deudas nomadismos y escaramuzas, recuerdo en especial el
de mi viaje a las montañas. Allí supe, vivía un ermitaño
tan antiguo como los acantilados de la luna y sabio tanto o más
que el último hombre más viejo, fenecido después del
alba. "Una curiosidad malsana se apoderó de mí y me obligó
a cruzar las cicatrices montañosas hasta llegar a su cueva. Mirar
el rostro de ermitaño era asomarse a un espejo descomunal: todos
los rostros que los hombres podían mostrar estaban allí tallados
en aquel rostro con cruel exactitud. Formula tu pregunta, dijo el eremita
-quien a pesar de vestir harapos se conducía como un noble-, y antes
de que yo pudiera realizarla, el ruinoso instruido alzóun puño
y lo descargó sobre mi rostro; dijo: cometamos sin temor alguno
todas las atrocidades y perversiones que justifiquen nuestro lugar en el
mundo. En el infierno desconocen la moral.