Dulce Ma. Zúñiga
dulcezuniga@hotmail.com

El ansia por crear un mundo con palabras


Calle el ruiseñor al fondo de la vida
yo soy el único cantor de hoy

                           V. Huidobro


 

Poema-canto del Yo escindido, del reflejo, de la proyección en el otro: la puesta en escena de una conversación imaginaria y dramática con el alter ego. Telubrio es el personaje interlocutor. Este poema es una denostación de Yo, una mirada hacia dentro de la conciencia que, a la vez, se proyecta hacia fuera. El centro del poema es la persona, pero su pretensión poética va más allá, mucho más allá de la mera confesión facilona con la que suele hacerse una pretendida "poesía" que no alcanza a ver otra cosa que la punta de la nariz de quien escribe.

    Telubrio es un poema sobre el Yo y su estar en el mundo, su malestar, sus deseos, pero no pretende dar lecciones; es simplemente la experiencia de dejarse caer en el centro del abismo y salir de él para contarla. Es una carrera, poesía de velocidad: desfilan ante nuestros ojos las imágenes que se suceden y en cuanto las aprehendemos, ya están fuera para dar paso a otras. En Telubrio, de Miguel Reinoso (Guadalajara, 1960), no hay anécdota, y ese es un acierto, aunque suceden muchas cosas, pero todo pertenece al orden de las ideas, del imaginario alucinante, de la percepción con los sentidos desarreglados (como pretendía Rimbaud): son manifestaciones objetivadas del mundo interior. Nada parece sostenerse en ese mundo fantasmal, desordenado, alucinatorio donde de pronto brillan relámpagos huidizos.

    Telubrio es un vocablo sugestivo y sugerente: proviene de la raíz Telos, tierra, evoca lo telúrico, el telurio, a la vez que esconde cierto parentesco con lo lúbrico, lúgubre, oscuro, quién sabe cuántas cosas trae consigo Telubrio, pero es, ante todo, sonoridad.

    La de Miguel Reinoso en este libro es una poesía de sonoridades contrastantes, para traducir el caos y la incertidumbre. Es una especie de música emparentada con el jazz: vocales y consonantes se acomodan para imprimir ese ritmo a la lectura: debe ser leído en voz alta. Un ejemplo:
 

Tengo los ojos en la boca
-en la lengua tartajeada.
Voy a escribir
porque tengo el placer de afanarme
en labores inútiles, y porque soy
extranjero te nombro,
Telubrio,
con mi lengua de menesteroso:
porque el éxtasis y su venero
-cuerpo del humo y sombra del perro-
escupen flores ásperas
y las palabras son el zumo
de un cartílago en furia.
Te nombro porque no somos nadie,
algo menos que piedra o yerba;
por eso necesitamos un espejo
con la voz y la palabra
aunque sólo sean una sangre
de leche enferma o herrumbre
de clavos olvidados en el hueso.
    Como se aprecia en el fragmento citado, el incipit, Telubrio es un canto a la manera del chileno creacionista Huidobro. Percibimos en sus páginas un ritmo que resulta familiar a los lectores de poesía, resuena en sus pasajes Altazor, el alado, algunas tardes melancólicas y amarillas de Gonzalo Rojas, una que otra imagen paziana de piedras y sangre... me detengo, no es mi intención buscarle ancestros a Telubrio, aunque estos sean algunos de los más altos poetas. Sin embargo, no puedo evitar remitirme a la poesía de la práctica creacionista, iniciada en América por el ya citado Huidobro (que se vuelve referencia en el poema de Miguel Reinoso). si el vuelo es –contrariamente a los sueños de la tierra- sueño hacia la interioridad, Huidobro –creador y creacionista- debe entenderse, acaso ante todo, como poeta que renuncia al mundo para sustituirlo por el aire, el soplo, el animus, del alma. La poesía de Huidobro se centra en el cielo. Esta tendencia etérea e interiorista explica, en su raíz más honda, el creacionismo de Huidobro. Porque el creacionismo es la tentativa por construir la realidad dentro de los límites del "yo" y Huidobro, al mismo tiempo que desarrolla una teoría del yo creador y deseadamente total, escribe una poesía voluntariamente desterrada del mundo físico.     En esta cita de Ramón Xirau (Poesía iberoamericana contemporánea, CONACULTA, Col. Lecturas Mexicanas, tercera serie, Núm. 100, México, 1995), se aprecian algunas de las características que se le designan al creacionismo, y algunas de ellas se encuentran en este libro de Reinoso.

    Dije antes que hay en este poema una sucesión vertiginosa de imágenes, de ideas, con símbolos como el del espejo, el reflejo, la alteridad, el ansia por crear un mundo con palabras.

    Operación poética con la palabra, la voz, el aliento de hacer coincidir lo que normalmente no se toca:

yo estoy tocando una poesía
que proviene del rezongo azul del relámpago
y de la esbelta espiga del verano

Dulce Ma. Zúñiga nació en Culiacán, Sinaloa, México, en 1961. Realizó estudios superiores (licenciatura, maestría y especialización) en la Universidad Paul Valéry de Montpellier, Francia. Obtuvo el Doctorado en Estudios Romances, con especialidad en italiano, en la misma universidad en 1990, con una tesis sobre la obra de Ítalo Calvino.

    Es traductora del francés, del italiano y del portugués.  Fue fundadora y coordinadora de la Maestría en Literaturas del Siglo XX, creada en 1993. Ocupó el cargo de Jefa del Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara de 1992 a 1998.  En 1991 fue distinguida con el nombramiento de "Investigador Nacional" por el Sistema Nacional de Investigadores de México. En el mismo año obtuvo la Beca para Jóvenes Creadores que ofrece el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en la rama del ensayo y la Beca de la Fundação Biblioteca Nacional de Brasil para traductores del portugués, que en 1995 obtuvo por segunda ocasión.  Actualmente es Coordinadora General de la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz de la Universidad de Guadalajara y Coordinadora académica de la Cátedra Latinoamericana "Julio Cortázar" de la misma universidad.

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Argos 19 / Poesía