Carlos E. Bustos
 

MORBO


 


Un viejo arcano, que habiendo vivido más tiempo del que la naturaleza rara vez concede, se entretenía contando historias que por su carácter nocturno se adivinaban disímiles a cuanto se había oído. Por las noches, el de carnes dolientes cruzaba la avenida de los sepulcros seguido por un rebaño de niños encogidos unos contra otros, buscando resguardo entre la oscuridad que proveían los ciruelos. El anciano giboso alzó por la argolla, un pequeño sarcófago con paredes de cristal; una bujía ardía dentro. La anémica luz que sostenía a un lado de su rostro arenoso, transformó las siluetas de los niños en sombras quiméricas. El viejo entorna los ojos exultante, cuenta una historia: "De mis muchos años de vida, debatidos en penurias y placeres, en deudas nomadismos y escaramuzas, recuerdo en especial el de mi viaje a las montañas. Allí supe, vivía un ermitaño tan antiguo como los acantilados de la luna y sabio tanto o más que el último hombre más viejo, fenecido después del alba. "Una curiosidad malsana se apoderó de mí y me obligó a cruzar las cicatrices montañosas hasta llegar a su cueva. Mirar el rostro de ermitaño era asomarse a un espejo descomunal: todos los rostros que los hombres podían mostrar estaban allí tallados en aquel rostro con cruel exactitud. Formula tu pregunta, dijo el eremita -quien a pesar de vestir harapos se conducía como un noble-, y antes de que yo pudiera realizarla, el ruinoso instruido alzóun puño y lo descargó sobre mi rostro; dijo: cometamos sin temor alguno todas las atrocidades y perversiones que justifiquen nuestro lugar en el mundo. En el infierno desconocen la moral.
 

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